¿Sirven de algo las marchas multitudinarias?

Tal vez fue la mayor marcha de la historia de Venezuela. ¿Sirvió para algo? Ya llegaremos a eso. Comienzo el análisis por la punta del gobierno.

Maduro y los operadores cubanos de la DGI, que son los que mandan en el país, se enfrentaron a una disyuntiva: ante el anuncio de una gigantesca manifestación, ¿se quitaban el frágil antifaz democrático que todavía utilizan esporádicamente, declaraban el estado de excepción, suspendían las garantías constitucionales y disolvían la Asamblea Nacional, pretextando impedir un golpe planeado por la perfidia imperialista de Washington, o intentaban obstruir a los manifestantes, detener a los líderes y hacer abortar la manifestación disgregando la marcha en diversos puntos del trayecto?

Optaron por lo segundo. Creyeron que lo lograrían. Es lo que hacen en Cuba. Detienen, dispersan, infiltran, acosan a los opositores, los enfrentan a unos contra otros con mil intrigas, y les impiden que tomen las calles. Las calles son de Fidel. A eso se dedica el vasto y secreto cuerpo de la contrainteligencia cubana (55 a 60 mil personas), la policía regular (80 000), más la gente de rompe y rasga del Partido Comunista, mientras los tres ejércitos regulares permanecen expectantes por si hace falta que entren en combate. Total: 350 000 perros feroces, sin contar al Partido Comunista, para acorralar a once millones de aterrorizadas ovejas.

Se equivocaron. El control social no es el mismo. En Cuba se liquidó a la oposición a sangre y fuego en los primeros cinco años de la dictadura. Hubo resistencia, pero mataron a unas siete mil personas y encarcelaron a más de cien mil. Dos décadas más tarde, a fines de los setenta, cuando la jaula ya era hermética, comenzaron a soltarlos. Hace medio siglo que los Castro tienen en un puño a la sociedad cubana. El KGB soviético y la Stasi alemana les enseñaron cómo echar el cerrojo. Hoy Raúl ha perfeccionado su estrategia represiva. Fue la que inútilmente trataron de utilizar en Venezuela.

La oposición venezolana se sostiene precariamente en una zona virtual del aparato estatal. Son alcaldes, gobernadores o diputados. Tienen cargos, pero no poder ni presupuesto. El chavismo los ha privado de recursos y de autoridad, aunque, como provenía de un esquema democrático, no le ha sido fácil construir la jaula. Según las encuestas, tienen en contra al 80% de las personas, incluida una buena parte de los sectores D y E. Es decir, los más pobres. Son una inocultable pandilla de pésimos gobernantes dedicados al latrocinio. Para ocultarlo y disfrazar la realidad, compraron, confiscaron o neutralizaron a los medios de comunicación, salvo un par de periódicos heroicos, pero la situación del país es tan catastrófica que no tienen forma humana de esconder el desastre.

Sin embargo, la oposición carece de músculo para forzar la caída de Maduro y la sustitución del sistema. En general, son gente de paz adiestrada durante 40 años en el dulce ejercicio de la democracia electoral. ¿Qué podían hacer? Podían marchar. Golpear cacerolas. Protestar pacíficamente. Era la única forma de oponerse con que contaban en la desesperada situación en la que se encuentran.

Podían llenar las plazas a la manera de Gandhi y de Luther King, pero contra un adversario mucho más inescrupuloso que los anglosajones. Lo han hecho decenas de veces. Era la forma civilizada de enfrentarse al acoso totalitario. La gente que mata, el malandraje, el hamponato, está con el chavismo. Las Fuerzas Armadas han sido intervenidas por los cubanos y la cúpula se ha encharcado en el narcotráfico. Dejar que se ensuciaran las manos fue la forma astuta y vil de atárselas. Hoy no los une el patriotismo sino el delito y el miedo a la DEA.

En definitiva, ¿sirven para algo las marchas y las protestas pacíficas? Claro que sí. Los polacos y los ucranianos demolieron sus dictaduras caminando y gritando consignas. Es cuestión de persistir. El que se cansa, pierde. Pero hay un factor fisiológico importantísimo. Participar de una causa común que posee una expresión física –marchas, consignas–, provoca una secreción notable de oxitocina, la hormona de la vinculación afectiva producida por la hipófisis. Esa es la sensación de unidad, de bonding, que se experimenta durante las marchas militares, las competencias deportivas o las inocentes reuniones multitudinarias para escuchar a los músicos de moda. Es esta sustancia la que genera “espíritu de cuerpo” y lealtades permanentes.

La oposición se siente fraternalmente unida en estos actos de calle. Surge la confianza en el correligionario y la esperanza en la resurrección de la patria. Todo lo que necesitan desesperadamente los venezolanos para encontrarse, de nuevo, en un abrazo profundo y solidario porque el país, en verdad, se les muere. Lo está matando el chavismo.

carlos-alberto-montanerAcerca del autor: Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner, cubano de nacimiento y madrileño desde 1970, ha sido profesor universitario en diversas instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es escritor, periodista, y también en la actualidad es el Presidente de Honor de la Fundación para el Avance de la Libertad. Varias decenas de diarios de América Latina, España y Estados Unidos recogen desde hace más de treinta años su columna semanal.

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Plebiscito colombiano: la pregunta clave

Los colombianos van a votar sí o no. Para eso son los plebiscitos. El gobierno hace una pregunta, por ejemplo: “¿quiere usted ponerle fin a la guerra en Colombia?”, y la gente manifiesta su criterio.

Como los colombianos no muestran mucho entusiasmo, el gobierno se las ha arreglado para que baste con que el 13% de los electores voten afirmativamente para echar las campanas al viento y declarar el estallido de la paz. No será necesario el 50% más 1 del censo electoral, como sucede en otras consultas y en otras latitudes.

El propósito del presidente Juan Manuel Santos y de Timochenko, el cabecilla de las FARC, es legitimar los acuerdos de paz forjados en La Habana. Las FARC, para entendernos, son el brazo armado del partido comunista colombiano.

Para Santos y su gobierno es la manera definitiva de ponerle fin a una guerra sangrienta de medio siglo de duración, en la que han muerto o han sido asesinadas cientos de miles de personas, ha producido el desplazamiento forzoso de varios millones de campesinos que hoy deambulan por las ciudades sin oficio ni beneficio, mientras miles de colombianos han sido secuestrados y maltratados durante años, incluidas numerosas muchachas adolescentes convertidas en esclavas sexuales de los guerrilleros.

El precio de la paz es aceptar que estas narcoguerrillas comunistas “no paguen un día de cárcel” –como insisten los jefes de las FARC–, vulnerando la ley y el código penal vigentes, para lo cual se recurrirá a una elástica “justicia transicional”, dulce galimatías que sustituye los calabozos por unas ambiguas manifestaciones de culpa sin arrepentimiento, porque ni siquiera a eso están dispuestos los gallardos combatientes marxistas-leninistas.

Para ellos esas muertes y esos crímenes, o el tráfico masivo de cocaína, son inevitables gajes del oficio. Daños colaterales producidos durante la batalla por conseguir un mundo mejor y más justo. Como dice Timochenko: no tienen que pedir perdón por nada. Él, y todos los oficiales que lo acompañan en La Habana se sienten felices y orgullosos de ese medio siglo de horrores y sacrificios.

El error de Santos es no entender las razones de sus enemigos para sentarse a negociar. ¿Por qué lo hacen? Anotemos las principales.

Primero, se sentían derrotados. La muerte en poco tiempo de Raúl Reyes, Mono Jojoy y Alfonso Cano por medio de bombardeos aéreos los convenció de que era una cuestión de tiempo que la plana mayor fuera diezmada. La doctrina de la Seguridad Democrática de Álvaro Uribe tenía éxito.

A esta irritante convicción no fue ajena la aparición de los drones. A los líderes pronto les sería muy difícil esconderse. La tecnología militar los liquidaría en un periodo breve. La reunión en La Habana era para buscar otras formas de obtener los mismos resultados.

Segundo, existía una alternativa para lograr el triunfo comunista. La había proporcionado el chavismo. Si se hacía la paz y las FARC se insertaban en el mundo político, podían llegar al poder siguiendo un guión ya probado: nueva Constitución para cambiar las leyes a la medida del nuevo objetivo, candidato de izquierda respaldado por las FARC, como hicieron en El Salvador con el periodista Mauricio Funes, hombre cercano al Frente Farabundo Martí, y captura del Poder Judicial, algo en lo que habían avanzado mucho.

Tercero, una vez en el poder, desatarían una tremenda ofensiva populista para crear rápidamente las redes clientelares, a base de transferirles cuantiosos recursos “al pueblo”, aunque el aparato productivo se arruinara totalmente en el proceso. Se conoce la secuencia: dos años de gloria redistributiva y toda una vida de penurias posteriores.

Eso no importa. Lo fundamental es constituir un enorme ejército de estómagos agradecidos, partirles el espinazo a la democracia liberal y a la economía de mercado, y crear una nueva burguesía revolucionaria con los dineros y propiedades arrancados a los personeros del “viejo régimen”. No hay nada más grato que hacer la revolución con los recursos de los enemigos.

Cuarto, generar los mecanismos para conservar el poder permanentemente. La alternabilidad y el cambio de gobierno y de sistema son zarandajas tontas de los demócratas, impropias de verdaderos revolucionarios que tomen en serio las enseñanzas del padrecito Lenin. Como sucede en Cuba, el poder nunca se entrega.

¿Y cómo se logra todo esto? Pues con ingentes cantidades de dinero como las que proporciona el narcotráfico. Las FARC son el tercer cártel de drogas del planeta. No renunciarán a ello. No pueden y no quieren. La revolución comunista lo justifica todo. Nadie dispone de más “mermelada”, como le dicen en Colombia a la plata dedicada a sobornar y comprar conciencias.

En definitiva: ¿se vota sí o no? A mi juicio, la pregunta honrada sería la siguiente: “¿Está usted de acuerdo en que las FARC abandonen la lucha armada y se dediquen por la vía política a intentar destruir la democracia liberal y la economía de mercado, y a tratar de construir una dictadura como la cubana o la venezolana en Colombia, o prefiere combatirlos hasta derrotarlos totalmente?”. Ese sería un verdadero plebiscito.

carlos-alberto-montanerAcerca del autor: Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner, cubano de nacimiento y madrileño desde 1970, ha sido profesor universitario en diversas instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es escritor, periodista, y también en la actualidad es el Presidente de Honor de la Fundación para el Avance de la Libertad. Varias decenas de diarios de América Latina, España y Estados Unidos recogen desde hace más de treinta años su columna semanal.

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La revolución es exactamente eso

En Venezuela pasan hambre. Es la revolución. No importa que sea el país potencialmente más rico del mundo. Lo mismo sucedió en 1921 en la recién estrenada URSS. Murieron de hambre un millón de rusos. Lenin se regocijó. “La revolución y yo somos así, señora”. Les impidieron comerciar a los campesinos y el ejército rojo les confiscó los alimentos, incluidas las semillas.

Pasó en China. Hubo veinte millones de muertos. En ese país el dolor también es multitudinario. Pasó en Camboya y en Norcorea, donde algunos sujetos desesperados recurrieron a la antropofagia. Pasa siempre. En Cuba sesenta mil personas perdieron la vista o la movilidad de sus miembros inferiores por la neuritis periférica generada por la desnutrición tras el fin del subsidio soviético.

Castro chilló contra el “bloqueo”. Al Ministro de Sanidad, que advirtió lo que pasaba, lo echaron de su puesto. La revolución también es callarse la boca. No era el embargo. Era la revolución. Siempre es la revolución. Al bengalí Amartya Sen le dieron el premio Nobel de Economía por demostrar que las hambrunas invariablemente son causadas por la intromisión del Estado. Cualquiera de las víctimas del comunismo se lo hubiera podido explicar a los suecos con la misma claridad sin necesidad de obtener un doctorado en Cambridge.

¿Por qué lo hacen los comunistas? ¿Son sádicos? ¿Son estúpidos e incurren en los mismos errores una y otra vez? Nada de eso. Son revolucionarios empeñados en crear un mundo nuevo a partir de las recetas de Karl Marx.

¿No aseguraba Karl Marx que la oligarquía dominante y el modelo de Estado eran la consecuencia del régimen de propiedad capitalista? ¿No aseguraba que si una vanguardia comunista se apoderaba de los medios de producción en nombre del proletariado surgiría una sociedad nueva regida por hombres nuevos dotados de una moral nueva?

Es una cuestión de prioridades. A los revolucionarios comunistas no les interesa que la gente viva mejor o que el campo y las fábricas produzcan más. Esas son tonterías pequeñoburguesas propias de las democracias liberales en las que están incluidos los traidores socialdemócratas, los democristianos y otras especies menores empeñadas en la cháchara de la pseudojusticia social.

Las dos tareas esenciales de los revolucionarios comunistas son, primero, demoler la estructura de poder del “antiguo régimen” y sustituirla por su propia gente; segundo, apoderarse del aparato productivo, arruinar a las empresas que no pueden manejar y estatizar el resto para privar de recursos a los viejos oligarcas capitalistas.

Son en estas dos actividades donde los revolucionarios comunistas demuestran si han triunfado o fracasado. Ese es el benchmark. Lenin y Stalin triunfaron, al menos por varias décadas. Mao y los Castro triunfaron. Chávez triunfó… por ahora.

¿Qué le importa a Maduro que haya niños esqueléticos que se desmayen por hambre en las escuelas o que los enfermos se mueran por falta de medicinas? Su definición del éxito nada tiene que ver con la alimentación o la salud de los venezolanos, sino con lo que en ese mundillo enfebrecido y delirante llaman, pomposamente, la “consolidación del proceso revolucionario”.

Eso explica la lenidad ante el inmenso robo al tesoro público o la complicidad con el narcotráfico. Bienvenidos. Marx también entregó la coartada perfecta: están en la fase de acumulación primaria del capital. En esta época de cambio de régimen, como quien muda de piel, todo vale.

Ya habrá tiempo de restablecer la honradez y confiar en que los planes quinquenales centralmente planificados traerán algo parecido a la prosperidad. Por ahora se trata de enriquecer a los revolucionarios clave: los Cabello, los sobrinos, los generales dóciles, los boliburgueses, es decir, los revolucionarios al servicio de la causa. Deben tener los bolsillos llenos para que puedan ser útiles.

¿Se entiende ahora por qué los revolucionarios comunistas repiten una y otra vez el mismo esquema de gobierno? No están equivocados. El desbarajuste es parte de la construcción del nuevo Estado.

¿Se comprende por qué los Castro le aconsejan a Maduro que siga el improductivo modelo cubano y por qué éste los obedece perrunamente? Lo que les importa a los chavistas es mantener el poder y cambiar las élites de gobierno por las suyas propias.

¿Se explican los colombianos qué quiere decir Timochenko cuando promete revolucionar a Colombia cuando llegue al poder? ¿O Pablo Iglesias en España cuando asegura que utilizará en su país la misma receta que les recomendaba a los venezolanos? Son coherentemente destructivos.

La revolución es eso. Exactamente eso. Nada más y nada menos.

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Carlos Alberto Montaner, cubano de nacimiento y madrileño desde 1970, ha sido profesor universitario en diversas instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es escritor, periodista, y también en la actualidad es el Presidente de Honor de la Fundación para el Avance de la Libertad. Varias decenas de diarios de América Latina, España y Estados Unidos recogen desde hace más de treinta años su columna semanal.

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La convención de Hillary Clinton

El día previo a la convención demócrata, Hillary Clinton viajó a la Florida para revelar quién era su candidato a vicepresidente: Tim Kaine, senador por Virginia y exgobernador del estado. Un demócrata moderado, amistoso, con fama de ser una persona decente, que aprendió español como misionero en Honduras de la mano de los jesuitas. Les enseñaba a los jóvenes a trabajar como carpinteros o soldadores, mientras debatía internamente si se convertía en sacerdote o en político. Optó por el servicio público y desde entonces no ha perdido una elección en Estados Unidos.

La convención tenía cuatro objetivos principales:

  • Lanzar la candidatura de Hillary Clinton, portadora de un mensaje optimista y positivo sobre Estados Unidos (en contraste con el país sombrío y decadente dibujado por Trump), al frente de un Partido Demócrata unido, y presentar, de paso, su perfil humano.
  • Aplacar a una parte sustancial de los votantes de Bernie Sanders, casi todos jóvenes radicales partidarios del socialismo vegetariano, desconfiados de los lazos de Hillary con Wall Street y con el establishment, a quien ni siquiera le perdonan que hace medio siglo se asomara a la política como una “Goldwater girl” dentro de los “Young Republican”, aunque en elecciones posteriores apoyara a Eugene McCarthy y a George McGovern, los Bernie Sanders de aquella época tumultuosa de hippies y melenas desaliñadas.
  • Demoler la imagen de Donald Trump, persuadiendo a los electores de que se trata, en realidad, de un estafador (Bloomberg le llamó “con man”), megalómano, narcisista, ignorante, inexperto, e hipócrita, a quien sería una locura entregarle los códigos nucleares porque podría incendiar el planeta.
  • Convencer a los votantes de que Hillary es una persona confiable, y reducir ese altísimo porcentaje de norteamericanos (55%) que tiene, a priori, una opinión negativa de ella. Para esos fines le fueron muy útiles los magníficos discursos de Michelle y Barack Obama. La enfática declaración del Presidente, asegurando que nadie ha intentado llegar a la Casa Blanca con tantos méritos ni experiencia, incluidos Bill Clinton y él mismo, resultó ser un fuerte espaldarazo.

En cierta medida, Hillary logró esos cuatro objetivos, pero no de una manera definitiva. A estas alturas de los comicios, más del 80% de los electores ya han decidido por quién van a sufragar y, salvo una revelación estremecedora, la batalla se limita a conquistar a un puñado de indecisos e independientes que inclinarán la balanza en una u otra dirección.

Antes de la Convención, Hillary estaba tres puntos por debajo de Trump en la encuesta de CNN, pero luego se colocó un punto por encima en el Rasmussen Report. Todo, dentro del margen de error de este tipo de indagación. Es decir, nadie puede asegurar el resultado.

Curiosamente, el triunfo de Hillary puede venir del bando republicano inconforme con la candidatura de Trump, más o menos como los “demócratas pro Reagan”, núcleo fundamental de los neocons, encabezados por Norman Podhoretz y Jeanne Kirkpatrick, ambos procedentes de la izquierda en los años cincuenta, contribuyeron decisivamente a la victoria republicana de 1980 frente a Jimmy Carter.

Primero se desafilió del partido el periodista George Will, luego lo hizo el historiador conservador y gurú republicano Daniel Pipes, quien renunciara  tras 44 años de militancia porque se siente en las antípodas de Trump. Lo dijo en un artículo publicado en el Philadelphia Inquirer el 21 de julio: a los republicanos les conviene la derrota de Trump en noviembre, eliminar su influencia dentro de la organización, y reconstruirla desde dentro.

Estos republicanos no olvidan que Ronald Reagan, en lugar de fabricar un muro, llevó a cabo una amnistía migratoria que regularizó la presencia en el país de millones de inmigrantes indocumentados, casi todos procedentes de México. O que fue George Bush (padre), convencido de la importancia del comercio libre, quien primero se comprometió con el Tratado de Libre Comercio que vinculaba al país a Canadá y México. O que George Bush (hijo) fortaleció los lazos con la OTAN y lanzó el concepto de “conservadores compasivos”, porque el mercado no está reñido con la solidaridad con los más necesitados.

Algo de esto intuyó Barack Obama en su notable discurso ante la Convención. Les dijo a los republicanos que el Partido de Lincoln en esta época era el demócrata. Era el que estaba abierto a los afroamericanos, a las mujeres, a las minorías, y los invitó a votar por Hillary.

No creo que muchos lo hagan, pero ya Pipes anunció que tal vez escogería al libertario Gary Johnson, ex republicano y ex gobernador de New Mexico, que se cansó de un partido que coqueteaba con el aislacionismo, el proteccionismo y el racismo, tres anatemas para cualquier persona convencida de los valores de la libertad.

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Carlos Alberto Montaner, cubano de nacimiento y madrileño desde 1970, ha sido profesor universitario en diversas instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es escritor, periodista, y también en la actualidad es el Presidente de Honor de la Fundación para el Avance de la Libertad. Varias decenas de diarios de América Latina, España y Estados Unidos recogen desde hace más de treinta años su columna semanal.

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La convención de Donald Trump

A juzgar por el ruido de la prensa, hubo tres momentos estelares en la convención republicana que acaba de terminar en Cleveland.

El primero fue el innecesario plagio de un par de párrafos de un discurso de Michelle Obama del 2008, introducido en el texto de la señora Melania Trump por una redactora descuidada y deshonesta. Eso no se hace. Debilitó totalmente el impacto de sus palabras y de su hermosa presencia. Hoy lo único que se recuerda de su charla es que hubo un plagio.

El segundo fue el discurso del senador republicano Ted Cruz. Comenzó con aplausos y terminó con abucheos. No pidió el voto para Trump y se limitó a reclamar que los electores votaran lo que la conciencia les dictara. De alguna manera, Cruz era coherente con su propia prédica. No podía solicitar de los otros lo que él no estaba dispuesto a hacer. No votará por Trump ni por Hillary. (Probablemente lo haga por Gary Johnson, el exgobernador de New México, candidato del Partido Libertario).

El tercero fue el esperado discurso de Donald Trump. La duda era si habría asumido un talante presidencial, sereno e inclusivo, o si seguía siendo el fiero candidato que había derrotado a 16 adversarios con un duro lenguaje de barricada, cáustico y efectivo. El enigma duró poco en despejarse. Seguía siendo el Donald Trump de siempre y eso gustaba. El 75% encontró que su charla había sido magnífica o buena. El 24% se sintió decepcionado.

El discurso duró una hora y quince minutos (el más largo de la historia para este tipo de eventos), pero lo leyó con firmeza y dominio del auditorio. No fue nada aburrido. Lo vio y escuchó un 10% de la población norteamericana, la mayor parte de esas personas, presumiblemente, votantes republicanos.

En una sociedad políticamente apática, especialmente cansada tras el largo proceso de las primarias, que vota en las presidenciales, como promedio, sólo un 52% del electorado, veintitantos millones de televidentes son un número notable. Es verdad que la final de los campeonatos de fútbol americano la ven más de 100 millones de espectadores, pero eso sucede en todas partes. El deporte apasiona y la política repele.

¿Qué dijo Trump? En esencia, dibujó un cuadro muy negro de la realidad estadounidense. Los caminos y los puentes están destruidos. Aumenta la criminalidad. Los inmigrantes indocumentados cometen crímenes horrendos. Las fuerzas del orden están bajo ataque. Nosotros (los trumpistas) somos el partido de la ley y el orden (dato que confirmaba la intimidante presencia del sheriff Arpaio). Nuestros socios comerciales nos estafan. Las otras naciones nos roban los puestos de trabajo. China nos saquea. Los acuerdos comerciales internacionales nos perjudican severamente. Nuestros adversarios se mofan de nosotros.

Nuestros aliados militares no aportan la cuota que les corresponde. Podemos acabar con el Califato islámico rápidamente y no lo hemos hecho. Y, naturalmente, Obama es responsable de este estado de cosas. Hillary prolongaría esta penosa situación si triunfara. Sería más de lo mismo. Su paso por la Secretaría de Estado fue desastroso. Agravó todos los problemas del Medio Oriente.

Trump coincide con la visión paranoica de una parte sustancial del país. Un 67% de la sociedad americana cree que Estados Unidos va por mal camino. Sin embargo, cuando se les pregunta si ellos están peor, la mayor parte dice que no. Los que sufren son otros. Es una cuestión de percepciones, no de estadísticas. El Apocalipsis jamás pasa de moda. Tiene muchos adeptos.

¿Qué prometió Trump? Obvio: ponerles fin a todos estos males una vez que esté instalado en la Casa Blanca. Reconstruirá la derruida infraestructura. Impedirá que entren los inmigrantes ilegales. Destruirá a los asesinos de ISIS. Reescribirá los tratados Internacionales de Comercio (TLC). Les exigirá a los países que forman parte de la OTAN que inviertan más en su defensa. Enderezará la balanza comercial. Pondrá a los chinos en su lugar. Cobrará menos impuestos y obligará a las empresas norteamericanas a regresar a Estados Unidos.

No dijo, por supuesto, cómo llevará a cabo estos prodigios. Será el combate definitivo contra la maldad. El Armagedón tampoco pasa de moda. También tiene numerosos simpatizantes.

En realidad, no hay nada muy nuevo en estos enfoques. El aislacionismo en política exterior, el proteccionismo económico, la condena a la globalización, al plurilingüismo y al multiculturalismo, la sospecha frente a los inmigrantes y el ultranacionalismo, son pulsiones frecuentes y primarias en casi todas las naciones. No en balde muchos hispanos, afroamericanos y otras minorías se sintieron en peligro.

Encontramos estas tendencias, en distintas proporciones, en 45 partidos europeos, a la derecha y a la izquierda del espectro político (The European Council on Foreign Relations los clasifica y llama “partidos insurgentes”). Hay frases de Trump que pudieran repetir Marine Le Pen o Vladimir Putin. A veces las dicen con la misma pasión. Veremos qué nos depara Hillary Clinton la próxima semana. Les toca responder a los demócratas.

carlos-alberto-montanerAcerca del autor: Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner, cubano de nacimiento y madrileño desde 1970, ha sido profesor universitario en diversas instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es escritor, periodista, y también en la actualidad es el Presidente de Honor de la Fundación para el Avance de la Libertad. Varias decenas de diarios de América Latina, España y Estados Unidos recogen desde hace más de treinta años su columna semanal.

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Niza y los números sobre la mesa

Muhamed Lahouaiej Bouhlel, el tunecino residente en Francia que atropelló y mató a 84 personas en Niza, era un delincuente menor conocido por la policía. Eligió el 14 de julio para perpetrar la masacre. Esa fecha marca el inicio oficial de la Revolución Francesa. ¿Escogió el día para subrayar su odio a la República y su desprecio al relato de la gesta revolucionaria, porque había muchas personas en las calles, o acaso por una combinación de ambos factores, a lo que añadía su melancólica soledad tras el fracaso familiar y su deseo de ganarse el cielo coránico por asalto

Las razones de los suicidas son siempre misteriosas. Lo precario del crimen (un camión alquilado, armas y explosivos simulados) apunta a un “lobo solitario” o, a lo sumo, a un pequeño grupo sin grandes relaciones. Antes de morir gritó en árabe, dicen, “Alá es grande”. Ese tipo de matanzas ha sido cruelmente ensayado en Israel, hasta ahora por medio de automóviles. Es probable que el ejemplo se propague. Sucedió con los asesinatos en las escuelas en Estados Unidos. Los fanáticos del Califato Islámico lo recomiendan ardientemente. “Maten como puedan, con cualquier cosa que tengan a su alcance, pero maten y griten Allahu Akbar antes de morir”.

Objetivamente, la masacre terrorista hace más daño psicológico que físico. El asesino mató 84 personas. Copiosa cosecha de dolor y sangre, sólo que el promedio diario de muertes en Francia es de 1627. Todos los años desaparecen del censo más o menos 594,000 personas, pero se agregan algunas más con los predecibles nacimientos. Incluso, el saldo migratorio –los que llegan menos los que se van—es positivo. En el 2015 se quedaron 71,940 nuevos residentes. Francia es uno de los mejores vivideros del planeta.

No obstante, estos horrendos crímenes conllevan un enorme peso subjetivo. Al margen del inmenso dolor de las víctimas, por unos días caen las Bolsas, se retraen las inversiones y mucha gente tiene miedo. El miedo es un pésimo consejero político. Les hace pensar a numerosos electores que el país requiere una mano fuerte que los proteja y combata a los malvados. Ese es el origen de algunos fascismos. En Francia el hombre se llama Le Pen (o su hija, que heredó el caudillaje). En Estados Unidos piensan en Trump, que promete erradicar a los malos a sangre y fuego.

Según sus vecinos, el asesino de Niza no era un tipo especialmente piadoso, así que, probablemente, trató de darle alguna significación a su vidita miserable y espesa cambiándola por la gloria eterna del paraíso islámico, rodeado de vírgenes complacientes y de los abundantes placeres que les esperan a los mártires de acuerdo con esa epicúrea visión celestial.

Son muchas las personas que no practican ninguna religión, pero creen en un “más allá” donde hay un dios que premia o castiga. Entre los musulmanes prevalece la ilusión de que existe un paraíso lleno de sensualidad al que pueden acceder rápidamente matando infieles e inmolándose durante la comisión del crimen, sin que se tenga en cuenta una vida previa llena de sombras y mezquindades. El martirio es un Jordán en el que se lavan todos los pecados.

Es una forma bastante frecuente de suicidarse. Esos tipos desesperados por un divorcio doloroso o porque el jefe lo había echado del trabajo, se vengan llevándose por delante a unas cuantas víctimas inocentes mientras realizan la gran “hazaña” de su existencia. Cuando se trata, además, de musulmanes, el estímulo es doble. Le ponen punto final a sus vidas, anotan el crimen en la causa religiosa … y a disfrutar eternamente con las huríes, como les corresponde a los bienaventurados.

Este sujeto había nacido en Túnez, pero algunos de los otros terroristas lo hicieron en Francia. El dato es importante. Casi todos los asesinos de las anteriores masacres francesas –ésta es la tercera en 18 meses—eran franceses cuyos padres inmigraron a París o a Marsella procedentes de naciones islámicas. El 72% de los musulmanes nacieron en Francia y a estas alturas deberían haberse asimilado, pero en muchos casos eso no ha sucedido.

¿Por qué? Francia es el país del occidente europeo con mayor número de musulmanes. Tal vez el 9% de su población profesa esa religión. ¿Son demasiados para asimilarse? De 66 millones de habitantes, unos 5 son mahometanos. En algunas ciudades constituyen guetos. En Estados Unidos, en cambio, es sólo el 1%. Apenas 3.3 en medio de 323 millones, y de ellos unos 825,000 son norteamericanos convertidos al Islam, casi todos de remoto origen africano.

Pero la gran diferencia tal vez radique en la intensidad de la integración. Los estadounidenses que profesan la religión islámica, árabes y no árabes, en su mayoría forman parte del melting-pot. Viven en los mismos barrios, van a las mismas escuelas y tienen un desempeño económico y académico mejor que la media norteamericana, mientras encuentran en esta peculiar sociedad la posibilidad de mejorar paulatinamente mediante el estudio, el trabajo y el ahorro. Para ellos Estados Unidos sigue siendo, realmente, una sociedad de oportunidades.

Es verdad que en ese país, como en todas partes, hay violencia racial, pero como demuestra la elección y reelección de Barack Hussein Obama, la tendencia de la nación es a la reducción de este flagelo y a la disminución progresiva del racismo. Contrario a la percepción popular, entre 1981 y 2014 las muertes de afroamericanos a manos de la policía ha disminuido a la mitad: de 0,41 por cien mil habitantes a 0,24. (La de los blancos, en cambio, aunque menor en número, se ha duplicado: de 0,08 a 0,14).

El episodio de Niza provoca, claro, furia, pero esa emoción es pésima para tomar decisiones. Es la hora de ver la situación con frialdad y poner los números sobre la mesa. La justicia es un plato que también, como la venganza, se toma frío y con la ley en la mano.

carlos-alberto-montanerAcerca del autor: Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner, cubano de nacimiento y madrileño desde 1970, ha sido profesor universitario en diversas instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es escritor, periodista, y también en la actualidad es el Presidente de Honor de la Fundación para el Avance de la Libertad. Varias decenas de diarios de América Latina, España y Estados Unidos recogen desde hace más de treinta años su columna semanal.

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No lloren por Estados Unidos todavía

El señor Donald Trump asegura que bajo su presidencia Estados Unidos volverá a ser un país extraordinario.

Tan pronto triunfe en los comicios, afirma, recuperará los puestos de trabajo que, según él, se han trasladado a Asia o a México. Los inmigrantes ilegales y los terroristas no podrán franquear los muros erigidos en las fronteras. Las fuerzas armadas de su país serán otra vez imbatibles. Pulverizará a los enemigos islamistas. Los aliados tendrán que pagarle al gobierno federal por la presencia de tropas norteamericanas que impiden las invasiones extranjeras. Pondrá todo su peso como negociador experto en terminar o modificar los tratados de comercio libre que no favorezcan a Estados Unidos. El resto del planeta, en consecuencia, comenzará de nuevo a respetar y a admirar a su patria.

Se trata de un mensaje electoral efectivo, pero falso, con ciertos elementos de paranoia que pueden resultar contraproducentes. Stephen D. Reicher y S. Alexander Haslam (Scientific American Mind), advierten que no hay mayor estímulo al reclutamiento de terroristas islamistas que amenazarlos con el exterminio. No obstante, el discurso de Trump conecta con esa parte sustancial del censo que sostiene una visión pesimista de la realidad social y económica de Estados Unidos. Ocurre, sin embargo, que es una percepción equivocada.

La verdad es que Estados Unidos, pese a los problemas que presenta, y a las numerosas patologías sociales que exhibe, inevitables en una nación diversa y democrática de 323 millones de habitantes procedentes de todas las culturas, etnias y orígenes, es la primera e indiscutible potencia del mundo. No hay ninguna nación del planeta que, por ahora, le dispute la hegemonía.

En el 2016 su PIB está muy cerca de los 19 billones (trillones en inglés). Es el primero del mundo. Con menos del 5% de la población mundial, el país produce el 20% de los bienes y servicios que se generan en la Tierra, y su productividad es cinco veces mayor que la china.

El 86% de las transacciones internacionales se realizan en dólares. El dólar es la divisa más importante que existe, y moneda-refugio en épocas turbulentas (como ahora). El índice de desempleo, en torno al 4.7%, es de los más bajos del mundo desarrollado, y si bien es cierto que se han destruido empleos industriales, han sido sustituidos por formas más apacibles y creativas de ganarse la vida en el sector de los servicios y en la llamada economía de la información.

Diecisiete de las  20 mejores universidades del planeta son norteamericanas. Es la sociedad, con mucho, que patenta más hallazgos científicos y técnicos. El inglés es la lengua franca de la humanidad. El resto de las naciones imitan, fundamentalmente, a Estados Unidos. Visten como los estadounidenses. Se curan las enfermedades como ellos. Componen música como ellos. Bailan como ellos. Ven sus películas, leen sus libros, hacen sus carreteras, hospitales, aeropuertos, casi todo, como ellos.

Las fuerzas armadas norteamericanas disponen de un presupuesto que excede los 600,000 millones de dólares. Más que todos sus enemigos potenciales combinados: China, Rusia, Corea del Norte, Irán y Venezuela. Su potencial capacidad destructiva es asombrosa. Ese aparato bélico no sólo es militarmente temido por el resto de las naciones, sino probablemente contribuye a la admiración que despierta el país.

Según la empresa The Anholt-GfK Roper Nation Brand Index,  que encuesta seriamente el nivel de afecto que internacionalmente despiertan las cincuenta naciones más importantes del mundo, Estados Unidos está a la cabeza de todas. El 2014, por primera vez, fue Alemania, pero en el 2015 Estados Unidos recuperó la primacía.

Agréguesele a este cuadro la solidez institucional norteamericana. Hace pocas fechas la Declaración de Independencia cumplió 240 años. El país ha tenido presidentes extraordinarios y personajillos lamentables; periodos brillantes y  mediocres; recesiones y ciclos de crecimiento; esclavos, hombres libres y libertos; legisladores venales y probos; jueces estupendos e idiotas; etapas de guerras y de paz; mujeres subyugadas y otras que han conquistado su espacio social valientemente; minorías silenciosas y aguerridas. Pero todas estas transformaciones y confrontaciones, algunas verdaderamente revolucionarias, han sucedido sin que se interrumpiera la ordenada transmisión de la autoridad, dentro de una legalidad imperfecta aunque funcional, que le confiere una enorme solidez al país.

¿Hasta cuándo? No se sabe. Tenemos la melancólica certeza de que todas las naciones hegemónicas algún día dejan de serlo. Así ha sucedido siempre, pero todavía no hay síntomas de que Estados Unidos entró en la fase de decadencia, aunque el señor Trump se empeñe en demostrar lo contrario, y aunque muchos de sus correligionarios, casi todos blancos, casi todos varones, casi todos ultranacionalistas y aislacionistas, coincidan en su percepción pesimista de la realidad. Sencillamente, se equivocan.

carlos-alberto-montanerAcerca del autor: Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner, cubano de nacimiento y madrileño desde 1970, ha sido profesor universitario en diversas instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es escritor, periodista, y también en la actualidad es el Presidente de Honor de la Fundación para el Avance de la Libertad. Varias decenas de diarios de América Latina, España y Estados Unidos recogen desde hace más de treinta años su columna semanal.

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La izquierda totalitaria y los escraches

César Nombela es el Rector de la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo radicada en Santander, España. Se trata de un prestigioso investigador en el mundo de la Microbiología. Al doctor Nombela y al Consejo Rector se les ocurrió la razonable idea de concederle  al expresidente colombiano Álvaro Uribe la Medalla de Honor de la institución, como antes habían hecho con otros políticos del ámbito democrático de Occidente, e inmediatamente la izquierda totalitaria, que se la tiene jurada a Uribe, armó una protesta.

Ante el escándalo orquestado, las autoridades de la Institución, asustadas, decidieron aplazar la entrega del galardón y “ampliar las consultas”. Uribe, que nada había hecho por recibir la inesperada condecoración, pidió  se revocara e instó al Rector a propiciar un buen debate sobre el tema colombiano. Una persona a la que sus enemigos han tratado de asesinar 15 veces, está más interesada en la sustancia que en la vanidad.

Este es un perfecto ejemplo del creciente clima de intolerancia cultivado en España por la izquierda totalitaria. En el 2010, el entonces profesor Pablo Iglesias organizó un escrache en la Universidad Complutense de Madrid para impedir que la diputada Rosa Díez, una socialdemócrata abierta y tolerante, pudiera desplegar sus ideas. Escrache es un siniestro aporte lexicográfico argentino, aparentemente de origen occitano, que describe los actos violentos encaminados a silenciar al adversario ideológico.

Hace pocas semanas le tocó el turno al profesor de Psicología Haim Eshach de la universidad israelí Ben Gurion. Era un tema muy importante. Lo habían invitado a la Universidad Autónoma de Madrid a que explicara cómo en su país se enseña Ciencia y Tecnología a niños muy pequeños, lo que acaso explica, al menos parcialmente, por qué la diminuta nación de Oriente Medio, con cinco veces menos habitantes, genera todos los años cuarenta veces más patentes y hallazgos científicos que España.

No pudo hablar. La izquierda totalitaria, que suele ser propalestina –ésa es una de sus señas de identidad más visibles—, cuyos hilos y financiamiento en parte los maneja (según el Mossad) Hezbolá y Hamás, lo impidió, como parte de una obscena campaña antiisraelí y antisemita a la que llaman Movimiento BDS (Boicot, Desinversiones y Sanciones), creado en el 2005, cuya estrategia es aislar a Israel hasta provocar su desintegración, aunque en el trayecto perjudiquen severamente al millón largo de árabes-israelíes de religión islámica que viven en el país.

El argumento palestino para tratar de demostrar que el Movimiento BDS es aintisraelí, pero no antisemita, es que lo apoyan unas cuantas organizaciones israelíes y algunos judíos del mundo académico, como el lingüista y activista político Noam Chomsky.

Es cierto, pero se trata de una proposición tan absurda como la de intentar justificar al nazismo porque (relata el historiador César Vidal), el judío Hans Sander fue condecorado por el partido nazi, al tiempo que también eran judíos los generales del ejército de Hitler Helmuth Willberg y los hermanos Johannes y Karl Zukertort.

Vivimos en una vergonzosa época de escraches, extorsiones y agresiones a la libertad de expresión. En Cuba los “actos de repudio” comenzaron en 1960 y cincuenta y seis años más tarde continúan realizándose constantemente. La policía política recluta a los muchachos en las escuelas y a ciertos militantes de rompe y rasga del Partido Comunista, y los conduce a las iglesias para que maltraten a las Damas de Blanco, o los lleva en autobuses a las casas de los opositores demócratas para que los insulten y a veces los golpeen.

En Ecuador existe una de las leyes de prensa más restrictivas de Occidente. El autócrata Rafael Correa es capaz de ordenar el arresto de una persona por hacerle un gesto de desagrado, de perseguir periodistas por revelar verdades incómodas, o de desatar una virulenta campaña contra personas inocentes, acusándolas de ser “agentes de la CIA”, como le acaba de ocurrir a la doctora Karen Hollihan, víctima de una operación de desinformación típica de los servicios de inteligencia.

¿Conseguirá la izquierda totalitaria callar a los demócratas? No lo creo, pero, aunque lo lograra, seguiría siendo cierta la frase de Cervantes: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”.

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Carlos Alberto Montaner, cubano de nacimiento y madrileño desde 1970, ha sido profesor universitario en diversas instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es escritor, periodista, y también en la actualidad es el Presidente de Honor de la Fundación para el Avance de la Libertad. Varias decenas de diarios de América Latina, España y Estados Unidos recogen desde hace más de treinta años su columna semanal.

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¿Arderá Europa?

Gran Bretaña se prepara para abandonar la Unión Europea. La conmoción ya estremece al planeta. La globalización también es esto. Lo que sucede en Europa nos afecta a todos, desde China a Costa Rica, pasando por Nigeria. Las bolsas han caído estrepitosamente. Todavía no es seguro, pero las encuestas apuntan a que un 47% de los británicos son partidarios del Brexit, de marcharse, y un 40% de permanecer. Al final, se ganará o perderá por los pelos.

En 1975, cuando Harold Wilson, entonces jefe de gobierno en Londres, convocó el primer referéndum, más del 67% de sus compatriotas optó por quedarse. Eran tiempos de miedos absolutamente fundados. Existía la URSS y la Guerra Fría era una escalofriante realidad. Los eurófobos y los euroescépticos tenían menos peso en el panorama nacional. De alguna manera, la idea de una Europa unida brindaba cierta seguridad.

Es una paradoja, pero contra la URSS vivíamos mejor. Era un enemigo tangible que poseía un plan de conquista planetaria. Ese peligro real se convertía en un factor aglutinante para sus adversarios. Pero en 1989 los berlineses destruyeron el Muro, poco después desaparecieron la URSS y sus satélites, y el marxismo dejó de ser un destino posible, salvo en Cuba, Corea del Norte y otros disparatados manicomios controlados por dinastías militares indiferentes a la realidad.

Muchos de los países europeos sujetos al yugo soviético que estrenaron su libertad corrieron a refugiarse tras la cortina democrática de la Unión Europea y la OTAN. Le temían, con razón al neoimperialismo ruso. La URSS había continuado la permanente expansión de la Rusia zarista, leit motiv de la Tercera Roma desde que en el siglo XV Iván III inició el asombroso crecimiento de Moscú hasta convertir, tres centurias más tarde, al atrasado principado moscovita en la nación más grande de la Tierra.

Hubo, claro, condiciones mínimas formuladas por la Unión Europea a los azorados recién llegados del postsovietismo. En Copenhague se establecieron los Criterios para poder formar parte del exclusivo club: democracia, libertades, mercado, propiedad privada de los medios de producción, derechos humanos y la decisión de cumplir los compromisos con la UE. Eran pocos, pero claros, y no había ninguna referencia a factores culturales, lingüísticos o religiosos.

Ése es exactamente el valor de la UE y el origen de su debilidad, lo que explica la posible salida del Reino Unido: se trata de una construcción artificial anclada en la razón y la ideología, dedicada a estimular la prosperidad y a cultivar la paz, y no en las emociones o en los lazos secretos e intangibles de las tribus.

No es verdad que exista el homo europeo. Hay franceses, alemanes, griegos, españoles, italianos, ingleses y así hasta una treintena de tribus definidas, pero ninguno de ellos es o se siente europeo. Las identidades se tejen en la oscura zona de las emociones, asentadas en el sistema límbico del cerebro, mientras la Unión Europea es una expresión de la racionalidad que sucede en la zona frontal o Neocórtex.

Esto lo explicó con toda claridad el argentino Mariano Grondona apelando a un ejemplo referido al MERCOSUR: conocía a miles de argentinos, brasileros, uruguayos o paraguayos dispuestos a morir por sus patrias, pero ni a uno solo decidido a inmolarse por el MERCOSUR.

Y, antes que a Grondona, se lo leí de otra manera a José Antonio Jáuregui en Las regla del juego: las tribus, una brillante explicación de la conducta humana basada en la premisa de que somos esclavos de nuestros cerebros, verdaderas fábricas de adicciones encaminadas a la supervivencia de los grupos, origen de las pulsiones nacionalistas.

Nuestros cerebros recompensan con sensaciones gratas la emoción de pertenecer a una tribu, castigan a los que se oponen a ella, y provocan cautela y hostilidad frente a las criaturas diferentes. Esas son las reglas y las administran, ciegamente, los neurotransmisores.

¿Es realmente terrible que el Reino Unido se separe de la Unión Europea? No todos lo creen. Jean-Pierre Lehmann, excelente economista francés carente de prejuicios antibritánicos, piensa que, a medio plazo, a la UE le conviene desprenderse de la influencia de un socio poderoso, incómodo con los crecientes lazos políticos entre los países miembros. Para Lehmann, precisamente, la tarea pendiente dentro de la UE es la creciente fusión de carácter político, algo que horroriza a los ingleses.

En todo caso, con los británicos dentro o fuera de la UE, sería muy lamentable y peligroso que a medio o largo plazo se deshaga este extraordinario organismo surgido de los escombros de la Segunda Guerra mundial. Aunque artificial, alambicada, y desesperantemente burocrática, la UE sigue siendo un gran refugio contra la barbarie totalitaria y un disuasivo eficaz contra la guerra. A todos nos conviene que persista.

carlos-alberto-montanerAcerca del autor: Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner, cubano de nacimiento y madrileño desde 1970, ha sido profesor universitario en diversas instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es escritor, periodista, y también en la actualidad es el Presidente de Honor de la Fundación para el Avance de la Libertad. Varias decenas de diarios de América Latina, España y Estados Unidos recogen desde hace más de treinta años su columna semanal.

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La difícil tarea que le espera a PPK

Pedro Pablo Kuczynski ganó por los pelos, pero ganó. Sospecho que la comunidad internacional más sensata ha visto esa victoria con buenos ojos. El país no va por mal camino y nadie querría que se descarrilara.

A PPK lo separan de Keiko Fujimori apenas 39 000 votos de un total, grosso modo, de diecisiete millones de electores. El apellido Fujimori polarizaba a los ciudadanos. La mitad del país votó por ella y la otra mitad en contra. No triunfó el kuczynkismo, sino el antifujimorismo.

Es importante que PPK, que es un hombre valioso e inteligente, se dé cuenta de esa circunstancia. La mayor parte de sus compatriotas no lo eligió por sus virtudes y conocimientos, que los tiene, sino por el origen de su contrincante. Es un fenómeno propio de los sistemas electorales de segunda vuelta. La primera vez se vota con el corazón. La segunda, con el hígado.

A partir de esa melancólica premisa hay tres realidades igualmente incómodas.

La primera, es que la mayoría del Parlamento es fujimorista: 73 de 130 diputados militan en Fuerza Popular. Es el mayor partido del país. Hay que contar con ellos.

La segunda, es que el grupo parlamentario de la izquierda populista-chavista, el Frente Amplio, que acaso le dio la victoria presidencial a PPK por el apoyo que recibiera de Verónika Mendoza, empeñada en cerrarle el paso a Keiko, le hará la guerra desde el principio. No habrá luna de miel ni 100 días de gracia. Será un enemigo tenaz y formidable.

La tercera, derivada de estos dos factores, es que PPK será un presidente muy débil que tendrá que forjar consensos y apoyarse en todos los factores dispersos en el complicado panorama político nacional para poder llevar a cabo una labor mínima de gobierno. No tendría sentido dedicarse a hurgar en el pasado para vengar viejos agravios.

Aunque sea poco, algo le quedará de capital político a Ollanta Humala. PPK tendrá que recoger los escombros del aprismo, incluido Alan García. Del belaundismo, cuyo candidato, Alfredo Barnechea, hizo un notable papel en las elecciones. De Alejandro Toledo, que en su momento gobernó acertadamente. Lo que quiero decir es que los peruanos, pese a la pasión antifujimorista, no eligieron a PPK para que les arregle el pasado, sino el porvenir.

Para esos fines, PPK tendrá que hacerle un guiño compasivo al fujimorismo. Lo más sencillo sería trasladar a Alberto Fujimori para que cumpla prisión en su domicilio. Ya lleva una década preso, tiene 77 años y sufre de cáncer. Incluso los antifujimoristas no se opondrían. Los peruanos no son vengativos.

Ese 50% de electores que sufragaron por Keiko verían el gesto como una rama de olivo. No es descabellado pensar en una alianza para el buen gobierno. Si PPK no puede gobernar contra el fujimorismo, acaso tendrá que gobernar con él. Al fin y al cabo, la visión socioeconómica de ambas formaciones es compatible y comparten el mismo enemigo: el neopopulismo chavista que todavía hace estragos en América Latina, aunque está en vías de extinción por su pésimo desempeño.

¿Y en qué debe poner el acento PPK? Según las encuestas, los grandes temas que preocupan a los peruanos son la inseguridad ciudadana, la corrupción, y el crecimiento económico que les proporcionaría mejor calidad de vida y más oportunidades de trabajo.

Sin embargo, como buen cientista social con larga experiencia, PPK conoce el estudio del Banco Mundial sobre la riqueza de las naciones publicado en el 2005. No radica en los dones naturales, y ni siquiera en el aparato productivo. Está en la fortaleza de las instituciones de Derecho, en la educación o capital humano y en los hábitos y costumbres que constituyen el capital cívico. Son estos factores intangibles, mezclados de diversas maneras, los que hacen posible el enriquecimiento progresivo de las sociedades.

El gran legado de PPK sería incrementar ese patrimonio, aunque le traiga pocos réditos políticos. La gloria, al fin y al cabo, también es intangible.

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Carlos Alberto Montaner, cubano de nacimiento y madrileño desde 1970, ha sido profesor universitario en diversas instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es escritor, periodista, y también en la actualidad es el Presidente de Honor de la Fundación para el Avance de la Libertad. Varias decenas de diarios de América Latina, España y Estados Unidos recogen desde hace más de treinta años su columna semanal.

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