Los Panama Papers ha puesto de manifiesto tanto la voracidad de los Estados para quedarse con la riqueza de sus súbditos como los mecanismos que se emplean para protegerse de aquél y no tener que pagar tantos impuestos. Pero la protección contra los recaudadores de impuestos no es algo nuevo. Las tretas son tan antiguas como los propios impuestos, y más imaginativas según los infiernos fiscales se vuelven más sofisticados. El Reino unido ha sido una mina de oro de locura intervencionista y regultaria para elaborar este artículo. Pero comencemos por el principio.

Bajo tierra en Roma

“Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”, dijo Jesús a sus seguidores, según cuenta la Biblia. Sin embargo, algunos de los ciudadanos más acaudalados del Imperio Romano decidieron que era mejor idea enterrar su dinero, sus joyas y los exclusivos muebles que pagar lo que los recaudadores de impuestos, los publicani, exigían. Eso sí, para poder recuperar después sus tesoros era crucial recordar en qué punto los sepultaban. Algo que no todos debieron hacerlo, en vista del reciente descubrimiento de 70.000 monedas de la Edad de Hierro.

Irónicamente, fueron halladas en Jersey, una isla de 100.000 habitantes que depende de la corona británica pero que tiene autonomía política y administrativa, y a la que se considera uno de los paraísos fiscales más antiguos. Se cree que el dinero fue escondido de los recaudadores de impuestos romanos.

Por los pelos en Rusia

Se cree que la gran aversión de Pedro I de Rusia, el Grande, hacia el bello facial lo inspiró para que proclamara el impuesto de la barba en 1698. Durante siglos los hombres rusos lucieron largas barbas, pero el joven zar pensaba que ir bien afeitado y pulcro daba un aspecto más occidental y moderno. A aquellos que desembolsaban los 100 rublos anuales correspondientes al impuesto de la barba recibían una medalla en la que habían grabado: “La barba es una carga inútil”. Pero era fácil dejar de pagar ese impuesto: solo había que afeitarse.

Algunos informes señalan que en Inglaterra también estuvo en vigor una tasa similar, que fue promulgada primero por el rey Enrique VIII en 1535 y después por su hija Isabel I (1533-1603). Aunque el historiador Alun Withey niega que haya suficientes pruebas de ello. Lo que sí descubrió el experto fue evidencias de que un funcionario de Nueva Jersey Estados Unidos, intentó introducir un impuesto para el bello facial en 1910 y propuso además que los hombres con la barba roja pagaran un 20% más. Pero no logró que su propuesta fuera aprobada.

Además del de la barba, hubo otros impuestos relacionados con el aspecto. El Parlamento Británico puso en vigor una tasa aplicada a los sombreros en 1784. Los expertos aseguran que fue “ampliamente evadida”, a pesar de que hacerlo estaba penado con la muerte. Los fabricantes, quienes tenían que adquirir una licencia para hacer y vender sombreros, empezaron a llamar a sus creaciones “tocados”. Y 12 años después pusieron en marcha el impuesto sobre pelucas, lo que hizo que estos accesorios capilares pasaran de moda.

Desesperado por reunir dinero para financiar la guerra contra Francia, el primer ministro británico William Pitt, el Joven (10 de mayo de 1804-23 de enero de 1806) implemetó nuevos impuestos, incluidos el aplicado al jabón, a los perros, a las velas, a los relojes de pared, a la seda y a las empleadas domésticas. Toda una batería de impuestos que demuestra hasta qué punto el Estado hace y deshace a us antojo, con imaginación, para expropiar de su riqueza a las personas.

Ventanas “fantasma”

Los ricos tienen casas más grandes y, por lo tanto, más ventanas. Esa era la teoría detrás del impuesto a las ventanas de 1696 en Inglaterra. Así, el recaudador de impuestos no tenía más que contar la ventanas para llevar a cabo su trabajo. Pero no siempre les era tan fácil. Quienes se negaban a pagar tal impuesto empezaron a tapiar sus ventanas. Incluso se convirtió en moda, señala John Whiting del Instituto Colegiado de Impuestos de Reino Unido. Todavía hoy quedan algunas cerradas con ladrillos.

Ladrillos extragrandes y fachadas ultraestrechas

No solo con el caso de las ventanas, los impuestos también han influido en el diseño de las casas de otra manera.

En la Gran Bretaña del siglo XVIII los ciudadanos tenían su propio truco para evitar pagar el impuesto del papel de pared, la última de las modas. Lo que hacían era cubrir los muros con papel normal y pintarlo después. También se aplicaba una tasa al ladrillo, así que los constructores empezaron a utilizarlos cada vez más grandes. Ante eso, el gobierno tuvo que imponer un tamaño máximo para los ladrillos en un alarde absurdo de intervencionismo estatal pero consecuente con esa filosofía depredatoria.

En Francia los tejados inclinados de la mansarda —estilo buhardilla— fueron diseñados para proteger a sus ocupantes de los elementos pero también de los impuestos. Y es que el impuesto que debían pagar los propietarios era proporcional al número de pisos que había por debajo de la línea del tejado. Así que el último piso, el que quedaba cubierto por el tejado de la mansarda, era libre de impuestos.

Y es esa misma lógica la que está detrás de las estrechas casas de Nueva Orleans, EE.UU., conocidas como “shotgun houses” (casas escopeta). El impuesto era proporcional a la anchura de la fachada, por lo que la de estas no mide más de 3,5 metros.

Un impuesto incendiario

Basado en la premisa de que en una casa es más fácil contar el número de chimeneas que el número de personas que la habitan, en 1662 se aplicó en Inglaterra y Gales un impuesto a las chimeneas. El dinero recaudado iba directo al bolsillo del recién restaurado rey Carlos II, lo que causó no poco malestar.

Con tal de no tener que pagar, algunas personas decidieron bloquear sus chimeneas o derribarlas, una fórmula de evasión fiscal que resultó un tanto arriesgada pues se cree que fue la causa de no pocos incendios. El impopular impuesto pasó por un momento difícil cuando la recién establecida Oficina de Chimeneas se quemó durante el Gran Incendio de Londres. El impuesto fue abolido al cabo de 27 años.

El peligro de jugar con los impuestos

Curiosamente en este caso volvemos a ver el mismo comportamiento de los gobernantes, autoproclamados tutores de las personas, que para combatir algo lo cargan de impuestos… sin eliminar al mismo tiermpo los impuestos al trabajo, los libros, etc. cuando se supone que se quiere fomentar el trabajo, la lectura, etc.

En el siglo XVII, el rey Jacobo I de Inglaterra decidió imponer un impuesto al juego de cartas, el cual era considerado como un factor que impulsaba comportamientos indeseados al alentar la afición por los juegos de azar. Un sello oficial impreso en el as de picas se convirtió entonces en la prueba de que el impuesto había sido pagado.

Ante esto, el fabricante de naipes John Blacklin tuvo la ocurrencia de omitir el as de picas del paquete de barajas para evitar pagar el impuesto y vender esa carta aparte. Lamentablemente para él, su estratagema no fue bien apreciada por el jurado que se encargó de juzgarle por su ocurrencia y en 1805 fue condenado a muerte.

Un castigo ejemplar, para mostrarle a la población que con los impuestos no se juega. Aunque ni qué decir tiene que nunca se acabó con el juego en el Reino Unido.

Una casa sobre el agua

En el pueblo de Ambleside, Cumbria, en el noroccidente de Inglaterra, hay una casa muy fotografiada por los turistas por haber sido edificada como un puente: justo encima de un río. Lo que aparentemente motivó tan peculiar construcción fue ubicar la vivienda entre dos jurisdicciones para evitar el impuestos a la tierra, equivalente al actual IBI.

Una jugada inteligente que, sin embargo, tuvo sus defectos pues el espacio que ofrecía el río sólo permitía construir una vivienda de dos habitaciones para dar cabida a una familia con seis niños.

El impuesto al té y a las galletas de chocolate

Los británicos tienen reputación de ser unos entusiastas bebedores de té. Por ello, en 1689 los políticos decidieron recaudar dinero de esta afición y aplicaron un costoso impuesto sobre las hojas de té. En su momento más alto, este impuesto a la importación representó 119% del valor del té. La medida trajo como consecuencia un auge en el contrabando de té, realizado por delincuentes con fama de despiadados. También aumentó la venta de té falso, hecho con estiércol de oveja al que incluso le agregaban el venenoso carbonato de cobre para simular el color adecuado.

Desde el punto de vista de la legislación actual en Reino Unido, las galletas y las tortas son productos básicos y no son sometidos a ningún impuesto. Sin embargo, las galletas cubiertas con chocolate son consideradas como un lujo, por lo que deben pagar la tasa máxima del impuesto a las ventas. Lo mismo ocurre con las galletas de jengibre en figura de muñeco, sobre las que no se aplica ningún impuesto a las ventas si la figura tiene dos puntos de chocolate en el lugar de sus ojos. No obstante, cualquier añadido extra como botones o un cinturón, obligan al pago del impuesto, por lo que resulta más económico comprar muñequitos de jengibre sin chocolate.

Todo un despropósito de los diferentes gobierno para despojar de su riqueza a las personas, que son sus legítimas propietarias, y para poder hacer lo que les venga en gana. Quizás la única nota positiva de semejante voracidad depredatoria de los Estados sea cómo ha contribuido a desarrollar la imaginación de los ciudadanos para proteger sus bienes de los recaudadores de impuestos, bien sea con un humilde ahujero en la tierra o con las cuentas en refugios fiscales, pasando por los áticos habitables. Todo para protegerse de los infiernos fiscales.

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