Tras celebrarse la semana pasada en Cartagena de Indias el acuerdo entre el Gobierno de Colombia y la guerrilla de las FARC por el que se ponía fin a 52 años de guerra civil en el país, ayer le tocaba al pueblo colombiano ratificarlo o rechazarlo en una votación histórica. A medida que finalizaba el artículo conforme a los pronósticos que se venían avanzando toda la semana y mientras se acercaba la medianoche, me vi obligado a frenar y replantear el enfoque. Demostrado, como ya ocurrió en el Brexit o incluso en las elecciones en España, que los sondeos y los análisis previos cada vez valen menos. La sorpresa era un hecho y el “No” se había impuesto.

“¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera?”

La pregunta ha tenido sumido al país en un intenso debate político y moral, en el que un ajustadísimo 50,23% ha derrotado las esperanzas de paz inmediata del “sí” (49,76%), dejando paso a una situación de completa incertidumbre en la que, por primera vez en la Historia, la comunidad internacional y las Naciones Unidas han visto como su total apoyo a una postura ha sido rechazado por el propio país afectado.

A priori, sería evidente pensar que el “sí” que lideraba Juan Manuel Santos, presidente colombiano, debía arrasar ante la posibilidad de continuar una guerra atroz. Sin embargo, un conflicto tan largo y sangriento inevitablemente deja sentimientos de dolor, venganza, rencor y odio allá por donde arrasa. 7 millones de desplazados, más de 260.000 muertos, decenas de miles de desaparecidos, 35.000 secuestros… ¿Cómo perdonar el enorme daño y aceptar que quienes han provocado tanta muerte campen a sus anchas sin pisar la cárcel? La paz a cualquier precio ha sido rechazada por el pueblo colombiano, en el que resulta incomprensible una abstención de más del 60% en una cuestión vital en el devenir de Colombia. La fuerza de las votaciones populares y referéndums –tan desafortunadamente de moda hoy-, cada vez más en entredicho. Suena políticamente incorrecto, pero no sé hasta qué punto el pueblo debe votar y aprobar las decisiones y acuerdos de sus gobernantes por sistema. Creo que no debe dejarse en el voto del pueblo toda decisión y es una práctica cada vez más recurrente y ciertamente peligrosa en estos días (Escocia, Brexit, Colombia…¿Cataluña?). ¿Se imaginan que la gente hubiera votado sobre las penas y acuerdos de paz tras las Guerras Mundiales? Seguramente hoy continuaríamos en alguna de esas guerras.

Una abstención de más de la mitad de la población pone de manifiesto que el camino elegido, en cualquier caso, no ha sido afortunado. Y no es que no se haya votado por indiferencia, porque a nadie le es indiferente una guerra. No se vota por incultura, por miedo, por analfabetismo, por desconocimiento. Un país en el que un tercio de la población está excluida socialmente y en el que la pobreza y miseria es predominante, no está preparado -si es que se puede estar- para decidir sobre el fin de una guerra civil que tanto ha marcado a sus habitantes.

También resulta esclarecedor el hecho de que el “Sí” haya ganado en las zonas costeras y rurales más pobres, las más golpeadas por esta guerra, mientras que ha perdido en las zonas urbanas y rurales más pobladas y modernizadas, donde el conflicto apenas golpea desde hace años. Aquellos quienes realmente han sufrido las devastadoras consecuencias del conflicto querían verlo cesar sin importar las condiciones, mientras que en las zonas más prósperas ha calado la idea del expresidente Álvaro Uribe, para quien una paz con impunidad no puede ser suficiente.

Colombia - Acuerdo de paz con las FARC - Gana el NOLas condiciones del acuerdo han resultado ser demasiado para el pueblo colombiano. Las FARC debían entregar su arsenal e iniciar un proceso de desmovilización en los próximos seis meses acabando con el conflicto armado. A cambio, ningún miembro, guerrillero o miliciano (ni siquiera los líderes condenados por crímenes contra la humanidad o narcotráfico), pagaría sus acciones con cárcel. A tal efecto, se había configurado la Jurisdicción Especial para la Paz, el asunto más espinado del acuerdo. Todo aquel miembro de la organización que compareciese ante este tribunal, confesase sus crímenes y colaborase con información sobre las masacres perpetradas, únicamente sería condenado a penas alternativas a la cárcel, tales como el desminado del país, la edificación de barrios o la elaboración de carreteras. A todo ello había que añadirle la garantía a las FARC de cinco escaños en el Senado y otros cinco en la Cámara de los Representantes durante las dos próximas legislaturas.

La derrota del “Sí” es la renuncia de un pueblo a una paz negociada bajo unas exigencias que no son fácilmente asumibles después de tantas muertes, secuestros, desapariciones y violaciones. La impunidad de tales actos no se aprueba, y sólo queda esperar una renegociación extraordinariamente complicada del acuerdo, mientras la voluntad de Gobierno y guerrilla siga siendo la misma. Por el momento, el alto el fuego por parte del líder de las FARC, Timochenko, y su reiteración del deseo de paz mantienen con vida la esperanza de un final feliz que Colombia no puede permitirse retrasar.

Realizar concesiones frente a los guerrilleros debe verse como un mal necesario para acabar el drama que ha tenido envuelto a Colombia más de 50 años. La referencia histórica de Nelson Mandela es el camino. Perdonar no por quienes cometieron las atrocidades, sino por quienes las sufrieron y las seguirán sufriendo si no se llega a un acuerdo.

No hay colombiano que no sea consciente de la barbarie cometida por las FARC. No ganó el NO, ganó el ASÍ NO. Todo acuerdo de paz necesita de concesiones, la cuestión está en comprender hasta qué punto compensa mantener una guerra justa en lugar de alcanzar la paz y la oportunidad única de poner en marcha un país que se desangra.

Santiago Soto Gómez

Acerca del autor: Santiago Soto

Abogado concursal sevillano con el doble grado en Derecho y Administración y Dirección de Empresas, en la Universidad de Sevilla y en la Universidad La Sapienza de Roma. Miembro de la Asociación de Derechos Humanos de Andalucía y emprendedor a tiempo parcial. La cultura es la llave de la libertad.

 

Santiago Soto

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Ganó el no, colombia sangra
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2 Comentarios

  1. En cuanto a la primera de las cuestiones, estoy de acuerdo con usted. En mi opinión, las concesiones del acuerdo son excesivas con tal de lograr la paz, no sólo garantizando la impunidad de sus actos de cara a penas de prisión, sino también garantizando una presencia política de una organización de esas características independientemente de que el pueblo les vote o no. Ceder en esas condiciones puede sentar un precedente demasiado grave frente a quienes han cometido tanto destrozo en el país. Duele perder una oportunidad histórica de paz, pero probablemente las condiciones de esta paz no eran las que se requieren.

    En cuanto al segundo punto que plantea, el funcionamiento de la democracia indirecta, el actual en cualquier sistema democrático, contempla la facultad de los ciudadanos para elegir a sus representantes y que éstos sean los que luego gobiernen y decidan. Dar paso a una votación popular tras cada acuerdo de los gobernantes nos lleva al absurdo y a una enorme contradicción, en la que, además, tenemos que contemplar que buena parte de la población no esté preparada o informada al nivel que se requiere para tratar temas que precisan una formación. Ese papel, en teoría, es el que deben tener los políticos, el representar los intereses de una población, con un nivel de preparación por encima de la misma para conseguir aquello que interesa y ha votado el pueblo. Finalmente, y aunque está la posibilidad más que real de elegir candidatos inadecuados, la democracia es hasta la fecha el menos injusto y menos malo de los sistemas posibles, aunque a veces sus carencias reluzcan más de lo que debieran.

  2. Comentaban varios colombianos, en otro sitio web, que la cuestión no es oponerse al alto el fuego. La cuestión es no aceptar un acuerdo de paz a cualquier precio. Dejando las consideraciones éticas fuera de la ecuación, garantizar al agente marxista una determinada representación política al margen de los resultados electorales equivale a conceder al enemigo poder político real sobre tus organismos, rodeando los métodos democráticos ordinarios y rebozándolos por el fango. No es una concesión trivial.

    Respecto a al idoneidad de los referéndums vinculantes sobre grandes decisiones de estad: que las opiniones agregadas de los individuos del censo electoral pueden tomar decisiones desastrosas es innegable. Una de las decisiones desastrosas que pueden tomar es poner a un presidente inútil en el parlamento, por ejemplo. Quizá lo que debería usted preguntarse es hasta qué punto el pueblo debe votar e imponer gobernantes sobre sí mismos…

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