Opinión

Cuidado con los cantos de Casado

Juan Pina
Juan Pina
Juan Pina trabaja como directivo en el sector privado. Preside la Unión de Contribuyentes y es Secretario General de la Fundación para el Avance de la Libertad. Es autor del libro “Una política para la Libertad” (2014) así como de dos novelas publicadas en 2007 y 2011.

Pablo Casado es la nueva sirena de la parroquia liberal-conservadora hispana, una parroquia sufrida y maltratada que transitó desde el desencanto con el sucesor de Aznar a los sucesivos desengaños con UPyD, Vox y Ciudadanos, para regresar ahora a la casa grande del centroderecha patrio, el PP. ¿Grande? Bueno, grande por su peso electoral previo a Mariano Calamidad, pero mucho menos por su cifra de afiliados, tan falsa que se diluye hasta proporciones homeopáticas cuando alguien se pone de verdad a cribar el censo.

El XIX Congreso del PP ha sido una catarsis griega de manual. Se ha construido la épica de Pablo Casado en menos que se apaña un máster en la Rey Juan Carlos. Ya le habría gustado a Pedro Sánchez tenerlo tan fácil. Tanto es así que Soraya aparece ante algunos conspiranoicos como voluntaria sparring, como la poli mala imprescindible para darle credibilidad a la gesta neoaznariana. No, no será para tanto conociendo a la personaja, aunque sí es posible que algunos la hayan animado interesadamente a lanzarse a la lid a sabiendas de que iba a estrellarse. Como sea, el caso es que Pablo Casado ya es el nuevo mesías de la derecha hiperconserva pero dizque liberal, y sería el yernable más cotizado entre las oyentes de Federico en Aravaca si no fuera porque el muchacho ya ha hecho honor a su apellido.

Y ahora, como no podría ser de otra manera, toda la parroquia escucha obnubilada al Aznar del siglo XXI, que intenta darse un aire a Adolfo Suárez pero se le sigue notando que su troquel es el mismo de Rivera, Macron o Trudeau. ¿Hacia dónde llevará el nuevo flautista de Hamelin a los libcons? Pues hay que reconocerle, e incluso agradecerle, un nivel de transparencia ideológica raramente hallado antes en su partido. Pero, por ello, es inevitable que sufra una decepción profunda cualquiera que comparta el pensamiento libertario o incluso el del liberalismo clásico. Cuidado, por tanto, con los cantos de Casado, porque el objetivo de este sireno es el de toda su especie: estrellarnos contra el arrecife llevando a cabo una política que mejor llamaríamos conslib para priorizar adecuadamente las partes del binomio, o, sinceramente, mejor cons a secas.

Habrá que ver hasta dónde llega su liberalismo económico, porque hasta ahora se ha cuidado mucho de promover la transición hacia un sistema de pensiones basado en la capitalización individual privada; o una bajada drástica, no ya de impuestos —que apenas cifra en quince mil millones, prácticamente los últimos mordiscos que nos han dado Montoro & Montero, el terror de tu dinero— sino del gasto. ¡Del gasto, Pablo, se trata de bajar el gasto! Tampoco parece muy proclive a privatizar las empresas y agencias públicas diversas, que son aún bastantes más de las que se ve a simple vista y con cuya venta podría financiarse parte de la transición de las pensiones. No se ha comprometido tampoco a devolver a la sociedad civil los principales servicios públicos, mediante privatizaciones “sociales”, ni a pasar de la gestión estatal a una mera compensación financiera a favor de las rentas bajas por la vía del cheque escolar o sanitario. Al contrario, defiende la educación concertada en vez de apoyar la privada. Nada ha dicho que permita augurar políticas para levantar barreras a la economía colaborativa ni a las monedas alternativas. Nada en su discurso permite creer que vaya a protegernos de la creciente desanonimización del dinero y de las transacciones, salvaguardando la privacidad financiera de los ciudadanos y de las empresas. Por ejemplo, nada ha dicho sobre las restricciones ya insoportables a los pagos en efectivo. No parece que quiera encaminarnos a un modelo económico irlandés o estonio. Además, su liberalismo económico siempre estará subordinado a la obsesión patriótica que rezuma por todos sus poros, por lo cual podemos despedirnos de cualquier medida que favorezca la competencia tributaria intranacional, tan necesaria para mantener baja la carga impositiva media.

El PP fue en su día el producto de la refundación de Alianza Popular, en la que ese partido, ampliamente mayoritario en el nuevo conjunto, representaba una mezcla contra natura pero estable entre el conservadurismo a la británica y la herencia del régimen anterior. El siguiente bloque en importancia era el democristiano, cuyas siglas a fusionar en la nueva formación eran las del PDP, Partido Demócrata Popular, y de ahí venían García-Margallo y otros. Y el último partido a incorporar fue el minúsculo Partido Liberal de Segurado, abandonado traicioneramente año y pico antes por su concejala madrileña Esperanza Aguirre, que lo puso así al borde de la absorción que finalmente se produjo. Pues bien, Pablo Casado repite el esquema de aquella gradación de importancias. Lo primero es lo conservador-patriótico. Lo segundo, pero bastante importante porque sin ello no habría llegado a la presidencia, es lo democristiano. Y luego ya si eso… el liberalismo, pero, oiga, en lo económico nada más y con mucha moderación.

¿Le arrendamos las ganancias? Muchos entusiastas del caballero palentino dicen estos días que, bueno, más vale eso que nada. Pues depende. Depende obviamente del grado de sacrificio en lo no económico que se nos exija para darnos algo en lo económico —porque está claro que sólo en ese terreno nos dará algo— y de cuál sea, al final, la magnitud de ese “algo”.

Los libertarios debemos seguir nuestro propio camino. ¿Hay un nuevo líder libcon que tal y que cual? Ni caso. Ni caso a los cantos de Casado. Le aplaudiremos cuando proponga cosas que vayan en la dirección de más libertad y nos opondremos a él cuando promueva medidas liberticidas. Ya lo está haciendo en material territorial y moral, y seguirá haciéndolo porque esa es su creencia y es lo que le pide su parroquia sin comprender que difícilmente podrá recuperar así el espacio de centro ocupado por Ciudadanos. Alguien dijo estos días que Casado es el fin de Rivera. Dependerá de cómo lo gestionen los naranjitos, pero más parece que Casado les sirve como límite exterior que clarifica la identidad de ambas formaciones colectivistas, la social-liberal y la liberal-conservadora, como en el modelo de partidos de Holanda y de muchos otros países europeos. En realidad, Casado parece compartir mucho más con Vox.

Los libertarios debemos defender la evolución cultural de Occidente en las últimas décadas, que nos ha llevado hacia más libertad personal y moral; y oponernos con uñas y dientes a cualquier paso atrás, ya venga del lobby ideológico de la izquierda o del lobby conservador-confesional del partido de Casado. Y seguiremos estando solos en la defensa de una territorialidad tan auténticamente federal que pueda conjurar in extremis la ruptura formal a la que nos siguen encaminando los nacionalismos centrípeto y centrífugo. Como exponente máximo del primero, Casado pone en peligro la continuidad a largo plazo del marco común, que ya sólo es posible asegurar mediante soluciones a la belga y con una ley de claridad a la canadiense.

Por mucho que nombre a Mises (por cierto, a ver si lee sus ideas en materia territorial) y por mucho que hable de bajar impuestos, arriesgarnos a un retroceso en libertad moral o a la recentralización política y administrativa no me parece ni remotamente seductor para los libertarios, por mucho que proponga alguna medida económica correcta, como la desaparición de algún impuesto particularmente obsoleto.

El liberalismo clásico de Hayek, como el propio economista explicó magistralmente en su libro Por qué no soy conservador, se opone simultáneamente a los dos grandes colectivismos: el socialista y el conservador. El libertarismo, que supera el liberalismo y avanza sin torcerse hacia los lados, se opone con más razón aún al socialismo y a su alter ego dentro de la lógica colectivista: el conservadurismo. No es una equidistancia forzada ni impostada, sino natural, pues emana del mismo núcleo central de nuestras ideas, se ponga como se ponga la legión de páleos que tanto ruido hace. Y no, eso no es ser “left libertarian”, es ser en todo caso “center libertarian” o, en realidad, libertarios a secas. Afortunadamente, los libertarios estamos más que vacunados, y según qué cantos… hace tiempo que no nos impresionan.

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Juan Pina trabaja como directivo en el sector privado. Preside la Unión de Contribuyentes y es Secretario General de la Fundación para el Avance de la Libertad. Es autor del libro “Una política para la Libertad” (2014) así como de dos novelas publicadas en 2007 y 2011.

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