La revolución de la honradez

Parece que el siglo XXI no será el de otro socialismo trasnochado, como pretendían algunos descerebrados empedernidos, sino el de la honradez, compañera imprescindible de la democracia liberal.

Me explico.

Odebrecht es el nombre de la mayor compañía de construcción de América Latina y una de las más eficientes. Lo novedoso no es que pagara sobornos millonarios en toda América, una práctica endémica en nuestra cultura, sino que ese delito se convirtiera en un escándalo internacional y llevara a la cárcel a decenas de funcionarios corruptos y a los directivos que aportaban las coimas. Eso es rarísimo.

Lo extraño es que el ingeniero Marcelo Odebrecht, heredero y cabeza de una empresa brasileña con 167 000 trabajadores, que opera en 60 países, acabara tras la reja condenado a 19 años de cárcel por haber hecho negocios fraudulentos, muchos de ellos vinculados a las trampas cometidas en la asignación de los contratos de Petrobrás, el gigante petrolero de su país.

Odebrecht repartió dineroprofusamente “bajo la mesa”. En su país, en época de Lula da Siva y Dilma Rousseff, 349 millones. En la Venezuela de Chávez, 98. En la Argentina de los Kirchner, 35. En el Ecuador de Rafael Correa, 33 (más que los “socialistas del siglo XXI” son los peores pillos del siglo XXI). En Panamá, 59. En República Dominicana, 92, en Perú, 29. En Guatemala, 18. En Colombia 11 y en México algo más de 10.

El total es de casi 800 millones de dólares entregados en sobornos a cambio de miles de millones de dólares adjudicados a la compañía por medio de contratos amañados. Coimas por las que la empresa ha aceptado pagar una multa en Estados Unidos de 3.500 millones, de los cuales casi un tercio corresponden a Braskem S.A., una enorme filial de Odebrecht dedicada a la petroquímica.

¿Por qué Marcelo Odebrecht y otros ejecutivos revelaron sus delitos? Porque hace unos años se aprobó una ley en Brasil que rebajaba las penas de los condenados si colaboraban con la justicia. No fue un súbito ataque de mala (o buena) conciencia, sino una maniobra legal para salir del infierno de las cárceles brasileñas.

De alguna manera, esta violenta sacudida ha venido en auxilio de la vapuleada democracia liberal. La idea de que todos somos iguales ante las leyes presupone que todos estamos obligados a cumplirlas, y no hay duda de que en las tres cuartas partes del planeta, incluida casi toda América Latina, ese principio no se respeta.

La impunidad con que los políticos electos o los funcionarios de más alto rango violan la ley y se convierten en millonarios, tiene al menos dos efectos devastadores en la ciudadanía. Por una punta, genera una atmósfera de cinismo total ante un método de gobierno que postula la sujeción a la ley, pero los políticos y funcionarios que lo administran practican lo contrario. Y por la otra, provoca la imitación en cascada de la corrupción. “¿Si mi jefe se enriquece ilegalmente con estos negocietes por qué yo no voy a hacer lo mismo?”.

Muchos funcionarios menores, tras las huellas del mal ejemplo de sus superiores, venden los trámites a su cargo: los burócratas cobran por gestionar asuntos que deberían ser gratis, o por agilizar pagos legítimos; los policías negocian las multas, revenden la cocaína confiscada o se colocan discretamente en las nóminas de las mafias, y así hasta el infinito.

¿Cómo extrañarse de que la mitad de la policía mexicana –250.000 personas– fuera corrupta cuando la casi totalidad de la jerarquía política de ese país incurría en hechos parecidos, pero mucho más costosos, que afectaban a una sociedad desmoralizada que acaba pechando con el sobreprecio?

Hace años, el hermano de un notable político español acusado de un delito de tráfico de influencias se hizo famoso con una frase reveladora que obtuvo la benévola comprensión de la sociedad: “Qué pasa, ¿es que siempre van a robar los mismos?”, dijo. El problema más grave de que roben algunos impunemente es que acaba robando todo el que puede.

Uno de los mejores pensadores norteamericanos contemporáneos, Douglass North, muerto en el 2015, Premio Nobel de Economía (1983) por haber demostrado la relación entre el funcionamiento de las instituciones de Derecho y la prosperidad, en uno de sus últimos ensayos explicó que las naciones podían dividirse en dos grupos, uno de “acceso abierto”, relativamente pequeño, y el otro, mucho mayor, de “acceso limitado”.

Las de acceso abierto, encabezadas por Estados Unidos y seguidas paulatinamente por las 25 más exitosas, fundamentaban su funcionamiento y el éxito de los individuos en la meritocracia, el mercado y la sujeción a la ley. Las de acceso limitado, en los contactos personales y la violación de las reglas. De ahí las diferencias en los resultados entre unas y otras.

En las de acceso abierto, a la mayor parte de las personas no les molesta que Bill Gates o Warren Buffett se hayan hecho inmensamente ricos operando dentro de las normas, pero no toleran que un sujeto se beneficie de las ventajas del sistema y se enriquezca haciendo trampas. Esto no quiere decir que no haya bribones, sino que se les combate y desprecia.

En las de acceso limitado “quien tiene padrinos se bautiza”. En ellas se comete todo género de tropelías e inmundicias en medio de sociedades encharcadas en la corrupción y anestesiadas por la impunidad con que operan los “triunfadores” elegidos por el poder político, perpetuando el círculo vicioso de empresarios que se enriquecen comprando políticos y viceversa.

Esto es lo que está cambiando ante nuestros ojos. Muchas sociedades están mudando la piel y en medio de grandes escándalos pasan a trompicones del acceso limitado al abierto, espoleadas por jueces probos dispuestos a limpiar la sentina, caiga quien caiga.

La gran revolución del siglo XXI es la de la honradez. Poco a poco el relato y la práctica se irán acercando. Tomará cierto tiempo, pero sucederá. Ya está ocurriendo.

carlos-alberto-montanerAcerca del autor: Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner, cubano de nacimiento y madrileño desde 1970, ha sido profesor universitario en diversas instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es escritor, periodista, y también en la actualidad es el Presidente de Honor de la Fundación para el Avance de la Libertad. Varias decenas de diarios de América Latina, España y Estados Unidos recogen desde hace más de treinta años su columna semanal.

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La Segunda Guerra Fría

Hace exactamente un cuarto de siglo desapareció la Unión Soviética. La hecatombe ocurrió el 25 de diciembre de 1991. Fue la consecuencia directa del previo y fallido golpe de agosto de ese año. Vladimir Putin cree que se trata de la peor desgracia que le ha sucedido a su país, pero entonces la mayor parte de los rusos lo percibió como algo conveniente.

Lo recuerdo nítidamente. Por aquellas fechas yo visitaba Moscú con cierta frecuencia para participar en actos académicos encaminados a discutir la conveniencia de terminar con el costoso subsidio al belicoso satélite cubano.

Entonces me intrigó considerablemente escuchar varias veces una consigna nacionalista que acabó por convertirse en una realidad política: “tenemos que liberar a Rusia del peso de la Unión Soviética”.

La URSS había nacido en 1922 estimulada por Lenin en medio de un ilusionado  Congreso Panruso de los Soviets, quien agregó las ideas marxistas al espasmo imperialista que en pocos siglos había convertido al pequeño principado de Moscú, entonces animado por la superstición de ser la “Tercera Roma”, la heredera del cristianismo de Bizancio, en la nación más grande de la Tierra: grosso modo, el doble del tamaño de Estados Unidos o la China actual.

Para Lenin y sus comunistas, la URSS no pretendía abandonar el impulso imperial ruso, del que estaban secretamente orgullosos, sino reenfocarlo en un nuevo proyecto ideológico de conquista planetaria basado en la disparatada ideología de Karl Marx, un filósofo alemán que vivió una buena parte de su existencia en Londres, ciudad en la que murió en 1883.

Naturalmente, la nueva estructura creada –Rusia más Georgia, Armenia, Azerbaiyán, Ucrania, Bielorrusia, a las que luego se unirían Uzbekistán, Turkmenistán y Tayikistán— servía para ese propósito y para otro de carácter defensivo: la URSS protegería las conquistas comunistas rusas y sería otro obstáculo para impedir la reacción hostil de las naciones enemigas al sangriento experimento revolucionario surgido en 1917.

Para esos fines, Lenin, y luego Stalin (tras la muerte de Lenin en 1924), ayudaron a la creación de una federación de partidos comunistas en todo el mundo que tenían, como primer objetivo, proteger a Moscú, la madre-patria del comunismo, aun cuando los intereses nacionales estuvieran en conflicto con los de la lejana Rusia. Más que hacer una revolución calcada de la bolchevique, la gran tarea de los partidos comunistas locales era ésa: servir al hermano mayor ruso.

Así las cosas, los partidos comunistas nacionales, escudos de Moscú, se dieron a la tarea de perseguir trotskistas y de exterminar a quienes discrepaban de las directrices del Comitern, como se le llamó a la Tercera Internacional, la estructura también creada y financiada por los comunistas rusos para su propio beneficio, como habían hecho con la URSS.

Esto se vio muy claramente en España, durante la Guerra Civil (1936-1939), y aún antes, cuando el líder comunista cubano Julio Antonio Mella, entonces disidente de la línea oficial, fue asesinado en las calles de México en 1929, preludio a lo que luego le sucedería al propio Trotski en 1940, liquidado por Ramón Mercader, un español al servicio de Stalin, hijo de una fanática comunista cubana.

Un cuarto de siglo después de desaparecida la URSS, Vladimir Putin amenaza con el rearme nuclear de Rusia para burlar el escudo de misiles protectores con que Estados Unidos dota sus propias defensas y las de Occidente. Más que el excomunista nostálgico, habló el ruso convencido del destino hegemónico de su patria.

Según el exagente del KGB, líder político de su país, Estados Unidos y la Unión Europea no podrían impedir la destrucción total de sus barreras defensivas (y de sus naciones) del ataque de lo que llama la tríada: el efecto de la cohetería nuclear de tierra, la acción de los submarinos dotados de armas atómicas y las bombas arrojadas desde los aviones.

Curiosamente, la bravuconada de Putin tendrá un efecto estratégico positivo en Occidente. Donald Trump, en primer término, advertirá que Vladimir Putin no es su amigo, en la medida de que repite los viejos hábitos imperiales rusos. Asimismo, se dará cuenta de que la OTAN continúa siendo el mejor instrumento para evitar que el planeta sea incinerado por Moscú y renunciará a debilitarla o demolerla.

Evidentemente, entramos en la Segunda Guerra Fría.

carlos-alberto-montanerAcerca del autor: Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner, cubano de nacimiento y madrileño desde 1970, ha sido profesor universitario en diversas instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es escritor, periodista, y también en la actualidad es el Presidente de Honor de la Fundación para el Avance de la Libertad. Varias decenas de diarios de América Latina, España y Estados Unidos recogen desde hace más de treinta años su columna semanal.

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La disyuntiva de Raúl Castro

Raúl Castro se quedó solo. Se le fue su mentor, su figura paterna, el hombre que le moldeó la vida y lo llevó a tiros, literalmente, desde la insignificancia hasta la cabecera del país, pero lo hizo bruscamente, haciéndole ver, a trechos, que lo despreciaba por sus limitaciones intelectuales. Eso nunca dejó de dolerle.

Desde hace muchos años Raúl sabía que Fidel era el problema esencial de la revolución –su arbitrario voluntarismo, sus tercas necedades, sus improvisaciones, su odiada manera de perder el tiempo en conversaciones y peroratas interminables–, pero también sabía que sin él no habría habido revolución. Lo admiraba, por una parte, y por la otra lo rechazaba. Había algo monstruoso y fascinante en una persona que hablaba ocho horas consecutivas sin hacerle la menor concesión a la vejiga propia o a la del indefenso interlocutor.

No obstante, la vida le había enseñado a Raúl que existía un problema aún de mayor calado: el marxismo-leninismo, en el que creyó a pie juntillas en su juventud, y por el que mató sin limitaciones, era un planteamiento equivocado que conducía al empobrecimiento progresivo.

Si Fidel hubiera sido diferente, o si las relaciones con Washington hubiesen sido mucho mejores, nada esencial habría cambiado. La improductividad del sistema no dependía de los errores o del carácter del líder, ni del embargo económico, sino de la inadaptación del sistema a la naturaleza humana. Siempre fracasa.

Lo mismo había ocurrido en la URSS, en Alemania oriental, en Checoslovaquia, en Polonia. Daba igual que los sujetos fueran eslavos, germánicos o latinos. Rumania tenía “trato de nación más favorecida” por Estados Unidos.

No importaba que el comunismo se ensayara en sociedades de raíces cristianas, islámicas o confucianas: fallaba inevitablemente. Tampoco dependía de la calidad o de la formación de los líderes. Los había de diferentes plumajes: abogados, sindicalistas, profesores, maestros, incluso obreros encumbrados. Ninguno servía.

A Raúl le era sencillo, además, confirmar que la economía de mercado, con su modo simple de premiar a los emprendedores y castigar a los abúlicos daba grandes aunque desiguales frutos. Su propio padre, el gallego Ángel Castro Argiz, era un vivo ejemplo: llegó a la república  cubana sin un centavo, muy joven, incluso sin estudios, pero cuando murió en 1956 dejó una fortuna de ocho millones de dólares y un negocio agrícola organizado en el que trabajaban decenas de personas. Dejó una familia rica educada en buenos colegios católicos.

El asunto que se le plantea a Raúl es cómo desmontar el disparate generado por su hermano y por él mismo hace casi sesenta años sin que lo sepulten los escombros del sistema inservible. A estas alturas, sabe que sus “lineamientos”, que es como les llaman en Cuba a sus reformas tímidas, a veces pueriles, son unos parches mal colocados en un insalvable sistema socialista agravado por la gerencia militar en todas las actividades económicas importantes del país, pero ha dicho, una y otra vez, que no sustituyó a su hermano para enterrar el socialismo, sino para salvarlo.

Supongo que ya sabe que el comunismo no tiene salvación. Hay que enterrarlo. Fue lo que descubrió Mijail Gorbachov cuando se empeñó en rescatarlo desplegando sus reformas drásticas –la Perestroika–, dotándola de una atmósfera transparente de discusión sin miedo –la Glasnost–, convencido de que podía ser el mejor sistema productivo creado por los seres humanos.

En pocos años su operación de salvación hundió el comunismo, pero no por la torpeza de los gestores, sino por la insolvencia del sistema y por la mala formulación teórica del marxismo-leninismo. La planificación centralizada era un disparate. La condena de los mecanismos de producción en manos privadas era contraproducente. Los comités de asignación de precios no tenían la menor relación ni con las necesidades de las gentes ni con la realidad. La presencia constante de la policía política destruía la convivencia y generaba todo tipo de malestares psicológicos.

Cuando Raúl Castro leyó Perestroika, el libro de Gorbachov, se entusiasmó tanto que ordenó una edición privada para sus oficiales. Fidel se enteró, lo regañó de forma humillante y mandó recoger los ejemplares. A Fidel no le interesaba el bienestar material del pueblo sino la permanencia en el poder. El gorbachevismo –dijo—conduciría a la desaparición del comunismo.

Tuvo razón, pero a medias. Raúl está ante la misma disyuntiva que enfrentó Gorbachov, pero con el agravante de que hoy casi nadie, menos los idiotas profundos, piensa que el comunismo es rescatable. Al menos, ninguno de los pueblos que ha conseguido abandonarlo ha reincidido. Aprendieron su amarga lección. Por ahora, los síntomas son de que Raúl mantendrá el mismo rumbo estalinista trazado por su hermano, pero hay una diferencia: Fidel ya no está vivo. Lo enterró en un enorme pedrusco en el cementerio de Santa Ifigenia. Si no rectifica es un cobarde.

carlos-alberto-montanerAcerca del autor: Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner, cubano de nacimiento y madrileño desde 1970, ha sido profesor universitario en diversas instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es escritor, periodista, y también en la actualidad es el Presidente de Honor de la Fundación para el Avance de la Libertad. Varias decenas de diarios de América Latina, España y Estados Unidos recogen desde hace más de treinta años su columna semanal.

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Hillary, Trump y dónde está la fortaleza norteamericana

Faltan pocas horas para las elecciones norteamericanas. Trump podría ganar. En la medida que llega el fin de la campaña los dos candidatos se acercan notablemente. Por eso aseguraba el periodista Andrés Oppenheimer que en esta oportunidad, cuando se vota apasionadamente a favor o en contra, con el corazón o con el hígado, el voto hispano puede ser decisivo para derrotar a Trump. Muchos de los electores hispanos no sienten una simpatía especial por Hillary, pero sí detestan profundamente a Trump.

Dos de los Estados indecisos con mayor peso son Florida y Pennsylvania. Si Trump los pierde está liquidado. En Florida se calcula que el 70% de los hispanos prefiere a Hillary, pero ese porcentaje se eleva al 81% cuando se trata de los puertorriqueños. Tradicionalmente, la mayor parte de los populares y de los estadistas –los dos grandes sectores ideológicos de la Isla—prefieren al Partido Demócrata. La estrategia de Clinton es cultivar intensamente la lealtad política de ese grupo étnico.

En Pennsylvania, en el 2012, Obama ganó por el 5% de los votos. Luego se supo que los hispanos alcanzaron el 6% de los sufragios y el 80% votó por él. Hillary Clinton espera lograr los mismos resultados. La maquinaria tratará de incitarlos a acudir a las urnas, junto a las mujeres, los negros, la comunidad LGBT, los judíos, los universitarios, y todos aquellos grupos de electores que las encuestas señalan como mayoritariamente proclives a la candidata.

Por eso es tan difícil que Donald Trump gane la partida. Lo que en Estados Unidos llaman blancos no-especialmente-instruidos, los blue collars, los rednecks, los fanáticos religiosos del Bible Belt, los sindicalistas, los racistas de todo pelaje que acampan en el bando de Trump, son muchos, tal vez demasiados, pero probablemente no suficientes para eclipsar a una candidata que trata de representar a la compleja realidad social norteamericana de hoy.

¿Qué pasaría si gana Hillary Clinton? Probablemente su gobierno se parecería al de su marido, pero como llegaría a la Casa Blanca condicionada por el apoyo de Bernie Sanders, y porque sus electores se lo demandarían, aumentaría el gasto público y sería menos responsable en materia fiscal de lo que fue Bill Clinton, un demócrata que redujo sustancialmente las erogaciones del welfare y logró el extraño milagro de tener varios años con superávit en las cuentas de la nación.

¿Y qué ocurriría si es Donald Trump quien triunfa? A mi juicio, el mayor daño lo veríamos en las relaciones internacionales. ¿Por qué? Por sus declaraciones contra los mexicanos y sus extrañas simpatías por Vladimir Putin. Por su rudimentaria forma de entender qué es ganar o perder en las transacciones entre empresas y países, propia de una mentalidad mercantilista premoderna. Por su incomprensión de lo que ha sido el rol de Estados Unidos tras el fin de la Segunda Guerra mundial. Porque lo veríamos destruir la extraordinaria labor que comenzó a hacer Franklin D. Roosevelt en Bretton Woods en 1944, y Harry Truman un año más tarde, cuando le tocó presidir el país y creó la OTAN, el mejor instrumento para preservar la paz en Europa y en el mundo.

Trump puede ser el clásico elefante en una cristalería. Hay algo escalofriante en una persona que cree que va restaurar la grandeza norteamericana, sin advertir que su país nunca ha sido más rico, ni más poderoso, ni más útil al resto del mundo, que los Estados Unidos de hoy. Con el 24% del PIB planetario, las universidades más creativas, las empresas más innovadoras, el ejército más fuerte y una población sana y razonablemente joven ¿a qué aspira Donald Trump?

En todo caso, ni una ni otro conseguirán descarrilar a Estados Unidos. La fortaleza norteamericana no descansa en su economía, su creatividad o en el poderío de sus cañones. El secreto está en el funcionamiento de sus instituciones, en la transmisión ordenada de la autoridad y en la voluntaria subordinación del conjunto de la sociedad a the rule of law. Son estos factores intangibles los que sustentan el milagroso experimento surgido en 1776 y los que sujetarán fuertemente a quien ocupe la Casa Blanca. Afortunadamente.

carlos-alberto-montanerAcerca del autor: Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner, cubano de nacimiento y madrileño desde 1970, ha sido profesor universitario en diversas instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es escritor, periodista, y también en la actualidad es el Presidente de Honor de la Fundación para el Avance de la Libertad. Varias decenas de diarios de América Latina, España y Estados Unidos recogen desde hace más de treinta años su columna semanal.

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Nicaragua o el eterno retorno a la barbarie

El 6 de noviembre los nicaragüenses vuelven a las urnas. Probablemente reelijan a Daniel Ortega. Lo apoya una parte sustancial del país. El líder sandinista ha tomado todas las avenidas para que eso suceda. Primero modificó la Constitución para que la reelección inmediata fuera posible. Antes se prohibía.

Para lograrlo, amenazó, compró o acusó ante los tribunales a numerosos opositores. Por último, arrebató y trasladó graciosamente la personería jurídica de los liberales más poderosos –sus mayores adversarios— a un grupo afín carente de atractivo electoral. En el camino dejó sin sus escaños a 28 molestos parlamentarios.

Daniel Ortega no quería correr riesgos. Ninguna táctica era demasiado repugnante para rechazarla. En febrero de 1990, pese a las encuestas, había perdido las elecciones contra Violeta Chamorro, lo que le había costado 17 años en la oposición, aunque dotado de poder real y de una capacidad de intimidación que corría pareja a su notable falta de escrúpulos.

Estaba decidido a no volver a padecer la indignidad de una derrota, ni a someterse a la humillante práctica burguesa de la alternancia en el poder. Esa fue la primera lección que aprendió. Las elecciones se ganan de cualquier manera. A las buenas o a las malas, con trampas si es necesario, pero se ganan.

La segunda lección es que la forma de organizar la economía que había conocido en Cuba durante su elemental formación marxista-leninista, inevitablemente conducía a la indigencia. Es demasiado estúpida e improductiva. Tras una década del primer sandinismo –los años ochenta—Nicaragua era un minucioso desastre.

Es verdad que debió enfrentarse a una guerra civil, pero la clave del fracaso, de la escasez inmensa, y de la hiperinflación estaba en el colectivismo. Habían tomado el aparato productivo, lo destruyeron, y desbandaron o exiliaron a los empresarios. Esa imbecilidad es muy costosa.

El Daniel Ortega bis no cometió el mismo error. En su segunda etapa, como la familia Somoza, ha gobernado con los empresarios. Muchos lo adoran, otros lo aceptan, y muy pocos lo rechazan. Están ganando plata y hay inversiones extranjeras, además del maná petrolero que fluye de Venezuela (a punto de acabarse).

El mismo Ortega ha amasado una buena fortuna personal. Numerosos sandinistas comenzaron a hacerlo tras la piñata de 1990. Se le llama piñata al periodo de robo desenfrenado que practicaron en Nicaragua entre el 25 de febrero de 1990, cuando perdieron las elecciones, y el 25 de abril, cuando entregaron el gobierno.

Los sandinistas se apoderaron de tierras, fábricas y mansiones. Luego, los gobiernos de la democracia –Violeta Chamorro, Arnoldo Alemán, Enrique Bolaños—tuvieron que desembolsar más de 1300 millones de dólares a los legítimos propietarios para compensarlos en alguna medida. Todavía quedan cientos de millones de deuda nacional por este concepto.

La tercera lección es que con los gringos no vale la pena meterse. Se conforman con poco: control del narcotráfico, de la delincuencia, de la emigración ilegal, y que no perjudiquen innecesariamente a los inversionistas y empresarios dotados de pasaporte norteamericano. A Washington ni siquiera le molesta la retórica antiyanqui inspirada por el chavismo.

La embajada estadounidense de vez en cuando habla de los Derechos Humanos y de la necesidad de guardar las formas democráticas, pero a sabiendas de que es un ejercicio retórico vacío, como cuando Daniel Ortega se larga un discurso antiimperialista. Son fanfarronadas para entretener a la galería.

La cuarta lección es que el clientelismo populista es mucho más eficaz que la represión para mantener contento a ese 70% de nicas pobres y extremadamente miserables que hay en el país. Es mejor mandarles una pareja de chanchos a los campesinos, o un saco de semillas, o unas planchas de aluminio para los techos, que controlarlos a palo y tentetieso. El clientelismo populista no saca de la miseria a las multitudes, pero las mantiene contentas.

¿Qué es lo que Ortega ignora? Algo bien sencillo: las naciones abandonan el subdesarrollo de una manera permanente cuando sus ciudadanos son libres, los individuos detentan realmente la soberanía, los gobiernos se les subordinan, las instituciones de derecho consiguen un alto grado de gobernabilidad, y transmiten la autoridad de una manera justa y organizada mediante elecciones libres. Nada de esto sucede en Nicaragua.

¿Por qué cree Daniel Ortega que Nicaragua es el país más pobre de Hispanoamérica? En los setenta Nicaragua crecía al 7 u 8% anual, pero los Somoza manejaban al país como una finca, fueron derrocados, y con ellos la sociedad se precipitó en la etapa sandinista. Todavía no han recuperado los índices de desarrollo de 1979.

¿Qué va a pasar cuando Ortega bis, o sus sucesores, probablemente a tiros, pierdan el poder? Otra vez la nación retrocederá peligrosamente. Es una pesadilla circular. Una variante del eterno retorno a la barbarie.

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Carlos Alberto Montaner, cubano de nacimiento y madrileño desde 1970, ha sido profesor universitario en diversas instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es escritor, periodista, y también en la actualidad es el Presidente de Honor de la Fundación para el Avance de la Libertad. Varias decenas de diarios de América Latina, España y Estados Unidos recogen desde hace más de treinta años su columna semanal.

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A Trump lo derrota su propio carácter

La noche posterior al tercer debate presidencial, Hillary Clinton y Donald Trump participaron en una cena de gala dedicada a recoger fondos para fines caritativos organizados por la Iglesia Católica. Se sentaron muy próximos, sólo separados por el arzobispo de New York.

Trump aprovechó la oportunidad para continuar atacando a Clinton. La audiencia lo abucheó. Eso no se hace. Nunca había ocurrido nada semejante. La tradición era que los candidatos utilizaran el humor, se rieran de ellos mismos y mostraran un rostro humano, es decir, frágil, contradictorio. Hay que cuidarse de las personas que no saben burlarse de sí mismas. Como Stalin, como Fidel Castro, como Mao.

Eso hubiera estado muy bien. Riendo se entiende la gente. Aunque en la historia política norteamericana no han faltado riñas, y hasta duelos a muerte (cuando tal cosa era lícita), la tónica general ha sido el trato respetuoso. Uno no tiene que amar a su adversario, pero sí debe tratarlo con cortesía. Es posible que algunos califiquen esa actitud de hipocresía, pero se equivocan.

Dos de los grandes presidentes republicanos, Abraham Lincoln y Ronald Reagan fueron famosos por su sentido del humor. Reagan no lo perdió ni cuando supo que padecía Alzheimer. Cuentan que se quedó callado, como asimilando el diagnóstico, sonrió y dijo: “bueno, no es tan mala la noticia. Conoces gente nueva todos los días”.

Hace muchos años me lo explicó Adolfo Suárez, primer presidente de gobierno durante la transición española: uno de los secretos de su éxito era la “cordialidad cívica”. Fue así como logró sentar en la mesa a los comunistas y a los franquistas, a los republicanos y a los monárquicos, a los socialistas y a los liberales. “Los ataques personales les cierran la puerta a los compromisos y una buena parte de la política es hacer o solicitar concesiones”.

En política las formas son tan importantes como el fondo. Acaso eso explica el creciente rechazo al candidato republicano. Tras afirmar en ese tercer debate que no había nadie más respetuoso con las mujeres que él mismo, le llamó a Hillary Clinton “nasty lady”, algo así como “señora asquerosa” en español. Volvió a repetir la expresión en la cena de marras. Previamente la había amenazado con encarcelarla si llegaba a la presidencia.

Lo que ha descarrilado la candidatura de Trump son las formas: sus insultos, sus exabruptos, su gesticulación intimidatoria, siempre a punto de propinarte una bofetada. Tras el tercer debate, CNN hizo la clásica encuesta sobre ganador o perdedor y el 52% le otorgó el triunfo a Hillary, mientras sólo el 39 opinó que Trump había sido el mejor. Trece puntos de diferencia.

Sin embargo, cuando se contrastaban las opiniones de ambos en la mayor parte de los temas (“quién ha estado mejor en economía, inmigración, salud, etc.”) los dos contendientes estaban muy próximos. A veces ganaba Hillary y otras Trump. Incluso, él obtuvo un punto más en materia de sinceridad.

¿Por qué, no obstante, la visión general resultaba más favorable a Hillary? Evidentemente, por las formas. Ella parecía más presidenciable, más fiable, más educada. Mucho más prudente, que es una de las mayores virtudes que puede tener una persona con mando, especialmente si está a su alcance la destrucción del planeta.

Casi nadie ponía en duda que había mentido innumerables veces, o que hubiera borrado miles de emails, pero sus formas eran correctas, y consiguió convencer a los espectadores de que era un peligro depositar en manos tan irascibles como las de Trump la posibilidad de desatar una guerra nuclear. No en balde 50 estrategas republicanos y otros tantos ex congresistas habían declarado que Trump no era apto para ejercer la presidencia de Estados Unidos.

Tras estas elecciones, que está a punto de perder, aunque las hubiera ganado con casi cualquier otro candidato, el Partido Republicano tiene una tarea muy urgente que realizar. Antes que buscar a un nuevo líder tiene que recuperar el sentido del humor. Sin cordialidad cívica es muy difícil vivir en democracia.

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Carlos Alberto Montaner, cubano de nacimiento y madrileño desde 1970, ha sido profesor universitario en diversas instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es escritor, periodista, y también en la actualidad es el Presidente de Honor de la Fundación para el Avance de la Libertad. Varias decenas de diarios de América Latina, España y Estados Unidos recogen desde hace más de treinta años su columna semanal.

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La corrupción y la historia

Los brasileños Lula da Silva y Dilma Rousseff pueden acabar en la cárcel por corrupción. Especialmente Lula. También el español Mariano Rajoy y la argentina Cristina Fernández de Kirchner si les prueban las acusaciones que penden sobre sus cabezas.

¿Para qué seguir? En este momento hay más de 30 jefes o ex jefes de Estado europeos y latinoamericanos presos, expatriados, o sospechosos de peculado, malversación, lavado de activos y otras formas más brutales de apoderarse de los recursos de la sociedad para beneficio personal o para fomentar la clientela política. Ni siquiera cuento a los africanos y a muchos asiáticos porque la lista sería interminable.

El esquema usual consiste en un triángulo delictivo. Hay unos políticos o funcionarios que tienen la autoridad de otorgar jugosos contratos del Estado y hay unos empresarios capaces de ejecutar esos proyectos, pero no de ganarlos en licitaciones abiertas, limpias y realmente competitivas, sino por medio de trucos y componendas. Entre ellos suele actuar un bagman que negocia con los empresarios a nombre de los políticos, recibe el dinero de la coima, lo reparte y se queda con una tajada.

Los bienes y servicios así facturados suelen tener un sobreprecio que oscila entre un 3 y un 30% que acaban pagando las sociedades mediante sus impuestos. No hay almuerzo ni robo gratis. La tendencia es que con cada gobierno sea mayor el porcentaje de la corrupción y sean más las personas involucradas en el saqueo. La corrupción, como las infecciones, se agrava y propaga progresivamente por el cuerpo social.

Ese encarecimiento, no obstante, no es lo más costoso. Lo peor es la creciente pudrición del Estado de Derecho. Si los políticos lo hacen, ¿por qué no los policías, los militares y cualquier funcionario en el ámbito de su desempeño profesional? Todo acaba por tener su precio: desde la simple obtención de un certificado hasta el permiso para construir una fábrica que beneficiará al conjunto de la sociedad.

Nada de esto es nuevo. El Nobel de Economía Douglass North les llama “sociedades de acceso limitado”. Así ha sido siempre y así sucede en las tres cuartas partes del planeta. Lo realmente extraño y novedoso es la pulcritud en los manejos del dinero público. Durante milenios, desde el comienzo de los Estados, ha existido el contubernio entre los productores de recursos y la clase dirigente que administra la cosa pública. Unos y otros se necesitan y retroalimentan.

En las sociedades de acceso limitado ni siquiera existía la conciencia del delito. Formar parte de la aristocracia significaba no pagar impuestos y se premiaban las acciones en beneficio de la Corona con privilegios especiales. A Hernán Cortés, antes de privarlo de casi todo, le retribuyeron sus servicios de conquistar México con un título nobiliario y ciertos impuestos de 20 000 indios. Lo natural era la asignación de tratos preferentes.

Eso comenzó a cambiar en 1776 cuando los norteamericanos se separaron de Inglaterra, rompieron con el monarca Jorge III,  declararon que todos los hombres eran iguales ante la ley, abolieron los privilegios y proclamaron la República. Sin darse cuenta, al cancelar los abolengos habían creado la primera “sociedad de acceso abierto” fundada en el mercado y la meritocracia.

Es verdad que las mujeres y los negros quedaban fuera de la ecuación, algo que a trancas y barrancas  se corregiría posteriormente, pero se modificó sustancialmente la relación entre la sociedad y el Estado. Las personas se habían transformado en ciudadanos dueños de la soberanía, legitimados porque eran los taxpayers, mientras los políticos y funcionarios se convirtieron en humildes servidores públicos que recibían sus salarios del pueblo. El dinero era el gran factor de legitimación y había que manejarlo escrupulosamente.

A partir de ese ejemplo otras sociedades fueron copiando la estructura política estadounidense, pero no todas entendieron que el éxito no radicaba en inspirarse mecánicamente en la Constitución de 1787 forjada en Filadelfia, sino en suscribir los principios éticos que animaron la primera República moderna.

Hoy existen unas 25 o 30 naciones –las sospechosas habituales de siempre, encabezadas por las escandinavas— que han internalizado los principios morales de las sociedades de “acceso abierto” y ajustan su comportamiento a las normas legales establecidas en los códigos. Es un proceso lento que, con el tiempo, abarcará a todo el planeta.

La clave está en el Poder Judicial. El juez federal brasileño Sergio Moro tiene contra las cuerdas a los políticos y empresarios de su país, más o menos como el juez italiano Antonio di Pietro en la década de los noventa del siglo XX desató la operación “Manos Limpias” y 1233 políticos, empresarios y funcionarios corruptos acabaron tras las rejas, desplomándose de paso toda la estructura política posterior a la II Guerra mundial.

Poco a poco, en el resto del mundo sucederá lo mismo.

carlos-alberto-montanerAcerca del autor: Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner, cubano de nacimiento y madrileño desde 1970, ha sido profesor universitario en diversas instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es escritor, periodista, y también en la actualidad es el Presidente de Honor de la Fundación para el Avance de la Libertad. Varias decenas de diarios de América Latina, España y Estados Unidos recogen desde hace más de treinta años su columna semanal.

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“Los americanos” son tanta gente que no existen

Ocho años no han sido suficientes. Pronto el presidente Barack Obama habrá abandonado la Casa Blanca sin poder devolverle la Base de Guantánamo al régimen de los Castro, como era su propósito. Tampoco conseguirá el levantamiento del embargo. Gane Hillary Clinton o gane Donald Trump, el Congreso, casi con toda seguridad, seguirá siendo republicano.

Al presidente de Estados Unidos le es más fácil destruir el mundo que cambiarlo. La autoridad le alcanza para activar las claves nucleares y disparar una lluvia de cohetes atómicos que devastaría el planeta, pero no puede trasladar a su país a un centenar de personas acusadas de terrorismo, enrejadas en una base naval en el Caribe sin haber sido formalmente juzgadas por tribunales competentes.

Los padres fundadores, buenos discípulos de Montesquieu –James Madison solía repetir párrafos de Del espíritu de las leyes—se empeñaron en limitar deliberadamente la autoridad del “ejecutivo” para evitar que se convirtiera en otro Jorge III, el despótico monarca británico derrotado durante la Guerra de Independencia.

Y lo lograron. Crearon tres poderes separados que consiguieron equilibrarse, a veces hasta la parálisis, de los cuales el menos visible ha resultado el más vigoroso: el judicial. No sólo por la capacidad de acusar, juzgar y condenar a los individuos, sino por la extraordinaria facultad de revisar la legislación emitida por el Congreso y el Senado, o las acciones del Presidente, y declarar si se ajustan o no a la Constitución.

Pero hay más. La Casa Blanca ha generado instituciones que han cobrado vida propia. La Drug Enforcement Administration (DEA) es una de ellas. La creó Richard Nixon en 1973 con un modesto presupuesto de 75 millones para combatir el narcotráfico y los delitos conexos. Hoy dispone de más de cinco mil agentes y de dos mil millones de dólares anuales.

Formalmente depende del Departamento de Estado, pero tiene una función policiaca que se aparta bastante del espíritu diplomático de Foggy Bottom, como le llaman familiarmente a esa Secretaría. La policía tiene el instinto de actuar contra los delincuentes. Los diplomáticos propenden a convivir con ellos, especialmente si son políticos.

A esa diferencia se debe que muy rápidamente la DEA apresara a los sobrinos de Cilia Flores en Haití y los trasladaran esposados hacia Estados Unidos acusados de narcotráfico. Cilia Flores es la esposa de Nicolás Maduro.

La DEA temía que entre los abogados y los diplomáticos conciliadores le echaran a perder la operación, como había sucedido cuando facilitaron que las autoridades de Aruba devolvieran a Venezuela al general Hugo (el Pollo) Carvajal, detenido en esa isla del Caribe en julio del 2014 acusado de ser uno de los directores del Cártel de los Soles. Si la diplomacia norteamericana hubiera actuado velozmente, Carvajal habría sido deportado a Estados Unidos.

Otra fuente de secreta contrariedad para la Casa Blanca y la Secretaría de Estado es la labor de las agencias del Departamento del Tesoro encargadas de ejecutar las sanciones a los países castigados por violar las reglas internacionales contra el terrorismo y el narcotráfico.

La Oficina de Control de Bienes Extranjeros (OFAC), heredera de una institución similar creada para luchar contra los nazis, es la todopoderosa agencia que impone cientos de millones de dólares de castigo a no-tan-venerables bancos suizos por violar la ley del embargo a Cuba, sencillamente porque actúa de acuerdo con la legislación vigente y la anima un espíritu parecido a la DEA.

Además de Cuba, la OFAC se ocupa de verificar la aplicación de las sanciones contra Birmania, Irán, Corea del Norte, Somalia, Sudán, Siria y Rusia tras las invasiones a Ucrania.

Sus funcionarios compilan copiosas listas de empresas supuestamente vinculadas al narcotráfico (la “Lista Clinton”), con la peculiaridad de que las personas y las empresas consignadas no tienen la posibilidad de defenderse o desmentir la acusación, lo que da lugar a que casi todo el mundo, comenzando por los medios de comunicación, den por sentado que es verdad la actividad imputada.

A este panorama se agrega la presencia de organismos internacionales surgidos con la bendición de Washington que acaban por hacer política exterior. La Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) tiene en la cárcel al expresidente Otto Pérez Molina, a su vice Roxana Baldetti y a la mitad de su gobierno acusada de corrupción. Cuando los detuvieron, un funcionario norteamericano me dijo apesadumbrado: “nadie nos creerá, pero Obama nada tiene que ver con eso”.

Yo se lo creo. El general Pérez Molina suponía ser un hombre cercano a “los americanos”. No entendió que “los americanos” son tanta gente que no existen.

carlos-alberto-montanerAcerca del autor: Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner, cubano de nacimiento y madrileño desde 1970, ha sido profesor universitario en diversas instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es escritor, periodista, y también en la actualidad es el Presidente de Honor de la Fundación para el Avance de la Libertad. Varias decenas de diarios de América Latina, España y Estados Unidos recogen desde hace más de treinta años su columna semanal.

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No solo de libertad económica vive el hombre

He recibido el Índice de Libertad Económica publicado por el Fraser Institute (2016). El peor de los 159 países escrutados es Venezuela. Es terrible lo que el chavismo ha hecho con esa pobre sociedad. Ha sacrificado las libertades políticas y las económicas de un país potencialmente riquísimo hasta crear un matadero infecto en el Caribe.

Se sabe que la libertad económica es un componente de la prosperidad. Grosso modo, también se sabe que los países más prósperos son los que pueden exhibir mayor libertad política, aunque a veces esos factores no coinciden.

Basta con revisar varios índices internacionales de desarrollo, además del Fraser, para comprobar que al frente del planeta se encuentran los veinticinco sospechosos habituales de siempre: Suiza, Nueva Zelanda, Noruega, Dinamarca, Suecia, Finlandia, Inglaterra, Francia, Canadá, Estados Unidos, Alemania, Holanda, Austria, Bélgica, Corea del Sur, Japón, Australia, Italia, España, Israel, Irlanda, Islandia, República Checa, Eslovaquia y Eslovenia.

Se trata de múltiples expresiones de la democracia liberal. Algunos países son los pioneros, como Estados Unidos, que en 1776 inventó el modelo sin proponérselo, o Francia, que hizo su primera revolución una generación más tarde, en 1789. Algunos pasaron por una lamentable y sangrienta etapa fascista, como Alemania, Italia, Japón y España. Otros son recién llegados al club, como las naciones excomunistas, víctimas de las supersticiones marxistas-leninistas que dejaron cien millones de muertos en el trayecto.

Se trata de monarquías o repúblicas; son estados presidencialistas o parlamentarios; son naciones viejas o de nueva creación; fueron imperios “explotadores” o colonias “explotadas”. Pero todos estos países hoy son democracias reguladas por leyes escritas, donde la soberanía radica en el conjunto de la sociedad, los gobernantes son reemplazados periódicamente en elecciones plurales, existe una clara separación de poderes, la sociedad realiza sus transacciones económicas en mercados abiertos, y se respetan los derechos humanos, entre ellos los de prensa, asociación y tenencia de propiedad privada.

No obstante, el Índice de Libertad Económica de Fraser lo encabezan dos entidades diminutas y pujantes que no pueden considerarse democracias.

Uno es Hong Kong, el territorio “más libre” del planeta en materia económica. Un mínimo apéndice enquistado en la dictadura china, rezago colonial asiático en donde el Reino Unido jugó al laissez faire, mientras en la propia metrópolis europea, impulsada por las fantasías fabianas, recurría al estatismo y al dirigismo, para descubrir, en 1997, cuando terminaba el periodo colonial y le devolvía el territorio a China, que el PIB per cápita de la colonia era un tercio mayor que el de la patria putativa que se retiraba.

El otro es Singapur, una ciudad-estado-isla, de pocos cientos de kilómetros cuadrados, situada entre Indonesia y Malasia, una mínima protuberancia geológica con himno y bandera, también desovada por el Reino Unido, hoy altamente desarrollada, que comenzó sus reformas en 1961, entonces más pobre que Cuba y hoy infinitamente más rica que la isla caribeña.

Mediante el mercado libre, la honradez y el sentido común de sus gobernantes (que tienen la mano muy dura), Singapur ha logrado alcanzar un PIB de más de ochenta mil dólares anuales (el doble de Gran Bretaña), mientras el gobierno apenas consume el 15% de ese PIB, y la sociedad disfruta de servicios públicos equivalentes a los que reciben los escandinavos, quienes dedican más del 50% del PIB a gastos del sector oficial.

Y entre los veinticinco “más libres” en el terreno económico comparecen también los Emiratos Árabes, Jordania y Catar, tres monarquías islámicas mucho más parecidas a los sultanatos medievales que a las democracias modernas.

Lo que quiero decir es que es posible tener libertad económica sin que ello desemboque en libertad política y respeto por los derechos humanos. Como también la libertad económica no siempre y necesariamente genera prosperidad individual (aunque contribuye muchísimo), a menos de que vaya acompañada por un intenso desarrollo de lo que se llama, desde hace varias décadas, “capital humano” (educación) y “capital social” (hábitos y conductas de los individuos con relación al Estado de Derecho).

Hasta ahora, los mejores vivideros del planeta son aquellos en los que se conjugan las libertades políticas, las económicas, y las ideas correctas sobre el desarrollo y la convivencia. Esto se confirma con el signo de las migraciones. Ese Índice, todavía inédito, se realiza con los pies. Sería interesante juzgar a los países por el número de inmigrantes que recibe o por los que expulsa. Ese es un dato clave para ponderar la calidad de las naciones.

carlos-alberto-montanerAcerca del autor: Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner, cubano de nacimiento y madrileño desde 1970, ha sido profesor universitario en diversas instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es escritor, periodista, y también en la actualidad es el Presidente de Honor de la Fundación para el Avance de la Libertad. Varias decenas de diarios de América Latina, España y Estados Unidos recogen desde hace más de treinta años su columna semanal.

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Trump y sus enemigos republicanos

Una encuesta nacional de CNN coloca a Donald Trump dos puntos por encima de Hillary Clinton: 45 a 43. Dado que el margen de error es de tres puntos, los dos candidatos están prácticamente empatados.

Pero hay otro dato interesante. La mitad de los encuestados percibe a Trump como más honesto y fiable. Sólo el 35% sitúa a Hillary en esa categoría moralmente superior. Hay 15 puntos de diferencia entre ambos en este juicio ético, aunque apenas los separan 2 puntos en la preferencia de esos mismos electores.

Evidentemente, eso quiere decir que a los norteamericanos no les importa demasiado cuál de los dos candidatos creen más deshonesto o suponen que miente con más frecuencia. Ambos tienen un altísimo grado de rechazo por parte de una sociedad que mayoritariamente los califica como crooks and liars (pillos y embusteros).

Una, porque no entrega los emails supuestamente perdidos y muestra sin recato todos los síntomas del conflicto de intereses entre su condición de (ex) Secretaria de Estado y la Fundación de su marido.

El otro, porque esconde su declaración de impuestos, se alega que estafó a miles de estudiantes en la pomposamente llamada Trump University, mientras en el mundillo empresarial se le tiene por un personaje inescrupuloso que multiplicó su cuantiosa fortuna atropellando inicuamente a suministradores y colaboradores.

Parece, pues, acertada la melancólica conclusión a que llegó la analista republicana Ana Navarro, una abogada divertida y elocuente que ha sido insultada por Trump: “los republicanos eligieron al único candidato que podía perder frente a Hillary Clinton, y los demócratas a la única persona capaz de ser derrotada por Donald Trump”.

En definitiva, ¿ganará Trump o Hillary? Probablemente, triunfará Hillary. La votación general será muy reñida, pero la enrevesada ley electoral de Estados Unidos descansa en las elecciones estatales, y ahí lleva las de ganar la señora Clinton.

Se trata de obtener 270 votos electorales (la mitad más uno de los 538 electores que eligen al presidente y a su vice, seleccionados por los 50 estados de la Unión), y la candidata demócrata, de acuerdo con las proyecciones de los expertos, tendría en su haber 273.

Las elecciones, pues, se decidirán en 9 estados “indecisos” y Hillary lleva la delantera en 7 de ellos. Sólo necesita prevalecer en dos o tres estados para llegar a los míticos 270 votos.

Trump, en cambio, debe ganar en ocho para triunfar en la contienda, algo muy improbable que suceda, salvo que, literalmente, destroce a la señora Clinton en los tres debates que sostendrán ambos candidatos.

¿Por qué es tan difícil que Trump gane? Al margen del enfrentamiento de Trump con los hispanos, los negros, los gays, lesbianas y las otras inclinaciones sexuales minoritarias, más el rechazo de los blancos educados, de las mujeres convencidas de que ya es hora de que una señora sea inquilina de la Casa Blanca, a lo que se agrega la hostilidad partidista de los demócratas, debe perder, además, por la resistencia de muchos republicanos.

Estos perciben al multimillonario como un outsider oportunista que ha destruido el clima de colaboración interna y cordialidad cívica que existió en al Partido hasta la candidatura de Mitt Romney. Corazón adentro, preferirían que Trump perdiera antes de que gobierne rematadamente mal y le haga un daño irreparable al país, a los republicanos y, probablemente, al planeta.

Eso explica el rechazo público de figuras emblemáticas republicanas de la Florida como el exgobernador Jeb Bush y los congresistas Mario Díaz-Balart, Carlos Curbelo e Ileana Ros-Lehtinen, más el sordo distanciamiento del senador Marco Rubio, cuyo tibio respaldo a Trump es una hipócrita concesión que le parece indispensable para salir reelecto, como le sucede a John McCain en Arizona.

La carta firmada y divulgada a principios de agosto por 50 estrategas y policy makers republicanos sobre la incapacidad de Trump para lidiar con los asuntos internacionales, y a propósito de su carácter voluble y peligroso, unida a las críticas por su proclividad por Vladimir Putin, fue un disparo directo a la línea de flotación de Trump.

El apoyo de Carlos Gutiérrez a Hillary Clinton, ex Secretario de Comercio de George W. Bush, republicano de toda la vida, ex CEO de Kellogg, fue impactante. Persona muy competente en el terreno económico, calificó de disparatadas las ideas económicas de Trump. Por eso, en esta oportunidad, apoyaba a los demócratas. Seguía lo que su conciencia le dictaba, lo que le parecía mejor para Estados Unidos.

El proteccionismo arancelario de Trump, la política de sustitución de importaciones, (un fracasado adefesio teórico preconizado por la CEPAL en los años cincuenta), y el rechazo al comercio libre internacional (típico de naciones comunistoides subdesarrolladas como Cuba, Venezuela, Bolivia o Ecuador), le resultaban expresiones de una atrasada ideología tercermundista, impropia de la nación que encabeza a los países de libre mercado, sabedores todos de que el comercio intenso genera un clima de paz y de enriquecimiento colectivo.

Naturalmente, quedan unas ocho semanas para la cita electoral y sería una irresponsabilidad negarle totalmente a Trump la posibilidad de tener éxito. Todo es cuestión de creer en los milagros.

carlos-alberto-montanerAcerca del autor: Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner, cubano de nacimiento y madrileño desde 1970, ha sido profesor universitario en diversas instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es escritor, periodista, y también en la actualidad es el Presidente de Honor de la Fundación para el Avance de la Libertad. Varias decenas de diarios de América Latina, España y Estados Unidos recogen desde hace más de treinta años su columna semanal.

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