Contemplo estos días desde Estados Unidos y a través de Twitter –esa especie de periódico de patio de colegio que es de derechas, izquierdas, arribas y abajos al mismo tiempo– el esperpento nacional de los últimos días y no soy capaz de volver a cerrar ni la boca ni los ojos.

Al margen de la investidura del Sr. Rajoy, estafermo patrio, y que puede sentar mejor o peor a la bancada liberal por lo que se nos viene encima de continuismo en las políticas de atacar por la vía de los ingresos y no de los gastos, mi estupefacción se basa en las lamentables y detestables actuaciones circenses varias de ciertos individuos y/o colectivos dentro y fuera del Congreso de los Diputados.

“La generación mejor preparada” parece que no ha aprendido nada de sus padres y abuelos, que sacaron este país adelante a base de esfuerzo y trabajo, y sin tirar mecheros ni latas de cerveza a algunos de los representantes de todos los ciudadanos cuando salían de su lugar de trabajo. A los de su palo los jaleaban, claro. Vaya por delante que mi condición de libertario me impide tener ni la más mínima simpatía por el género y número político. Pero una cosa no quita la otra.

“Careful what you wish you may regret it, 
Careful what you wish you just might get it.” 

James Hetfield.

Yo mismo, hijo de un padre –del que me siento muy orgulloso– que casi no terminó la escuela primaria y que después de poner ladrillos durante sus primeros años de curro decidió irse a trabajar a una empresa italo-inglesa, sin saber ni italiano ni inglés, pasando 4 meses de continuo en un barco fuera de su casa y lejos de su familia, trabajando 12 horas al día durante los 7 días de la semana. Y lo sigue haciendo, por cierto, a sus 65 años de edad. Nieto de abuelos analfabetos –por desgracia– que lo único que hicieron fue ir a la guerra obligados, uno con 17 y otro con 18 años, y después se dedicaron a trabajar la tierra para sacar a sus familias adelante. Conscientes todos de que para prosperar en la vida no queda otra que “¡agachar la cabeza, ahorro y trabajo duro!” como pregona con orgullo y mucha razón el profesor Bastos, de la Universidad de Santiago de Compostela.

Gracias a estos sacrificios familiares yo pude estudiar en una universidad privada por elección mía, no de mis padres, y del Opus a pesar de ser agnóstico. Gracias a ellos gozo hoy de una posición y un nivel de vida que ya hubieran querido mis difuntos abuelos aunque fuera sólo durante un día de sus vidas.

¿De dónde salen estos rufianes, iglesias y demás calaña? Gente muy joven que ha medrado al calor de una sopa que nunca les faltó en la mesa y en una democracia con derechos sociales muy asentados. ¿De dónde procede ese odio hacia el sistema que les ha dado todo lo que tienen y que pretenden destruir, si es necesario, con el uso de la violencia? ¿Gente que, al contrario que sus padres, cree que lo que les debe pertenecer debe conseguirlo a base de quitárselo a los demás aunque sea a puñetazos?

En los últimos meses he pasado largas temporadas en Estados Unidos debido a mi trabajo. Y es cierto sí, es un país de grandes desigualdades, en donde puedes ver a un anciano limpiando los pasillos de un Walmart o sirviendo CocaColas tras el mostrador de una gasolinera Sunoco. Cosas que no deberían ser así porque parece que van contra la razón y el sentido común. Pero aun y así este país y estos ciudadanos mantienen la dignidad. La dignidad de saber que a pesar de esas penosas circunstancias en cierta medida cada uno es responsable de su destino, y que si esa es su situación algo habrán tenido ellos que ver. Y no es mi opinión. Les preguntas y te lo dicen. Mirándote a los ojos. No se hacen un PdroSnchez, vaya: la culpa es del IBEX, de Cebrián, de Rajoy, de Rivera, del perro del vecino y hasta de la silla del despacho, que le da dolor de espalda. De iglesias no, por cierto.

¿Dónde dejamos los españoles esa dignidad? ¿Dónde perdimos el sentido de la responsabilidad personal para ponerla sobre los hombros de otros, y si no cumplen nuestras expectativas les insultamos y les arrojamos botellas de cerveza?

Vamos hacia el abismo. El abismo en el cual hemos caído innumerables veces los ciudadanos de este país cainita.

El único consuelo que me queda es pensar en frases que dijeron grandes hombres y mujeres en el pasado, y que vienen a reafirmar mis más profundas creencias.

Hombres como Benjamin Franklin, quien afirmó que “quién esté dispuesto a renunciar a parte de su libertad por un poco de seguridad, no merece ni libertad ni seguridad”.

O como Antonio Escohotado, que afirmó hace muy poco que “siempre hemos querido una libertad que no fuese responsabilidad”.

Tiene razón Hetfield. Mucha razón. Ten cuidado con lo que deseas, no vaya a ser que lo consigas y te arrepientas.

Sólo me queda plantar la semilla de estos valores en mi hija y esperar lo mejor, o al menos esperar que nunca me reciba a botellazos cuando vuelva a casa tras un duro día de trabajo reclamando el último modelo de iPhone.

Juanjo MartísAcerca del autor: Juanjo Martís

Ingeniero Industrial por la Univesidad de Navarra. Ha trabajado en el sector de la automoción, eólico y actualmente lo hace en el sector del ferrocarril. Liberal libertario. Minarquista convencido. “Porque la libertad es lo correcto”.

Juanjo Martís

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