Especímenes de la superioridad moral

La superioridad moral es una creencia y una actitud; es también inmunidad moral. La creencia es conocida y consiste en una fe ciega; una fe ciega según la cual  las únicas ideas que pueden ser calificadas de éticas o morales son las que uno profesa, lo que lleva a atribuirse con exclusividad, de manera despótica y desdeñosa hacia los demás, la moralidad de los actos y las intenciones. Es cierto que los diferentes modos de pensar llevan implícito de alguna manera una creencia de que lo de uno es superior a lo de otro, o simplemente mejor. Pero el que se considera superior moralmente no se mueve en esa lógica, juega a otro nivel; un nivel en el que sus medios y sus fines no es que sean simplemente morales o válidos –como los de cualquier otro-, sino que son “los” válidos y “los” morales, con exclusión de cualesquiera otras alternativas. Otros fines o medios distintos deben ser tachados de inhumanos y se les presume vileza.  

La actitud del moralmente superior podría ilustrarse en dos movimientos: primero, señala por acción u omisión con el dedo increpante al disidente de la moralidad, que ha pecado; segundo, se da a sí mismo, con la otra mano, una autocomplaciente palmadita en el hombro, pues bien sabe que él no peca; todo ello, por supuesto, desde su cómoda y elevada poltrona, desde donde divisa toda la maldad del universo. Es una tarea dura y esforzada contemplar tanta maldad desde una mente tan bondadosa.

Y no pude evitar pensar en esto al leer aquello de “ser de izquierdas significa querer el bien para todo el mundo”. Lo dijo Cristina Pedroche, quien al parecer es votante comprometida de la Izquierda Unida de Alberto Garzón. Precisamente estas palabras de la lúcida Cristina parecen completar las que en otra ocasión pronunció su líder, Alberto Garzón: “Para mí un delincuente no puede ser de izquierdas”. Con las frases de estas dos reconocidas figuras de la izquierda podríamos concluir, por tanto, lo siguiente: “los que quieren el bien para todo el mundo y no son delincuentes solo pueden ser de izquierdas; los demás, escoria criminal”. Parece que la etiqueta “izquierdas” proporciona una especie de inmunidad moral. Es el Bien.

Pero donde últimamente saltan como chinches los maestros shaolin de la superioridad moral es con ocasión de “los refugiados”, y si esto lo mezclamos con los haters de la Semana Santa y con los atentados de Bruselas, entonces apaga y vámonos. En estas, un “periodista por convicción” muestra imágenes del campo de refugiados de Idomeni y acompaña un mensaje: “Hoy ha vuelto a llover en el campo de refugiados de Idomeni, pero tranquilos, la Macarena no pasa por aquí”. Como diciendo: “otros preocupándose de la posible lluvia que pueda arruinar los pasos de Semana Santa y yo, periodista por convicción y comprometido con cualquier desgracia mundial, con el corazón siempre encogido antes las injusticias, tuiteando sobre las cosas serias”. ¿Cómo es que hay gente que tiene tradiciones o aficiones mientras hay gente pasando hambre o muriéndose? ¿No les da vergüenza? ¡Que suspendan ahora mismo lo que estén haciendo y se pongan a tuitear lo que yo tuiteo, coño ya! 

Pero la cosa no queda ahí, también encontramos a aquel otro espécimen que ante los atentados en Bruselas no duda en señalar la hipocresía y la doble vara de medir de aquellos que se lamentan por los atentados. ¡Hay gente en otras partes del planeta –los yankees no cuentan- que mueren todos los días y que también son asesinados por terroristas y no montamos tanto espectáculo! Curiosamente no verás a estos sujetos todos los días a lo largo del año recordar las muertes de esas gentes cuyo recuerdo apela con tanta indignación, pues tienen por costumbre hacerlo precisamente los días en que ocurren atentados en suelo europeo. Y aquí, especialmente a la hora de condenar estos atentados, es común el juego de las adversativas, que exige mucho entrenamiento y cierta pericia, pues hay que elegir bien –con un criterio impecable- qué poner tras el “pero”. Un ejemplo meritorio de malabarismo adversativo es el de este sujeto: Condeno el atentado de Bruselas pero recuerdo el atentado de la UE contra los refugiados. #VergUEenza”. Pero este no es más que un ejemplo de muchos.

Y es que las adversativas dan mucho juego. En ciertos casos notorios sirven como detector del perturbado ideológico. Llamativas fueron muchas de las reacciones que se produjeron ante la agresión a Rajoy en la pasada campaña electoral. Se puede apreciar, con un mínimo de perspicacia, que la intención que subyace en muchas condenas a la agresión no es la condena misma, pues en realidad ésta se transforma en algo instrumental al objetivo verdadero, que no es otro que visibilizar una reivindicación política o ideológica que justifica de alguna manera, con la boca pequeña y con cierta cobardía eso sí, la violencia o la agresión. Es como si la condena no fuera más que una excusa para recordar esa reivindicación política o ideológica moralmente superior, la cual, sin embargo, ha de compatibilizarse, como compensación, con ese deber humano inexcusable de condenar la violencia, aun cuando uno no lo sienta verdaderamente o incluso se alegre en las intimidades de su pocilga. Es el malabarismo moral del perturbado ideológico. ¿Un ejemplo? “No defiendo el puñetazo que le han dado a Rajoy, pero allí están los recortes en educación; faltan asignaturas de pensar…”

Pensar…

Mario CachineroAcerca del autor: Mario Cachinero

Mario Cachinero es estudiante de Derecho y Administración y Dirección de Empresas.

 

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