Opinión

Auditoría a la Corona

Juan Pina
Juan Pina
Juan Pina trabaja como directivo en el sector privado. Preside la Unión de Contribuyentes y es Secretario General de la Fundación para el Avance de la Libertad. Es autor del libro “Una política para la Libertad” (2014) así como de dos novelas publicadas en 2007 y 2011.

Estos días la “derecha mediática” anda dividida en torno a la monarquía. Han sido precisamente dos de sus periódicos, OK Diario y El Español, los que han publicado los documentos sonoros filtrados, que abundan en las actividades  personales poco éticas y en los negocios presuntamente ilegales del rey emérito. Sin embargo, otros medios más afines a la institución monárquica pusieron en duda inicialmente su autenticidad, trataron después de menoscabar su espontaneidad (“aunque sea Corinna, parece estar leyendo”), y, tras dedicar muy poco o ningún espacio a la noticia en sí, han reaccionado finalmente matando al mensajero y poniendo el foco en lo de siempre: “por qué precisamente ahora”, “cuál es el fin último”, “esto en realidad busca hundir al rey actual y no al padre”, etcétera. El lunes 16, incluso Federico Jiménez Losantos terminó por ponerse del lado de este último sector, junto al ABC o La Razón. Escribo “incluso” porque este periodista, proclamado o autoproclamado desde hace décadas como el más liberal de entre todos los liberales, siempre había presumido de anteponer los principios a las conveniencias, pero ahora le parece tan inconveniente la erosión de la monarquía que se une a quienes buscan taparlo todo, dejar impune al emérito y a quien haga falta por el camino, y pasar página cuanto antes.

Pues no, no vamos a pasar página. Dan igual las opiniones de los grabados. Nada importa que el filtrador busque beneficiarse o chantajear, eso es “pieza separada” que, por supuesto, también habrá de investigarse. Es irrelevante la sórdida sucesión de cuestiones íntimas del crápula mataelefantes. Pero importan, y mucho, los cohechos, las comisiones ilegales, los privilegios ilegítimos, la colusión con las grandes empresas protegidas mediante regulación, la conexión íntima con según qué regímenes, la malversación de fondos públicos e incluso la evasión de impuestos por parte de este señor mientras al resto de los mortales se les hacía pasar un auténtico infierno fiscal. Todo ello presunto, por supuesto (no vayamos a liarla). No puede pasarse página y deben rendir cuentas y proporcionar toda la información disponible todas las personas implicadas.

Es moral y políticamente exigible esclarecer los terrenos de Marruecos, la comisión de ochenta millones del AVE a La Meca, la evasión, la tenencia de sociedades no declaradas, el uso de aviones oficiales… todo. Y si de ello se deriva sentar al emérito en una comisión parlamentaria o en un banquillo, pues que así sea. Es necesario, en general, comprender cómo el sucesor de Franco llegó a La Zarzuela con un patrimonio personal discretito pero acabó amasando una riqueza personal que, se dice, supera los tres mil millones de euros. ¿Era Juan Carlos tan atractivo para la diosa Fortuna —nombre también del yate que le pagamos durante años— como para la extensa colección de “segundas reinas de España”, como llamó al parecer la prensa saudí a Corinna? ¿O no hubo tal suerte en los negocios, sino un aprovechamiento continuado de la jefatura del Estado para el enriquecimiento personal?

El PSOE, cuya alianza con la Corona fue mutuamente provechosa durante el felipismo, parece ahora proclive a reeditarla o, por lo menos, a no complicarle las cosas al titular actual. Tras el Consejo de Ministros del pasado viernes, el Ejecutivo hizo hincapié en que lo revelado no afecta al rey. ¿Cómo lo sabe? ¿No habrá que investigar el asunto y sus ramificaciones como se hace en cualquier otro caso similar, para comprobar si afecta o no afecta al círculo personal del sospechoso, incluido su hijo y heredero? ¿No es razonable pernsar que pueda afectarle al menos a título lucrativo? ¿Qué prisa tiene el gobierno Sánchez por dar carpetazo a esta cuestión? Es significativo que entre las nuevas revelaciones aparezcan indicios de que Juan Carlos era quien mandaba de verdad en Nóos. De ser así, se comprendería mejor por qué Iñaki Urdangarín, el duque empalmado, ha terminado ejerciendo de chivo expiatorio. Su esposa, quizá un poco menos Borbón de lo habitual, le habría salvado de cumplir ese papel de una manera aún más lastimosa, al negarse a un divorcio que habría convenido a Zarzuela.

La figura final de Juan Carlos, la que quedará para la Historia, lleva años desdibujándose y aparece ya como la de un miserable no sólo por sus turbios negocios sino también en lo personal y familiar. En una familia normal, el divorcio esperable no habría sido el de Cristina sino el de Sofía, pero se ha prestado a un papel de víctima abnegada que, si décadas atrás pudo tener su encaje en una sociedad más machista, hoy resulta deplorable para la mayor parte de la ciudadanía. De esta quema ya no se salva ni la reputación de la “gran profesional” del sector testas coronadas.

Es necesario recordar también que el rey actual y su esposa ya han salido varias veces en los papeles por su afinidad con algunos empresarios poco ejemplares. Parece que las alianzas financieras cuestionables se transmiten en el ADN de esa familia, igual que la libido desenfrenada que les ha caracterizado históricamente. Desde 1975 hasta su abdicación, varios fueron los grandes empresarios que terminaron defenestrados tras asociarse con el emérito. No consta por ahora nada tan evidente en torno al hijo, pero entonces, ¿por qué el tajante cortafuegos impuesto por el gobierno anterior cuando salió todo aquello del compiyogui López Madrid, y por qué el muro de contención que improvisa ahora Sánchez?

No basta con que comparezca (en secreto, para mayor vergüenza) el jefe del CNI, un personaje siniestro de las cloacas de nuestro deep state, que lleva urdiendo cosas raras desde tiempos de Zapatero. Hace falta luz y ventilación. Y hace falta repensar de una vez la institución monárquica. Como mínimo, debe recuperar su papel estrictamente simbólico y no meterse en política —a nadie se le pasaría por la cabeza una reacción hiperventilada de Isabel II sobre Escocia, o de Margarita II sobre las Feroe, como la que protagonizó Felipe VI el 3 de octubre—. Y como máximo —un máximo que por fin parece al alcance de la mano—, la monarquía debe dar paso, sin traumas, a una república que no tiene por qué parecerse a la de 1931, quizá sí a la que pudo ser y no fue en 1873, y desde luego a las de países como Suiza, Francia, Portugal, Italia, Alemania o los Estados Unidos. Si absurdo fue ir contra corriente restaurando una monarquía a aquellas alturas del siglo XX, caso único, peor aún fue entronizar en ella a quien nos mantuvo engañados durante décadas pero se ha demostrado indigno de la función que ocupó. Y con semejante pecado original, la institución como tal se está demostrando altamente inadecuada para nuestro país. Pero ante todo, y con urgencia, lo que hace falta es una completa auditoría, no sólo financiera, a la Corona. Tenemos derecho a saber y nadie tiene derecho a colocarnos una nueva venda ante los ojos tras haberse podrido la primera. El consenso mediático-político papanatas en torno a la condición cuasisagrada y no investigable de la institución funcionó hace décadas pero hoy solamente sulfura, y con razón, a la mayoría de los ciudadanos, que empezamos a estar ya bastante hartitos de esta dichosa familia.

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Juan Pina trabaja como directivo en el sector privado. Preside la Unión de Contribuyentes y es Secretario General de la Fundación para el Avance de la Libertad. Es autor del libro “Una política para la Libertad” (2014) así como de dos novelas publicadas en 2007 y 2011.
Una respuesta
  1. JUAN ANTONIO  Responder

    Yo pienso, al igual que Ud., que esta monarquía está mas podrida que las ratas de alcantarilla, dicho esto, habrá que andar muy vigilantes para que en una futura IIIª República, no volvamos a caer, dado el ansia cainita de muchos en España, en vicisitudes parecidas a la IIª. Hay que recordar de nuevo las palabras de un gran liberal Español (Salvador de Madariaga), antifranquista de los de antes, no de los de después de muerto franco, cuando dijo aquello de que” la izquierda Española perdió toda legitimidad para condenar el golpe franquista, después de haber promovido la violenta insurrección de Asturias de 1934″, preludio de lo que se preparaba para después, añado yo.

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