Opinión

Enriquecerse no es glorioso sino repugnante

Carlos Alberto Montaner
Carlos Alberto Montaner
Periodista, escritor y político cubano, que tiene, además, la nacionalidad española y la estadounidense. Ha ganado varios premios relevantes y colaborado con periódicos de renombre internacional. Ha publicado unos 27 libros. Los últimos dos son las novelas Tiempo de canallas y Otra vez adiós.

El gobierno cubano anunció una nueva Constitución. Se ha estado discutiendo en estos días, del 21 al 23 de julio. Nadie espera que el dócil Parlamento, compuesto por 605 asambleístas asombrosamente afinados, genere la menor disonancia.

Reintroduce el cargo de Primer Ministro. El Presidente representará al Estado. Habrá vicepresidente. El Primer Ministro se encargará de la gerencia del gobierno y del control del Consejo de Ministros. Ninguno de esos mandos será por voto directo. Dentro del parlamento, otro órgano mucho más reducido y manejable, el Consejo de Estado, será el que propondrá a los “compañeros” idóneos. El objetivo es restarle autoridad al Presidente.

El Partido Comunista conserva su carácter de fuerza hegemónica del país y centro único de iniciativas. Con una infinita terquedad la cúpula castrista continúa invocando la inspiración marxista-leninista del Estado y del gobierno. Sesenta años de fracasos han sido inútiles. No han aprendido nada.

Pero el elemento más importante, que tratan de pasar de contrabando, es la incorporación de un inquietante Consejo de Defensa Nacional, del que se afirma que es “un órgano superior del Estado que dirige al país durante las situaciones excepcionales y de desastre”.

No se dice, pero se sabe, que esa institución está regida por el coronel Alejandro Castro Espín, único hijo varón de Raúl Castro, y reúne a todas las fuentes de inteligencia y contrainteligencia del país. El que se mueva no saldrá en la foto. Tal vez aparezca en la crónica roja de Granma, como les sucedió al general Arnaldo Ochoa y al coronel Tony de la Guardia. Los fusilaron en 1989.

La vaga definición del CDN y su probable intervención en situaciones excepcionales funciona como una verdadera espada de Damocles que pende sobre las cabezas de todos los apparatchiks, comenzando por la de Miguel Díaz-Canel, el hombre más vigilado por la contrainteligencia cubana.

El premierato ya existió entre 1959 y 1976. En ese largo periodo Fidel Castro fue PM e hizo lo que le dio la gana. De manera inconsulta cambió el modelo político y económico de los cubanos, introdujo misiles soviéticos, que casi desembocan en una guerra mundial, inició las guerras africanas y creó todo género de disturbios en medio planeta apoyando a cuanto grupo revolucionario anti occidental se asomaba a La Habana.

En el 76, durante el periodo de sovietización de la Isla, inexactamente calificado de institucionalización, inspirados por la Constitución búlgara –porque era un pequeño país agrícola con una población semejante a la cubana- se acercaron a la fórmula soviética, pero Fidel siguió haciendo lo que le salía de sus barbas.

La nueva Constitución anunciada por el gobierno cubano es, por una punta, un ajuste a la realidad; por la otra, un intento gatopardiano de que todo siga igual. Y por una tercera, un límite a la autoridad del Presidente para que no se le ocurra jugar al caudillismo, como hicieron Fidel y Raúl en su momento durante varias décadas.

La desaparición de la URSS y del campo socialista europeo a principios de los noventa dejaron a Cuba sin subsidios y a la deriva. La manera de capear ese inmenso temporal fue reformar la economía para salvar el colectivismo. Fue entonces cuando del caletre de Fidel comenzó a surgir el contradictorio “modelo castrista de reformas”.

A regañadientes, aceptó la menor cantidad de empresa privada, inversiones y cuentapropistas que le permitiera sobrevivir a su régimen. En ese momento admitió la dolarización, pero cuando pasó el vendaval y ascendió Chávez al poder, se pegó a la teta venezolana con una voracidad de huérfano hasta que pudo revocar la medida.

La duda era si Raúl Castro, con la reforma que preparaba, trataría de sumarse al modelo chino, al vietnamita, o si se mantendría dentro de las coordenadas del modelo castrista. Ya no hay espacio a la esperanza de cambio económico. (Nunca las hubo de cambio político). Las reformas están encaminadas a mantener el aparato productivo fundamental en manos del Estado.

En suma: se restringen más las actividades de los cuentapropistas y el acceso a la propiedad privada. Los cubanos radicados en el exterior no son bienvenidos a las reformas. El propósito es impedir a cualquier costo que los cubanos se enriquezcan. Se construye un socialismo sin subsidios y un capitalismo sin incentivos. Lo peor de ambos mundos. Raúl Castro no cree la frase clave de Deng Xiaoping: “enriquecerse es glorioso”. Sigue pensando que es repugnante. Menos para él y su familia, claro.

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Carlos Alberto Montaner
Carlos Alberto Montaner
Periodista, escritor y político cubano, que tiene, además, la nacionalidad española y la estadounidense. Ha ganado varios premios relevantes y colaborado con periódicos de renombre internacional. Ha publicado unos 27 libros. Los últimos dos son las novelas Tiempo de canallas y Otra vez adiós.

Opinión

Quo vadis, Donald Trump

Carlos Alberto Montaner
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Periodista, escritor y político cubano, que tiene, además, la nacionalidad española y la estadounidense. Ha ganado varios premios relevantes y colaborado con periódicos de renombre internacional. Ha publicado unos 27 libros. Los últimos dos son las novelas Tiempo de canallas y Otra vez adiós.

Donald Trump tiene la patológica necesidad de que lo obedezcan. Les suele ocurrir a los machos alfa. En Alemania criticó a Ángela Merkel porque pactó con Rusia la creación de un gasoducto directo mientras Estados Unidos protege al país de una guerra con Moscú. No entendió las razones de Merkel. El suministro de energía ruso también era un escudo contra la guerra. ¿Qué sentido tenía para Moscú liquidar su primera fuente de ingresos en divisas o pelearse con ella?

En el Reino Unido, Trump regañó a Theresa May, la Primer Ministro conservadora. Le reprochó que hubiera ignorado su consejo de cómo manejar el Brexit, y la amenazó con enterrar el prometido trato comercial preferencial con Estados Unidos. De paso, recomendó al exministro Boris Johnson, un tipo duro, como Primer Ministro. Ya se sabe que Trump carece de simpatías por la Unión Europea. Si por él fuera, disolvería ese organismo de inmediato. Cuando, sorpresivamente, el Reino Unido votó por separarse del organismo, lo celebró invitando a Nigel Farage a la Casa Blanca, el mayor defensor del Brexit en su país.

Trump tampoco está a gusto con la OTAN. Les pidió a los países miembros de la institución que aporten un 4% del PIB a la defensa. El doble de lo previamente pactado. Ese porcentaje es mayor que el que Estados Unidos le dedica a ese rubro (3.5%). Con esa exacción destruirá la OTAN. Es lo que quiere. Utilizará el incumplimiento como coartada para salirse. Trump, evidentemente, está preparando las condiciones para hacer las maletas. Abandonará la OTAN como hizo con el Tratado de Asociación Transpacífico y acaso lo haga con el Tratado de Libre Comercio con México y Canadá.

En su viaje a Europa utilizó un argumento nazi para descalificar a la inmigración. No se oponía a ella porque fuera ilegal, sino porque desvirtuaba la identidad europea. Ese fue el pretexto de Hitler para asesinar a millones de judíos y a decenas de miles de gitanos. Desvirtuaban la esencia cristiana y blanca de Alemania. Mientras Trump disparaba sus misiles racistas, el Parlamento francés aprobaba una medida contraria: eliminaba la raza de la descripción de sus nativos. Y eso está muy bien: sólo hay que contemplar el equipo francés en el campeonato mundial de fútbol. Está lleno de afro-franceses.

Pero hay más: muchos expertos piensan que ese comportamiento inusual y grosero en un presidente tiene un origen electoral. Ese es el caso de Ana Navarro, analista y estratega republicana, lo que no le impide oponerse a Trump, y de Eduardo Gamarra, politólogo, profesor de Florida International University: Trump le está hablando a sus simpatizantes norteamericanos. Está en campaña. En un reciente sondeo floridano el 38% de los encuestados opinó que los inmigrantes hispanos no habían sido positivos para el Estado, sólo un 28% dijo lo opuesto. El resto, hasta llegar al 100%, no podía emitir una opinión.

Por otra parte, Trump es absolutamente coherente con sus promesas de campaña y con sus creencias. Para un nacionalista contrario a la globalización, la OTAN, la UE, los TLC y el comercio libre carecen de sentido. Siente que los aliados explotan a Estados Unidos. Le parece que su nación no tiene por qué estar defendiendo a países ricos como Alemania o Inglaterra. Abomina de la ayuda exterior que el país otorga. Y no está sólo en esa postura. Un porcentaje grande de la sociedad americana cree lo mismo. Hasta la víspera del ataque a Pearl Harbor la mayoría de la población prefería ser neutral y no participar en el horrendo matadero de la Segunda Guerra mundial. Incluso, millones de norteamericanos simpatizaban con Alemania.

Franklin D. Roosevelt consiguió imponer un punto de vista diferente. Estados Unidos no podía continuar protegiéndose de los conflictos mediante el aislamiento. Fue lo que George Washington les había recomendado a sus compatriotas en su discurso de despedida. Honest George estaba equivocado. Hablaba a fines del siglo XVIII para una comunidad de cuatro millones de estadounidenses que no soñaban con la existencia dela aviación. Esa actitud no le había servido a Woodrow Wilson durante la Primera Guerra. A sangre y fuego los submarinos alemanes arrastraron a USA a la guerra del 14. Tampoco le había servido a él, a Roosevelt, como descubrió el 7 de diciembre de 1941, cuando los japoneses pulverizaron una base naval en Hawaii.

Fue en ese punto en el que Estados Unidos, ante la imposibilidad de ignorar al resto de los actores internacionales, decidió encabezar a los aliados naturales del país. Fue entonces cuando surgió la noción del Mundo Libre (a veces inexacta). La idea era crear pactos defensivos que sirvieran para contener a los enemigos. El punto de partida era evitar el descalabro financiero de las naciones, porque ése era uno de los gérmenes de las guerras. Antes de que se desatara la Guerra Fría, la Conferencia de Breton Woods fue el primer paso. Ahí se echaron las bases del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional y del dólar como moneda planetaria.

A partir de 1945 comenzó la Guerra Fría. Ya estaba Harry Truman en la presidencia y continuó la estrategia de Roosevelt. USA coordinó la defensa militar y diplomática con la OTAN, el Plan Marshall, la OEA, la ONU, el TIAR y el resto de los instrumentos de combate. Le costaba mucho dinero al país, pero le hubiera costado considerablemente más otra guerra mundial. Hoy ese aparato le cuesta el 3,5% del PIB. Durante la Segunda Guerra llegó a costarle el 50%. No era una cuestión de bondad, y ni siquiera de un compromiso idealista con la libertad. El propósito último era evitar otra devastación planetaria que inevitablemente afectaría a Estados Unidos.

Truman y otros once presidentes, republicanos y demócratas, han mantenido el razonamiento de Roosevelt. Donald Trump es el que ha roto esa estrategia. Probablemente dentro de unos años veremos las terribles consecuencias de su política.

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Carlos Alberto Montaner
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Periodista, escritor y político cubano, que tiene, además, la nacionalidad española y la estadounidense. Ha ganado varios premios relevantes y colaborado con periódicos de renombre internacional. Ha publicado unos 27 libros. Los últimos dos son las novelas Tiempo de canallas y Otra vez adiós.

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Sin un buen poder judicial AMLO no podrá reformar a México

Carlos Alberto Montaner
Carlos Alberto Montaner
Periodista, escritor y político cubano, que tiene, además, la nacionalidad española y la estadounidense. Ha ganado varios premios relevantes y colaborado con periódicos de renombre internacional. Ha publicado unos 27 libros. Los últimos dos son las novelas Tiempo de canallas y Otra vez adiós.

Es como las matrioskas, esas curiosas muñecas rusas de madera. Una va dentro de otra. No hay progreso ni prosperidad crecientes sin respeto a la ley. Y no hay respeto a la ley si no existen frenos morales y castigos a los violadores de las reglas, especialmente las que tienen que ver con la corrupción económica. Para impartir esos castigos es indispensable construir un sistema judicial eficiente, honrado e independiente de los otros poderes públicos. Ergo, la impunidad, en gran medida, explica el atraso material de América Latina y de medio planeta.

Aunque hay algunas sociedades corruptas y relativamente exitosas, como China, por ejemplo, lo que revelan los índices de Transparency International es que los veinte países más prósperos del planeta son, simultáneamente, democracias honradas en las que predominan los mejores valores, que tienen un sistema judicial independiente capaz de castigar a los delincuentes, y un Estado de Derecho respetado y funcional.

La reflexión viene a cuento de Andrés Manuel López Obrador, AMLO para los mexicanos. Acaban de elegirlo y ha prometido disminuir la violencia sustancialmente. Se han cometido más de cien mil homicidios en cada uno de los dos últimos sexenios. AMLO asegura que se enfrentará a los problemas del desarrollo y combatirá la pobreza, la corrupción y la impunidad.

Tampoco ha aclarado cómo pretende hacerlo en una nación podrida por la actuación criminal de los narcos, en la que la sociedad suele ser cómplice de dar y recibir mordidas, y por la inveterada costumbre de muchos de sus políticos y funcionarios de robarse hasta los clavos. A este año electoral, el último del sexenio, con casi seis meses para la llegada del nuevo presidente, suelen denominarlo con un pareado cínico “el año de Hidalgo: chingue su madre el que deje algo”.

AMLO puede pedirle ayuda a la comunidad internacional, pero lo que ha sucedido en la vecina Guatemala no es muy halagüeño. En ese país, desesperados por la mezcla letal entre impunidad y corrupción, con la ayuda de la ONU crearon la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala, la CICIG, pero no ha funcionado correctamente y ha generado muchos adversarios e innumerables críticas.

¿Por qué ha fallado? Entre otras razones, porque la Justicia debe ser impartida por los propios nacionales para que no levante sospechas de intromisiones extrañas. De alguna manera, ese principio revolotea en torno al Derecho desde que la Magna Carta fue promulgada en el 1215 en Inglaterra y dejó establecido que el juicio por jurado debía ser ejecutado por tus iguales (peers). Nunca es grato que un extranjero sin arraigo real, ajeno a la idiosincrasia de la sociedad, acuse y persiga a nacionales que proclaman su inocencia.

El Comisionado es un polémico jurista colombiano, ex miembro de la Corte Suprema de su país, llamado Iván Velásquez, enemigo declarado de Álvaro Uribe. Muchos guatemaltecos, dados al chascarrillo como pocos pueblos, lo llaman, despectivamente, el “Tal-Iván”.

Velásquez fue especialmente rechazado por los chapines desde que Gustavo Petro, dadas las afinidades ideológicas, intentó reclutarlo como su vicepresidente. A partir de ese punto, pese a la negativa de Velásquez de figurar en la boleta del exguerrillero marxista, se incrementaron las acusaciones de injerencias en los asuntos nacionales y, especialmente, de abuso de poder.

Si una CICIG mexicana no es el camino, ¿cuál debería ser la ruta que emprendiera AMLO para reformar el sistema judicial? Las buenas reformas se hacen oyendo a los expertos. Las instituciones son tan buenas o tan malas como las personas que las operan. Acaso lo más sensato sería comenzar por reunirse con las autoridades de las facultades de Derecho de las universidades públicas y privadas mexicanas para saber cómo se puede mejorar notablemente la calidad de los profesionales.

Naturalmente, también es una cuestión de dinero. Los mexicanos tendrán que asignar grandes recursos para contratar a los mejores profesionales. A esos hay que atraerlos con plata y distinciones. En América Latina, desgraciadamente, al Ministerio Público acuden los peores abogados, los que no son aceptados en los buenos bufetes. Así no es posible transformar nada.

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Carlos Alberto Montaner
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Periodista, escritor y político cubano, que tiene, además, la nacionalidad española y la estadounidense. Ha ganado varios premios relevantes y colaborado con periódicos de renombre internacional. Ha publicado unos 27 libros. Los últimos dos son las novelas Tiempo de canallas y Otra vez adiós.

Opinión

La Segunda Guerra Fría

Carlos Alberto Montaner
Carlos Alberto Montaner
Periodista, escritor y político cubano, que tiene, además, la nacionalidad española y la estadounidense. Ha ganado varios premios relevantes y colaborado con periódicos de renombre internacional. Ha publicado unos 27 libros. Los últimos dos son las novelas Tiempo de canallas y Otra vez adiós.

Hace un cuarto de siglo desapareció la Unión Soviética. La hecatombe ocurrió el 25 de diciembre de 1991. Fue la consecuencia directa del previo y fallido golpe de agosto de ese año. Vladimir Putin cree que se trata de la peor desgracia que le ha sucedido a su país, pero entonces la mayor parte de los rusos lo percibió como algo conveniente.

Lo recuerdo nítidamente. Por aquellas fechas yo visitaba Moscú con cierta frecuencia para participar en actos académicos encaminados a discutir la conveniencia de terminar con el costoso subsidio al belicoso satélite cubano.

Entonces me intrigó considerablemente escuchar varias veces una consigna nacionalista que acabó por convertirse en una realidad política: “tenemos que liberar a Rusia del peso de la Unión Soviética”.

La URSS había nacido en 1922 estimulada por Lenin en medio de un ilusionado  Congreso Panruso de los Soviets, quien agregó las ideas marxistas al espasmo imperialista que en pocos siglos había convertido al pequeño principado de Moscú, entonces animado por la superstición de ser la “Tercera Roma”, la heredera del cristianismo de Bizancio, en la nación más grande de la Tierra: grosso modo, el doble del tamaño de Estados Unidos o la China actual.

Para Lenin y sus comunistas, la URSS no pretendía abandonar el impulso imperial ruso, del que estaban secretamente orgullosos, sino reenfocarlo en un nuevo proyecto ideológico de conquista planetaria basado en la disparatada ideología de Karl Marx, un filósofo alemán que vivió una buena parte de su existencia en Londres, ciudad en la que murió en 1883.

Naturalmente, la nueva estructura creada –Rusia más Georgia, Armenia, Azerbaiyán, Ucrania, Bielorrusia, a las que luego se unirían Uzbekistán, Turkmenistán y Tayikistán— servía para ese propósito y para otro de carácter defensivo: la URSS protegería las conquistas comunistas rusas y sería otro obstáculo para impedir la reacción hostil de las naciones enemigas al sangriento experimento revolucionario surgido en 1917.

Para esos fines, Lenin, y luego Stalin (tras la muerte de Lenin en 1924), ayudaron a la creación de una federación de partidos comunistas en todo el mundo que tenían, como primer objetivo, proteger a Moscú, la madre-patria del comunismo, aun cuando los intereses nacionales estuvieran en conflicto con los de la lejana Rusia. Más que hacer una revolución calcada de la bolchevique, la gran tarea de los partidos comunistas locales era ésa: servir al hermano mayor ruso.

Así las cosas, los partidos comunistas nacionales, escudos de Moscú, se dieron a la tarea de perseguir trotskistas y de exterminar a quienes discrepaban de las directrices del Comitern, como se le llamó a la Tercera Internacional, la estructura también creada y financiada por los comunistas rusos para su propio beneficio, como habían hecho con la URSS.

Esto se vio muy claramente en España, durante la Guerra Civil (1936-1939), y aún antes, cuando el líder comunista cubano Julio Antonio Mella, entonces disidente de la línea oficial, fue asesinado en las calles de México en 1929, preludio a lo que luego le sucedería al propio Trotski en 1940, liquidado por Ramón Mercader, un español al servicio de Stalin, hijo de una fanática comunista cubana.

Un cuarto de siglo después de desaparecida la URSS, Vladimir Putin amenaza con el rearme nuclear de Rusia para burlar el escudo de misiles protectores con que Estados Unidos dota sus propias defensas y las de Occidente. Más que el excomunista nostálgico, habló el ruso convencido del destino hegemónico de su patria.

Según el exagente del KGB, líder político de su país, Estados Unidos y la Unión Europea no podrían impedir la destrucción total de sus barreras defensivas (y de sus naciones) del ataque de lo que llama la tríada: el efecto de la cohetería nuclear de tierra, la acción de los submarinos dotados de armas atómicas y las bombas arrojadas desde los aviones.

Curiosamente, la bravuconada de Putin tendrá un efecto estratégico positivo en Occidente. Donald Trump, en primer término, advertirá que Vladimir Putin no es su amigo, en la medida de que repite los viejos hábitos imperiales rusos. Asimismo, se dará cuenta de que la OTAN continúa siendo el mejor instrumento para evitar que el planeta sea incinerado por Moscú y renunciará a debilitarla o demolerla.

Evidentemente, entramos en la Segunda Guerra Fría.

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Carlos Alberto Montaner
Carlos Alberto Montaner
Periodista, escritor y político cubano, que tiene, además, la nacionalidad española y la estadounidense. Ha ganado varios premios relevantes y colaborado con periódicos de renombre internacional. Ha publicado unos 27 libros. Los últimos dos son las novelas Tiempo de canallas y Otra vez adiós.