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ProcustoProcusto, hijo de Poseidón, era conocido por la hospitalaria forma de acoger a los huéspedes de su posada. Lo que hacía Procusto era invitar a los forasteros a una mullidita cama de hierro para luego, según la estatura y corpulencia del invitado, asistirle con una distinta pero siempre confortante sesión de “encaje”: si el huésped era espigado o de elevada estatura, Procusto creía conveniente serrar las extremidades para que así no sobresalieran del lecho; si, por el contrario, sus huéspedes resultaban ser pequeños y repolludos, Procusto estiraba al sujeto hasta descoyuntarlo con tal de que se ajustara debidamente al tamaño del catre. Algunos afirmaban que Procusto disponía de un artefacto mecánico con el cual conseguía que el tamaño de la cama variara a su antojo, con lo que ningún huésped podía ajustarse a ella. Era así que todos los invitados sufrían el martirio de tener que amoldarse a la medida exacta del lecho decidido por Procusto.

Hoy día no resulta difícil encontrarse con un Procusto. Los hay de todos los tipos. Pero en estos días de alboroto revolotean con especial insistencia, como moscas zumbonas alrededor de la mierda, una tipología concreta de Procusto: es el Procusto ideológico, también conocido como perturbado ideológico.

Para los perturbados ideológicos todo fenómeno o acontecimiento –desde un accidente de avión al nombre de un huracán– ha de pasar necesariamente por su férreo lecho ideológico a fin de someterse al pertinente corrector en forma de serrucho o estiramiento. Ningún hecho puede escaparse. Se trata de retorcer y torturar la realidad para que encaje forzadamente en los estrechos moldes de sus odios y sesgos ideológicos; de autoconfirmarse con cada hecho la culpa del enemigo ideológico hombrepajil que ha fabricado a su medida –el neoliberalismo, el terrorismo machista o las tortillas sin cebolla-; se trata de justificar su odio patológico. No hace distingos, cualquier hecho sirve para su  propósito y es susceptible de instrumentalizarse para la causa.

Tenemos muy reciente los atentados de Bruselas. Por desgracia, en circunstancias como esta los perturbados ideológicos más entrenados en el arte de la inmundicia hacen las delicias de sus fanáticos borregos. Ocasiones como ésta se convierten en una oportunidad perfecta para librar de algún modo esa batalla contra los valores occidentales. Al mismo tiempo y con idéntico ánimo,  justifican de forma velada y cobarde los atentados a través de expresiones como “algo habremos hecho para merecerlo” o “no les quedaba otra salida”, como forma o método con el que distanciarse de algún modo de los sentimientos de pesar de quienes considera sus enemigos ideológicos;  a igual que ocurre con quienes deciden no “condenar” los atentados por considerar que “condenar es propio del lenguaje punitivo de la derecha”. Todo ha de pasar por su filtro de odio, por su lecho ideológico.

En cuanto a Procusto, acabó precisamente en su propio camastro de hierro.

[/vc_column_text][vc_separator color=”custom” border_width=”2″ accent_color=”#c4bd00″][vc_column_text]Mario CachineroAcerca del autor: Mario Cachinero

Mario Cachinero es estudiante de Derecho y Administración y Dirección de Empresas.

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El perturbado ideológico
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