Volveremos, de Noemí López Trujillo y Estefanía S. Vasconcellos

Quizá fue mi condición de emigrado la que me llevó a pedirle a una amiga que me trajese a Islandia Volveremos, de Noemí López Trujillo y Estefanía S. Vasconcellos. Influyó, sin atisbo de duda, que la editorial responsable de su publicación fuese Libros del KO, una garantía de calidad, como pude comprobar con Fariña, de Nacho Carretero.

Devoré la mitad del libro ese mismo día, y la otra mitad al siguiente. El subtítulo de la obra, Memoria oral de los que se fueron durante la crisis, resulta elocuente: Volveremos trata de retratar los cientos de miles de español@s que han emigrado en busca de trabajo desde que la crisis económica comenzó, allá por 2008.

¿Qué une a todas esas personas (si es que nos une algo)? ¿Qué nos diferencia? ¿Qué se siente al abandonar tu casa? ¿Y quedarse? ¿Somos aventureros, suicidas, necesitados, pretenciosos? ¿Quizá antipatriotas, nostálgicos, inquietos?

Volveremos, de Noemí López Trujillo y Estefanía S. VasconcellosComo quizá sospechéis, no pueden existir muchos puntos en común entre los emigrantes, más allá de su condición. Llegamos a nuestros países adoptivos de mil maneras diferentes, y siguiendo caminos a veces estrambóticos. Mi propia experiencia, por poner un ejemplo, resulta bífida: mi primera vez en Islandia respondió a un impulso aventurero (y a la indecisión sobre qué hacer con mi “carrera”); la segunda fue una huida en toda regla de un país en descomposición. Lo contado por los protagonistas de Volveremos me toca de cerca. Sus testimonios, que vertebran la obra y le dan forma, constituyen una panoplia de opiniones sobre el fenómeno de emigrar. Su variedad es quizá el gran acierto de la obra, ya que convierten lo personal en colectivo, incluyendo además a aquellos que no se atreven a irse, por falta de arrojo, circunstancias familiares o imposibilidad económica; incluye también a padres y madres, algunos de los cuales vivieron en sus propias carnes la emigración, décadas atrás. Su relato es esclarecedor de una cruda realidad, la de una generación que trató de construir un país para sus hijos, y que ahora les ve marchar. Duele incluso para familias acostumbradas a emigrar, como ocurre en Galicia, donde cada generación ha tenido un destino (Latinoamérica, los abuelos; Alemania, Bélgica, Suiza, los padres). ¿Cómo se afronta un éxodo de esas dimensiones?

Sobre un tema en que todos opinan (de los emigrados, he escuchado elogios sobre su coraje, también críticas por la cobardía que supone “abandonar el barco”), y que genera sentimientos a flor de piel, servidor cree que relativizar es imprescindible. No somos exiliados, ni refugiados. Simplemente, emigramos buscando una salida profesional que en España no existe o está muy restringida. Reducir el debate a un valentía/cobardía resulta infantil, y juega a favor de los culpables de gran parte de nuestras miserias, y que expresan sin reparos, como se recoge en el libro, opiniones tan sagaces como la de Secretaria de Estado de Inmigración, Marina del Corral, en 2012: “¿Por qué no decirlo? Hay un impulso aventurero, propio de la juventud, que contribuye también de forma poderosa a acrecentar la movilidad juvenil”.

Volveremos llega ocho años después del inicio de la crisis. Distancia suficiente para conseguir cierta perspectiva sobre lo sucedido. En ese timing, aciertan las autoras, y acierta de nuevo Libros del KO, referente en el ensayo nacional.

Suscribo el título: Volveremos. Lo que no se sabe es cuándo. ¡Salud!


Ernesto DiéguezAcerca del autor: Ernesto Diéguez

Escritor. Doctor. CM. Fotógrafo. Cocinero. Hago de todo, tratando siempre de hacerlo especial. Blog: Aullando 

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De por qué Stephen King jamás ganará el Premio Nobel (ni falta que le hace)

Hace unas semanas, me traje de España (campamento base de mi biblioteca personal) las 1500 hojas de It, de Stephen King, obra que llevaba conmigo camino de once años cogiendo amarillo. Ahora, forma parte de mi paupérrima pero digna biblioteca del exilio. Entremedias, dos vuelos y una escala de ocho horas me llevaron a devorar sus primeras trescientas hojas. Lo cual no resulta infrecuente, por cierto, con las obras del autor norteamericano, llamado Rey del Terror.

Honestidad por delante: me declaro fan no-matter-what de Stephen King. Probablemente sea el autor del que más libros he leído (a la par con Terry Pratchett y su MundoDisco), y aunque mis referentes literarios difieren del campo de actividad de Stephen King (Cormac McCarthy, Roberto Bolaño, José Saramago, entre muchos otros), algo en sus historias me hacen volver una y otra vez a él. Como si una parte de mí escuchase una llamada. Menospreciado por la crítica y aplastado por la losa del bestseller, es seguro que Stephen King nunca ganará el Premio Nobel (aunque sí ha recibido el prestigioso National Book Foundation). Igual que otros grandes escritores de género, morirá sin el mayor reconocimiento literario, igual que antes lo hicieron otros como Ray Bradbury. El mundo de la literatura no escapa a una descarnada realidad social de clases.

Volviendo al tema, me compré It en el año 2005. No recuerdo la fecha por prodigiosa memoria, sino que hubo un tiempo en que marcaba la fecha en cada libro que me compraba. Al abandonar mi pueblo para empezar la universidad en Santiago, se abrió ante mí un fantástico universo de librerías, y pasé los primeros años de carrera comprándome a libro por semana (todavía no recuerdo con qué dinero). It fue uno de ellos, y se arrastró conmigo a lo largo de los años de licenciatura, de piso en piso y sobreviviendo a unas cuantas mudanzas. Voló conmigo en mi aventura barcelonesa, y luego por los difíciles años de tesis. Así hasta que, hace unas semanas, once años más tarde, lo recogí en Galicia y todas sus 1500 páginas se vinieron conmigo a Islandia. Combustible para el invierno polar.

La reflexión que conduce mi texto tiene algo que ver con mis orígenes literarios. Renegado de la llamada literatura seria, durante años bebí literariamente de clásicos de terror y ciencia-ficción (y en mucha menor medida, de fantasía). Toda la demás literatura, por pura ignorancia, me aburría. Mi visión ridícula era un pecado de juventud. Cuando finalmente caí en las fauces de una literatura nueva, me dejé devorar y pasé un tiempo lamentándome por haber perdido años leyendo lo que se denominaba literatura menor. Esa perspectiva mudó cuando también leí obras malísimas la llamada alta literatura. Como me gusta decir, A todo el mundo le huele la mierda. Dadme un millón de veces, por seguir con Ray Bradbury, El hombre ilustrado o Fahrenheit 451, y no clásicos cuestionables como El guardián entre el centeno. Pregunta al aire:

¿Se baja de división al escribir obras que alguien encasilla en un género determinado?

Admito que existe una parte de literatura que podríamos llamar barata, o fastfood. No niego el mérito de autores que podrían encuadrarse aquí (¿Paulo Coelho? ¿Dan Brown?). Vender millones de libros no es un desprestigio. Simplemente, no creo que aporten nada fundamental a la literatura. Muchos detractores de Stephen King (y otros autores de género) son incluidos en este tipo de literatura, en un ejercicio sangrante y de una ignorancia terrible y que, desgraciadamente, está de moda. King ha ocupado gran parte de su vida en asentar las bases del terror contemporáneo. Sus obras han vendido millones de ejemplares, y muchos de ellos han servido de base para películas (premiadas) y series de televisión, y en su catálogo destellan tal cantidad de clásicos que asusta: Rabia, Cementerio de animales, Cujo, El resplandor, Apocalipsis, el propio It, Saco de Huesos, Carrie, La milla verde,… por no hablar de su notable incursión en la fantasía con la serie La Torre Oscura o un librito que recomiendo desde ya a cualquier aspirante a escritor, y que King escribió tras sufrir un accidente que casi le costó la vida: Mientras escribo.

Las críticas habituales a Stephen King inciden, además de en sus ventas, en la calidad de su prosa y el exceso de páginas. Servidor encuentra su prosa bastante cuidada (atención a lo que dice de ella en la mencionada Mientras escribo), y en cuanto a su incontinencia verbal, ¿es un argumento válido? Citemos a Foster Wallace, cuya incontinencia no levanta las mismas críticas. Le acusan también de hacer literatura popular, signifique lo que signifique. Si bien sus mejores obras fueron escritas en los ochenta, en las décadas siguientes no ha dejado de producir obras más que aceptables, y de todos modos, la decadencia tampoco me resulta un argumento válido (el estos días premiado Eduardo Mendoza vivió una decadencia literaria dantesca, pero eso no anula la magia vanguardista de La verdad sobre el caso Savolta).

En todo caso, tras el éxito de Stephen King se esconde un factor crucial: ha sabido tocar una fibra sensible en sus lectores, pertenecientes a diferentes generaciones, la mayoría nacidas a partir de los años cincuenta. Quien quiera quedarse en lo obvio de sus obras, se perderá el discurso sobre las realidades ocultas de nuestra sociedad, la parte más oscura de lo cotidiano y de la modernidad, dominada por el racionalismo y la tecnología. Stephen King habla de lo subterráneo al alma humana: miedos basados en nada, alienación, leyendas que se han ido transformando con los siglos y adaptándose a los tiempos, terrores nocturnos, traumas de infancia. Su éxito responde, como en el caso de otros muchísimos autores, a que ha sabido plasma con éxito profundas inquietudes del alma humana, muchas de ellas irracionales.

En It se concentran, por cierto, todas las virtudes y defectos de Stephen King, y como todas las historias, puede reducírsela a “un payaso que mutila y asesina niños en una ciudad de la costa Este de los Estados Unidos”. Pero eso sería como reducir Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, a “dos amigos raros que buscan a una poeta de culto”. De nuevo, el reduccionismo como arma argumentativa se descalifica solo. Porque en It hay mucho más, especialmente, esas ráfagas de misterio que azotan nuestro mundo en noches donde el aire se acumula, tenso, en las galernas o las tormentas, en esos tenebrosos atardeceres de invierno. La temática tratada por Stephen King no difiere de la de otros grandes escritores, pues los escritores hablan casi siempre de lo mismo pero usando diferentes máscaras para cubrir lo que intentan decir. Ahí está parte del juego.

A Stephen King, por cierto, el Premio Nobel se la trae al pairo, y aunque muchas publicaciones y lectores lo piden en su nombre, parece que él se toma el tema con socarronería y buen humor. Buen humor que, a buen seguro, es lo único que nos puede proteger de ese fuerza oscura, informe y abstracta, que habita en las sombras y que nos acecha, dispuesta a arrastrarnos a ese otro lugar que tanto tememos.


Ernesto DiéguezAcerca del autor: Ernesto Diéguez

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El inédito Tercer Reich, de Roberto Bolaño

Rompí mi (auto) promesa de leer únicamente un libro de Roberto Bolaño al año, para que así su obra ya finiquitada me durase un poco más. Economía de guerra para amantes de escritores muertos. Después de devorar las dos obras fundamentales de Bolaño, Los detectives salvajes y 2666, y sumarle el breve Nocturno de Chile, dije eso de Puedo prometer y prometo, pero fracasé con El Tercer Reich, la obra que hoy reseño.

Por cierto que embarcarse en hablar de la vida de Bolaño no merece la pena: habita en cientos, sino miles, de artículos de periódico, revistas, libros, exposiciones, documentales. De vez en cuando, sin embargo, descubro con placer de voyeur algún detalle más o menos bizarro de su vida, en este caso, su obsesiva afición por los juegos de guerra (wargames), especialmente aquellos cuya temática giraba alrededor de la II GM, de la que el chileno era, según dice, todo un erudito. Viene a cuento, porque El Tercer Reich está protagonizado por un jugador de este tipo de juegos, Udo Berger, que va de vacaciones a un pueblo de la Costa Brava acompañado por su novia. Bolaño lo usa para, en forma de diario y primera persona, contarnos el modo en que la oscuridad se va adueñando de la realidad hasta convertirla en horror, un horror sutil que, a falta de mejores palabras, diría que es muy similar a ese tipo de escalofrío desagradable que acosa a un cuerpo caliente y cubierto de sudor. Udo Berger y su novia, más otra pareja de alemanes, se suman al estático ambiente de un espacio vacacional habitado por los misteriosos habitantes del pueblo: el Cordero, el Lobo, y el Quemado, el más extraño y peligrosos de ellos. Este conjunto es un paisaje que Bolaño dibuja como si fuera un estado mental, y que se degrada con cada página. Haciendo de El Tercer Reich, en cierto modo, una historia de degeneración, de degradación. Una historia sobre el mal.

A pesar de todas sus virtudes, mi sensación al terminar El Tercer Reich es agridulce, como me pasó con Nocturno de chile. Ambas son novelas notables, pero la sombra de Los detectives salvajes y 2666 es demasiado honda y alargada. Me pasa, también, que El Tercer Reich es una novela recuperada tras la muerte del autor chileno, y soy bastante crítico con este tipo de rescates literarios, que en muchos casos tienen un fundamento económico y no literario. Por eso opino que es injusto para la memoria de un escritor que sus descendientes recuperen textos que ellos mismos aún no habían decidido sacar a la luz.

Pero ese es otro debate. Para el que me ocupa, El Tercer Reich es una (otra) buena novela de Bolaño, con el estilo bolañesco aún algo tímido e inestable pero sobradamente reconocible, y que, más que leerse, se te consume entre las manos.

Y, ahora sí, Puedo prometer y prometo que esta SÍ es la última de Bolaño del 2016.


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Voces

A cuenta de la reciente concesión del premio Nobel de Literatura a Bob Dylan, no sin cierta polémica (inherente al premio en sí), recordé el debate que se generó cuando se lo concedieron a Svetlana Alexievich. Que si el periodismo era literatura o debía ser considerado literatura. Uno podría preguntarse si esas polémicas son poco más que artificio, o si son legítimas. Purismos o vanguardias.

Siempre me ha fascinado la temática de Chernóbil. La atracción mórbida del ser humano por su auto-destrucción, por el Apocalipsis, supongo. Para mí, al menos, Chernóbil es una fantasía. En cierto modo, es como si jamás hubiese ocurrido, como si fuese una película de ciencia-ficción (Stalker, mismamente). La realidad se siente mucho más si la carne es propia, mientras que si es ajena, se desvirtúa. Sin embargo, lo que Alexievich consigue con sus Voces de Chernóbil es derribar esa barrera, esa separación, y bajar la fantasía al terreno de lo real. Y meterte eso hasta el tuétano. Bien duro.

Voces de Chernóbil, de Svetlana AlexiévichEn cierto modo, entiendo la polémica generado a causa de la concesión del Nobel a Alexievich. Si nos ponemos estrictos, obras como la de Voces de Chernóbil caen en el campo del periodismo. No está exento de lírica, ni mucho menos de valor literario, pero no fue ella quien lo escribió, sino que fueron las voces de una tierra que hoy es páramo tóxico, veneno puro; voces que, en algún caso, permanecen allí donde las bestias pacen tras haber olvidado al hombre: esposas de liquidadores, niños y niñas, políticos locales, científicos, bibliotecarias, ancianas sin más profesión que la tierra y el recuerdo. Todas sus voces se deslizan por esta obra colosal que duele de leer, y que nos habla sobre un tiempo transformador y de tránsito. Para muchos, Chernóbil acabó de sepultar a la Unión Soviética, y a un modo de vida y de pensamiento que había durado décadas y que, incluso hoy, muchos siguen añorando. La maravilla de este documento es que, con el paso del tiempo y por los efectos de la radiación, estos supervivientes se van muriendo y sus voces se silencian para siempre, callando lo vivido. Evitarlo es, probablemente, el objetivo de Alexievich, que ha recorrido toda la piel soviética, buscando a unos supervivientes que el gobierno trató de dispersar para dificultar que hablasen. Pero es virtualmente imposible callar un clamor cuyas cifras asustan: 485 aldeas desaparecidas; uno de cada cinco bielorrusos (2 millones de personas, 700.000 niños) viviendo en terreno contaminado; el índice de mortalidad superando al de natalidad y la esperanza de vida cayendo más de quince años, de media.

Voces de Chernóbil duele. Tienes esa sensación de apartar la mirada de algo muy desagradable. La gran virtud de Alexievich es ser facilitadora de estas voces, las de la catástrofe. Su propia voz permanece en lo invisible hasta el mismísimo epílogo de la obra, y hasta entonces, esas voces ayudan a transmitir una fotografía del horror. Y el valor fantástico de su obra nos recuerda, ya de paso, que la literatura también es esto, y que los purismos viven, muchas veces, en su propia paranoia obsesiva e inmovilista.

Acabo con una de las voces: “He leído muchos libros, vivo entre libros, pero no puedo explicarme nada”. Ni yo tampoco.


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Hablando del silencio

Suelo escribir reseñas sobre obras de ficción, así que esta que presento hoy es una pequeña anécdota, quizá por temor a que alguien se piense que voy a empezar a caer a ese luminoso hoyo de la auto-ayuda estilo Osho o Paulo Coelho. Todo lo contrario, de lo que pretendo hablar hoy es del silencio y la meditación, a través del relato personal y en cierto modo intransferible de Pablo d´Ors: Biografía del silencio.

Pablo d'Ors - Biografía del silencioA pesar de que su propia biografía pueda resultar sospechosa (sacerdote cristiano experto en meditación y consejero del Papa), Pablo d´Ors bien podría pasar por budista zen, y en esta obra cortita, nos habla de la meditación a través de pequeñas notas personales. Cierto que entra ellas se encuentran perlas que bien podrían encontrarse en libros de auto-ayuda, pero en muchos casos son valiosas indicaciones y reflexiones sobre la vida, y también, sobre la propia meditación y su valía como vía para conocernos a nosotros mismos. Y lo hace, su autor, poniéndose de ejemplo tanto de lo bueno como de lo malo, como con el mal de la impaciencia (“Yo fallo en la precipitación, en el apuro por terminar, y en la desesperación por gustar”); en las dificultades de ceder y abandonar la amada auto-complacencia (“Iniciarse en la meditación supone haber llegado a un punto en el que ya no te consientes apuntar a las circunstancias o culpar a los demás”) y hasta habla de algunas contradicciones del pensamiento moderno occidental (“Lo gracioso –por no decir patético- es que el hombre está montado en la vida y pretende salir ileso de ella” “Esto es importante porque la magia de los inicios no la tienen los desarrollos”), así como de perspectivas que nos dominan y que, en el fondo, no son propias, sino ajenas (“La tierra prometida eres tú, eso es lo que se aprende en la meditación”). Todo esto, Pablo d´Ors lo cuenta con un estilo sencillo y poco abstracto, teniendo en cuenta los temas que trata. Porque no deja de resultar paradójico que nos explique la meditación silenciosa mediante el uso de la palabra.

Biografía del silencio es una obrita recomendable pero, aviso para navegantes, puede desencantar a los alérgicos de lo abstracto y de las espiritualidades de corte oriental. Para los que viajen en esa onda, este libro es una bonita perla y resulta inspirador.


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Un vagabundo polémico

Knut Hamsun, ganador del premio Nobel en 1920, es un autor con una fama doble: por un lado, la de ser uno de los fundadores de la novela moderna; por el otro, la de ser un simpatizante del nazismo. Y si bien ninguna de las dos caras del noruego se anulan entre sí, una vez uno es consciente de ellas, parecen fundirse y hacerse inseparables.

Knut Hamsun - Trilogía del VagabundoNacido en 1859, Hamsun se ganó la admiración de su patria al alzarse con el premio Nobel. El autor sentía una poderosa pulsión por la escritura, que le llevó a vagabundear y a ganarse la vida de múltiples formas, con tal de poder seguir escribiendo. Cuando se le concedió el premio, Thomas Mann afirmó que nunca un premio había sido tan merecido. Sus obras, de alguna forma eternas, han sido llevadas al cine en numerosas ocasiones, y la Trilogía del vagabundo, compuesta por Bajo las estrellas de otoño, Un vagabundo toca con sordina y La última alegría, componen un trío sublime y representativo del conjunto de su obra. En ellas, Hamsun nos habla a través de la lúcida mirada de su protagonista, Pedersen, que vaga por los bosques y las montañas de Noruega trabajando en lo que encuentra y asombrándose tanto por la naturaleza sobrecogedora como por las costumbres de las gentes que encuentra. No le faltan, a dicho protagonista, el humor y el detallismo. Los retratos esbozados por Hamsun son notablemente realistas, y sin embargo, ese realismo no aminora la melancolía que, pese a todo, gotea de sus frases no tan desnudas como podría parecer. El hombre que huye de sí mismo y no se encuentra, el modo desigual de procesar el paso de los años y el advenimiento de la vejez; y la insatisfacción, “Por otra parte, está fuera de duda que se necesita cierto grado de inanidad cerebral para vivir en una satisfacción permanente de sí mismo y de todo”. Hamsun fue un vanguardista porque su técnica narrativa, saltando de escena en escena, nos recuerda al cine: una frondosa descripción de ambientes, diálogos muy logrados y, en cierto modo, anticlimáticos, y una audaz brevedad de escenas. El mundo que nos relata Hamsun es un mundo que muere (como todos los mundos), y los movimientos de Pedersen, en él, son intentos trémulos de situarse en ese pasillo resbaladizo que une el hoy y el mañana.

Nada me acosa, poco me importa el sitio en que me encuentro”.

Knut HamsunAdemás de constituir una prominente figura de la literatura universal, el hasta ahora poco conocido en tierras hispanas Knut Hamsun, terminó adquiriendo celebridad por traicionar a su patria. Se convirtió en un filonazi que regalaría su medalla del Nobel a Goebbels, que sería juzgado por un tribunal de posguerra y que de Hitler dijo que “era un guerrero por la humanidad y un predicador de los derechos para las naciones”. Un vagabundo polémico sin miedo a instalarse en las posiciones más deleznables, sin matices y sin filtros.

Pero, al fin y al cabo, un maestro en cuestión de letras, que es lo que en esta columna me ocupa. En esos términos, Hamsun es parada obligada de la literatura contemporánea.


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Dientes largos con los Dientes blancos, de Zadie Smith

Zadie Smith, de Mery Mountain Ilustración
Zadie Smith (Ilustración de Mery Mountain Ilustración)

En muchos sentidos soy un ignorante literario, y no recuerdo la primera vez que supe de Zadie Smith. Sí recuerdo, en cambio, ver un ejemplar de Dientes blancos en mi amada librería Berbiriana, y que su título me llamó la atención y me sonó sorprendentemente familiar.

¿Quién es Zadie Smith?

Después de devorar Dientes blancos, la primera novela de Zadie Smith, puedo decir que la autora británica es una Voz, una de esas que aparecen en cada generación para contarnos cosas importantes. Podría argumentarse que los temas de los que habla no son nuevos. Ya en las primeras páginas se detecta cierto tufillo a Hanif Kureishi (El Buda de los suburbios), del que dicen que es heredera. Pero ello no limita la importancia de lo que Zadie Smith pretende contarnos. El choque cultural en un Londres cosmopolita es tema literario desde hace tiempo. Ese imperialismo británico que procuran vender como desinteresada amistad ha generado profundas grietas en el Reino Unido, que ahora es habitado por primeras, segundas y hasta terceras generaciones. Que los escritores hablen de ello es una obviedad. ¿Qué es, entonces, lo que hace que Zadie Smith destaque? Podría caer en el tópico (machista): es guapa, inteligente y joven. Podría decirse que, también, es un producto publicitario perfecto. Pero quedarme en ello sería no solo injusto, sino también absurdo.

Dientes-blancos-Zadie-SmithLa fama de Dientes blancos (la primera novela de Zadie Smith) estuvo a punto de derribar a su autora, que tardó tiempo en recuperarse del impacto de su debut en la escena literaria, y que quince años más tarde se ha convertido ya en un clásico. La británica, nacida en el Reino Unido de Thatcher, pero que creció en el de Tony Blair, es una voz empapada en literatura y filosofía, con una prosa sencilla que se devora, y un punto de descreimiento que es pura osadía de juventud. En Dientes blancos, se percibe un ritmo algo caótico en la narración, que entra y sale y se diversifica en la larga ristra de personajes que Smith nos presenta, y que son escenificación de las diversas realidades superpuestas de una ciudad multicultural: múltiples generaciones de inmigrantes y todo lo que las rodea, desde lo cotidiano a lo esperpéntico. Así, Zadie Smith nos habla en su novela de mestizaje (inmigración), de pérdidas y ganancias culturales, de racismo en diferentes vertientes y direcciones, de feminismo, de familias, y lo hace con un punto de humor e histrionismo, pero también con dureza. Es un ojo crítico que usa como epicentro de su historia un barrio suburbial de Londres y dos familias, las de Archie Jones y Samad Iqbal, dos excombatientes de la II GM. Los conflictos de estas dos familias mueven la historia en una u otra dirección.

Dientes blancos es extravagante, divertida y profusa. Es la obra de una autora que en el momento de su publicación tenía veintidós años y la carrera por delante. Nunca aburre y desprende una energía brutal. La historia serpentea y resulta, inevitablemente, algo errática. Tiene un gran final, y es una lectura más que recomendable para seguir entendiendo este tiempo que vivimos y en que las poblaciones humanas se mueven con una velocidad nueva, transformando las realidades urbanas de una forma inédita.


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Yo fui Johnny Thunders, de Carlos Zanón

Yo fui Carlos Zanón.

No me gusta nada la novela negra, pero he de reconocer que hace unos días me convertí en Carlos Zanón gracias a la magia de su escritura en Yo fui Johnny Thunders. Es lo que tienen las cosas bien hechas, que transforman y derriban los prejuicios que me llevaron a enarcar las cejas cuando una amiga me recomendó la novela de Zanón.

Supongo que si Yo fui Johnny Thunders entra de esa forma es porque no es una novela negra al uso. La trama no gira en torno a un delito (o uno solo), no hay espacio para detectives y, muy al contrario de lo que yo esperaba, la prosa se sale de lo común. La novela de Zanón habla de perdedores, y estoy convencido de que ahí arranca una complicidad del lector, que se siente desgarrado al encontrarse ante una Barcelona oscura y de plástica, fabricada de droga y antros lamentables, rock´n´roll, un espacio lóbrego que Zanón transmite a la perfección, metiéndonos en la piel de Francis / Mr Frankie, un pobre habitante del extrarradio que vio morir todos sus sueños de juventud (y de paso a muchos compañeros), y que ahora, perdidas sus ínfulas, se enfrenta a retos mucho menos agradables: una pensión para su hijo, la vuelta a la casa paterna, encontrar un trabajo de mierda, dejar las drogas. Sin embargo, el mayor de esos retos es el de enfrentar la realidad. Francis no es un rara avis en esto, vive rodeado de otras personas prostituidas por el mundo moderno: asalariados miserables, delincuentes, prostitutas, mafiosos. Es una realidad que subyace a esa epidermis de postal que es Barcelona. Sus mismísimas alcantarillas, las de cualquier ciudad occidental.

Decía que la prosa se sale de lo común. Es cruda, transmite la historia a veces de forma entrecortada, otras veces de forma acelerada. Porque esa prosa bebe de la angustia y la ansiedad, de los picos de heroína, de los estertores de una mañana de resaca. Zanón utiliza su prosa de forma atrevida para provocar, para buscar desasosiego. Y lo consigue.

Por todo esto, si buscáis una novela negra clásica, Yo fui Johnny Thunders no es vuestro lugar. Si, por el contrario, buscáis una buena novela, con buenas dosis de oscuridad y de realidad, aquí podéis encontrar algo valioso.

Vaya punto venir a buscarme ¿Vas de revisión de vida? Fijo que sí. Lo conozco, libreta nueva. Pero no sirve de nada, chico rock’n’roll. Las faltas de ortografía están ahí cuando abres los ojos. Y marcadas en rojo”.


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¿Exhibicionismo u obra maestra? ¿Ambas? / La muerte del padre, de Karl Ove Knausgård

La muerte del padre, de Karl Ove KnausgårdEstos días escribía sobre Everybody wants some, de Richard Linklater. Digo esto porque, en algún momento de lucidez, he encontrado un improbable punto de conexión entre la película y el primer volumen de la serie Mi lucha, de Karl Ove Knausgård, titulado La muerte del padre. Ambas consiguen remover algo insertado muy hondo en nuestro espíritu, y es esa capacidad la que diferencia (en parte) a creaciones literarias de obras maestras.

En el caso de Knausgård, que es el que me ocupa, todo el ruxe-ruxe (que es como en gallego llamamos al runrún) generado alrededor del mastodóntico proyecto del escritor noruego me hizo desconfiar. Servidor no cae fácilmente en las modas (o cae con todo el equipo), y a pesar de comentarios de amigos, reseñas y demás intuiciones, no las tenía todas conmigo. Así que cuando finalmente me enfrenté a la novela, lo hice con esa mezcla de nervios y expectativas que todo lector siente cuando se enfrenta a algo grande y desconocido. Es, en muchos sentidos, como enamorarse. Y, como en todo enamoramiento, siempre cabe la posibilidad de salir decepcionado.

Sin embargo, la novela de Knausgård es soberbia, por no embarullarme en una larga cadena de grandilocuentes epítetos.

El autor noruego se embarcó en 2009 en un proyecto que ha acabado conformando una serie de seis novelas que en total superan las 3500 páginas y que le han catapultado a la fama. Hasta un 10% de población noruega le ha leído, ahí es nada. Lo que viene a llamarse todo un fenómeno literario. A día de hoy, Knausgård es una auténtica rockstar, y en esta primera novela, la que sentó las bases de su proyecto, narra la tormentosa relación con su padre, con un exhibicionismo muy crudo, y lo que en él se generó cuando este murió en condiciones más bien desagradables.

Knausgård saca a la luz una temática universal que puede remover a cualquiera, puesto que todos tenemos un padre y su influencia en nosotros es brutal, por ausencia o por presencia. El exhibicionismo destruye la intimidad familiar y traspasa las barreras de la ficción, puesto que, además, el noruego escribe su vida como si fuera pura ficción, con una aproximación estratégica similar y una seriedad incuestionable, se desnuda y nos ofrece sus memorias como en sacrificio. Qué hijo de puta, recuerdo que pensé a las primeras páginas, sintiéndome un intruso en vidas ajenas… y palpando la maestría.

Su serie de novelas le ha granjeado no pocos problemas con su familia, especialmente con sus tíos y su exmujer, mientras la crítica le iba alabando y comparando incluso con figuras de la talla de Proust y su tiempo perdido. Sin embargo, la prosa de Knausgård es austera, y mucho más asequible que la del francés, se vuelve incluso tediosa en algunos pasajes y, gracias a sus formas, te hace avanzar envolviéndote hasta que te encuentras acelerado y devorando páginas. La forma sublime en que transmite lo cotidiano, lo banal (“Ocurren un montón de cosas en la pequeña vida cotidiana, pero lo que ocurre, ocurre todo el tiempo dentro del mismo marco, y eso, más que ninguna otra cosa, ha cambiado mi imagen del tiempo”), entremezclado con lo trascendente (“Lo único que me ha enseñado la vida es a soportarla, nunca a cuestionarla, y a quemar en la escritura los deseos generados”), está a la altura de un gran cirujano. Abundan las digresiones entre el Knausgård adulto y el que fue, el recuerdo de sí mismo, y pese a algún altibajo, la novela arrasa en casi todas sus partes, especialmente en cuanto el autor y su hermano han de enfrentarse a los pormenores del funeral de su padre. Y sobre todo esto, capas de frustración, melancolía y desafío, depositadas sobre la narración como una seda finísima. Del campo de batalla no se escapan tampoco la culpa, la vergüenza, la rabia, la incomprensión. Todo lo que Knausgård nos regala es su camino de auto-comprensión, de conocimiento de sí mismo, y remueve porque es el mismo camino que todos transitamos. No voy a negar que, por momentos, la lectura me ha llegado a resultar desagradable.

Hoy, Knausgård es comparado con los más grandes, empieza incluso a aparecer en las quinielas del Nobel, la crítica mayor y menor le adoran, y hace intensas giras promocionales. Me sorprende y no me sorprende, puesto que es cierto que el mundo editorial se mueve también con las modas y está ávido de fenómenos así. Lo cual no oculta el hecho de que se presenta ante nosotros una obra maestra, colosal, atrevida y desgarradora.

Me despido con la frase que el autor noruego soltó en una de sus entrevistas: “La literatura es lo que las palabras despiertan en el lector”. En ese sentido, y en muchos otros, La muerte del padre es casi insuperable.


Ernesto DiéguezAcerca del autor: Ernesto Diéguez

Escritor. Doctor. CM. Fotógrafo. Cocinero. Hago de todo, tratando siempre de hacerlo especial. Blog: Aullando 

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El mar, de John Balville

Reconozco que empecé El mar, del irlandés John Balville, porque era un libro cortito. Es cierto que ya me sonaba su nombre, pero permanecía en el enorme montón de autores de obligada lectura que todo lector acérrimo posee sobre una mesita de noche muchas veces metafórica. Salir de este montón es pura arbitrariedad, y en este caso, la corta extensión de El mar la favoreció, pues no soporto leer libros largos en formato electrónico, el formato de los emigrados.

El mar, de John Balville

Y El mar resultó ser una agradable sorpresa y una gran novela, que a pesar de sus 224 páginas, no se lee rápido. Relata algo tan cotidiano como el doloroso enfrentamiento de un viudo reciente con la memoria de su propia vida, y en el pueblo en donde veraneaba cuando era un adolescente. El discurso, en forma de largo soliloquio lánguido de diálogos, es un amargo discurrir del protagonista por sus memorias más recientes (la enfermedad y muerte de su pareja) y más antiguas (un verano especialmente trascendente de su adolescencia), huyendo de tópicos y de sentimentalismos baratos, y por tanto, de lo fácil. La órbita de la novela rodea un sol que es la búsqueda de la identidad a través de la naturaleza plástica de la memoria. Y a ese protagonista, Max Morden, Balville lo dibuja/construye de forma casi artesanal, haciéndole formar parte de esa raza de protagonistas usados por sus autores para, en el proceso de contar su historia, comprender lo que la historia en sí misma significa. Un ser perdido que busca algo que ha perdido y que probablemente ya no pueda recuperar, que intenta empaparse de esos lugares que en su niñez y adolescencia significaron algo pero ahora, tras el paso de las décadas, solamente le regalan un poso amargo y melancólico: paisajes veraniegos a destiempo en una localidad costera, pensiones ancladas en el pasado y con la pátina de lo antiguo sobre el mobiliario y las personas, el fondo ubicuo de una botella de licor. La contraposición de memorias dibuja un paisaje emocional opresivo y doloroso: el verano eterno de nuestros años de juventud vs el otoño melancólico de la vida adulta; la dulzura confusa de los primeros besos vs la amargura de los besos perdidos; la compañía vs la soledad. Max Morden convertido en un merodeador.

Banville nos conduce por esta historia de orden interno particular mediante frases sinuosas, fabulosamente nostálgicas, poco autocomplacientes y de tendencia abstracta. Funciona más a través de las imágenes que de las metáforas, echando mano de lo atávico que permanece en el fondo de nuestro cerebro: aromas, sabores, sonidos. Un ritmo pausado que hace que las páginas transcurran con la lentitud de un río en su estuario, como en un largo crepúsculo y metiéndonos por el pecho las emociones que destrozan a su protagonista: pena, rebeldía, ofuscación, arrepentimiento, inevitabilidad. Por momentos, la habilidad técnica de Banville me ha recordado a la de otros novelistas sublimes, como el Cormac McCarthy de Meridiano de sangre, aunque aquí el autor irlandés utiliza su virtuosismo para alejarse de la fantasía e instalarse en la introspección más honda.

Es, pues, una novela bella, dura y absolutamente recomendable.


Ernesto DiéguezAcerca del autor: Ernesto Diéguez

Escritor. Doctor. CM. Fotógrafo. Cocinero. Hago de todo, tratando siempre de hacerlo especial. Blog: Aullando 

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