Hace unas semanas, me traje de España (campamento base de mi biblioteca personal) las 1500 hojas de It, de Stephen King, obra que llevaba conmigo camino de once años cogiendo amarillo. Ahora, forma parte de mi paupérrima pero digna biblioteca del exilio. Entremedias, dos vuelos y una escala de ocho horas me llevaron a devorar sus primeras trescientas hojas. Lo cual no resulta infrecuente, por cierto, con las obras del autor norteamericano, llamado Rey del Terror.

Honestidad por delante: me declaro fan no-matter-what de Stephen King. Probablemente sea el autor del que más libros he leído (a la par con Terry Pratchett y su MundoDisco), y aunque mis referentes literarios difieren del campo de actividad de Stephen King (Cormac McCarthy, Roberto Bolaño, José Saramago, entre muchos otros), algo en sus historias me hacen volver una y otra vez a él. Como si una parte de mí escuchase una llamada. Menospreciado por la crítica y aplastado por la losa del bestseller, es seguro que Stephen King nunca ganará el Premio Nobel (aunque sí ha recibido el prestigioso National Book Foundation). Igual que otros grandes escritores de género, morirá sin el mayor reconocimiento literario, igual que antes lo hicieron otros como Ray Bradbury. El mundo de la literatura no escapa a una descarnada realidad social de clases.

Volviendo al tema, me compré It en el año 2005. No recuerdo la fecha por prodigiosa memoria, sino que hubo un tiempo en que marcaba la fecha en cada libro que me compraba. Al abandonar mi pueblo para empezar la universidad en Santiago, se abrió ante mí un fantástico universo de librerías, y pasé los primeros años de carrera comprándome a libro por semana (todavía no recuerdo con qué dinero). It fue uno de ellos, y se arrastró conmigo a lo largo de los años de licenciatura, de piso en piso y sobreviviendo a unas cuantas mudanzas. Voló conmigo en mi aventura barcelonesa, y luego por los difíciles años de tesis. Así hasta que, hace unas semanas, once años más tarde, lo recogí en Galicia y todas sus 1500 páginas se vinieron conmigo a Islandia. Combustible para el invierno polar.

La reflexión que conduce mi texto tiene algo que ver con mis orígenes literarios. Renegado de la llamada literatura seria, durante años bebí literariamente de clásicos de terror y ciencia-ficción (y en mucha menor medida, de fantasía). Toda la demás literatura, por pura ignorancia, me aburría. Mi visión ridícula era un pecado de juventud. Cuando finalmente caí en las fauces de una literatura nueva, me dejé devorar y pasé un tiempo lamentándome por haber perdido años leyendo lo que se denominaba literatura menor. Esa perspectiva mudó cuando también leí obras malísimas la llamada alta literatura. Como me gusta decir, A todo el mundo le huele la mierda. Dadme un millón de veces, por seguir con Ray Bradbury, El hombre ilustrado o Fahrenheit 451, y no clásicos cuestionables como El guardián entre el centeno. Pregunta al aire:

¿Se baja de división al escribir obras que alguien encasilla en un género determinado?

Admito que existe una parte de literatura que podríamos llamar barata, o fastfood. No niego el mérito de autores que podrían encuadrarse aquí (¿Paulo Coelho? ¿Dan Brown?). Vender millones de libros no es un desprestigio. Simplemente, no creo que aporten nada fundamental a la literatura. Muchos detractores de Stephen King (y otros autores de género) son incluidos en este tipo de literatura, en un ejercicio sangrante y de una ignorancia terrible y que, desgraciadamente, está de moda. King ha ocupado gran parte de su vida en asentar las bases del terror contemporáneo. Sus obras han vendido millones de ejemplares, y muchos de ellos han servido de base para películas (premiadas) y series de televisión, y en su catálogo destellan tal cantidad de clásicos que asusta: Rabia, Cementerio de animales, Cujo, El resplandor, Apocalipsis, el propio It, Saco de Huesos, Carrie, La milla verde,… por no hablar de su notable incursión en la fantasía con la serie La Torre Oscura o un librito que recomiendo desde ya a cualquier aspirante a escritor, y que King escribió tras sufrir un accidente que casi le costó la vida: Mientras escribo.

Las críticas habituales a Stephen King inciden, además de en sus ventas, en la calidad de su prosa y el exceso de páginas. Servidor encuentra su prosa bastante cuidada (atención a lo que dice de ella en la mencionada Mientras escribo), y en cuanto a su incontinencia verbal, ¿es un argumento válido? Citemos a Foster Wallace, cuya incontinencia no levanta las mismas críticas. Le acusan también de hacer literatura popular, signifique lo que signifique. Si bien sus mejores obras fueron escritas en los ochenta, en las décadas siguientes no ha dejado de producir obras más que aceptables, y de todos modos, la decadencia tampoco me resulta un argumento válido (el estos días premiado Eduardo Mendoza vivió una decadencia literaria dantesca, pero eso no anula la magia vanguardista de La verdad sobre el caso Savolta).

En todo caso, tras el éxito de Stephen King se esconde un factor crucial: ha sabido tocar una fibra sensible en sus lectores, pertenecientes a diferentes generaciones, la mayoría nacidas a partir de los años cincuenta. Quien quiera quedarse en lo obvio de sus obras, se perderá el discurso sobre las realidades ocultas de nuestra sociedad, la parte más oscura de lo cotidiano y de la modernidad, dominada por el racionalismo y la tecnología. Stephen King habla de lo subterráneo al alma humana: miedos basados en nada, alienación, leyendas que se han ido transformando con los siglos y adaptándose a los tiempos, terrores nocturnos, traumas de infancia. Su éxito responde, como en el caso de otros muchísimos autores, a que ha sabido plasma con éxito profundas inquietudes del alma humana, muchas de ellas irracionales.

En It se concentran, por cierto, todas las virtudes y defectos de Stephen King, y como todas las historias, puede reducírsela a “un payaso que mutila y asesina niños en una ciudad de la costa Este de los Estados Unidos”. Pero eso sería como reducir Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, a “dos amigos raros que buscan a una poeta de culto”. De nuevo, el reduccionismo como arma argumentativa se descalifica solo. Porque en It hay mucho más, especialmente, esas ráfagas de misterio que azotan nuestro mundo en noches donde el aire se acumula, tenso, en las galernas o las tormentas, en esos tenebrosos atardeceres de invierno. La temática tratada por Stephen King no difiere de la de otros grandes escritores, pues los escritores hablan casi siempre de lo mismo pero usando diferentes máscaras para cubrir lo que intentan decir. Ahí está parte del juego.

A Stephen King, por cierto, el Premio Nobel se la trae al pairo, y aunque muchas publicaciones y lectores lo piden en su nombre, parece que él se toma el tema con socarronería y buen humor. Buen humor que, a buen seguro, es lo único que nos puede proteger de ese fuerza oscura, informe y abstracta, que habita en las sombras y que nos acecha, dispuesta a arrastrarnos a ese otro lugar que tanto tememos.


Ernesto DiéguezAcerca del autor: Ernesto Diéguez

Escritor. Doctor. CM. Fotógrafo. Cocinero. Hago de todo, tratando siempre de hacerlo especial. Blog: Aullando 

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1 Comentario

  1. No creo que Dan Brown puedra encuadrarse en el marco de literatura “fastfood” tan alegremente. El hecho de tener éxito masivo debido a métodos de mercadotecnia no me parece suficiente para adquirir tal dudoso honor.

    Para mí, la verdadera cómida rápida de la literatura son las novelas que no contienen más que una historia verdaderamente mínima y necesitan otra cosa para sostenerse por sí mismas. Por ejemplo, “Matatrolls”, “Matabestias”, “Mataelfos” y todos los demás “Mata*” de William King tienen poco más que la historia mínima para que los héroes tengan una excusa para ir y matar a los malos de turno. No creo que estas novelas tuviesen el menor impacto en el mercado si no tuviesen el logotipo de Warhammer impreso en sus cubiertas. Y que conste que me los he leído todos y he quedado bastante satisfecho con la experiencia.

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