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Es significativo que habitualmente se nombre a la libertad de conciencia como libertad religiosa, quizás porque la libertad de conciencia, en el pasado, se veía violada y prohibida fundamentalmente en su vertiente religiosa por las religiones hegemónicas de cada momento y lugar. Hoy día, al tomarse prácticamente la parte (libertad religiosa) por el todo (libertad de conciencia), creemos erróneamente –en muchos “Estados de Derecho”- haber logrado esa libertad de conciencia. No obstante, lo que hemos logrado en el mejor de los casos es libertad religiosa, es decir, una forma más de expresión de la libertad de conciencia pero que no se agota con ella, pues ésta incluye, además, a la libertad ideológica.

Ley estado y libertad de conciencia 1Y con esta última está sucediendo, si bien de manera algo más sofisticada, lo mismo que ocurría en el pasado con ciertas religiones: la libertad ideológica está siendo atacada coactiva, sistemática e institucionalmente por la ideología estatista-intrusiva predominante, y todo ello se ha naturalizado por hacerse mediante cauces “democráticos”. No existe la libertad de conciencia en la práctica. Y esto pretendo mostrarlo y explicarlo a través de la máxima manifestación material de la libertad de conciencia: la objeción de conciencia. Esa íntima conexión la evidencia el propio TC cuando declara que para la doctrina “la objeción de conciencia constituye una especificación de la libertad de conciencia, la cual supone no sólo el derecho a formar libremente la propia conciencia, sino también a obrar de modo conforme a los imperativos de la misma” (STC 15/1982).

Ley estado y libertad de conciencia 2Así pues, si hubiera auténtica libertad de conciencia, ello permitiría a cada individuo, a través del ejercicio de la objeción de conciencia, obrar conforme a sus creencias o convicciones ideológicas, entendiendo, como es lógico, que ese ejercicio de la objeción de conciencia, al tener su base última en la dignidad humana (art. 10.1 CE), no puede ir precisamente en contra de la dignidad de otros: “el objetor está legitimado para incumplir un deber jurídico, pero no para lesionar los derechos ajenos, obligarles a compartir su criterio o utilizar a los demás como instrumentos” (Cañal García, F.J., 1994: 224).

Pero el actual Estado intervencionista incide en tantas parcelas de nuestra vida mediante tantas regulaciones intrusivas, prohibiciones, tributos, así como mediante tantas imposiciones en ámbitos personales de vital importancia (sistema público de pensiones, educación, sanidad, etc.), que reconocer la libertad de conciencia en su plenitud haría inviable el actual sistema de ingeniería social. Por tanto, en un sistema de ingeniería social estatista, la objeción de conciencia (manifestación práctica por antonomasia de la libertad de conciencia) debe reducirse por conveniencia a algo excepcional y marginal. Pero más aún:
además de ser excepcional, y pese a su conexión con el art. 16.1 CE, la objeción de conciencia no se considera tan siquiera derecho fundamental (lo que por extensión debilita a la libertad de conciencia en sí).

Ley estado y libertad de conciencia 3La materialización de este último razonamiento al campo político-jurídico (según el cual la libertad de conciencia y, por ende, la libertad de conciencia no existe de forma auténtica) lo podemos encontrar en varias sentencias. Así pues, en la STC 161/1987, el TC se ve en la necesidad de resaltar que “la objeción de conciencia con carácter general, es decir, el derecho a ser eximido del cumplimiento de los deberes constitucionales o legales por resultar ese cumplimiento contrario a las propias convicciones, no está reconocido ni cabe imaginar que lo estuviera en nuestro Derecho o en Derecho alguno, pus significaría la negación misma de la idea del Estado. Lo que puede ocurrir es que sea admitida excepcionalmente respecto a un deber concreto” (FJ 3). En otra sentencia sobre objeción de conciencia fiscal, el TC se pronuncia en los siguientes términos “la objeción de conciencia constituye un derecho constitucional autónomo y protegido por el recurso de amparo (STC 15/1982), pero cuya relación con el artículo 16.1 CE, que reconoce la libertad ideológica, no autoriza ni permite calificarlo de fundamental (FJ 2).

En definitiva, la ideología intervencionista imperante de bien común e interés general, de socialismo sofisticado, no puede existir si no es imponiéndose. Y para imponerse, la condición previa indispensable es que cualquier aspecto vital del individuo se subordine a la ingeniería social estatista, a este socialismo sofisticado, enmascarado. En realidad, el ataque primitivo a la libertad, del cual se deducen los restantes atentados contra la dignidad humana, no es otro que el dirigido contra la libertad de pensamiento, a la libertad de conciencia.

[/vc_column_text][vc_separator color=”custom” border_width=”2″ accent_color=”#c4bd00″][vc_column_text]Mario CachineroAcerca del autor: Mario Cachinero

Mario Cachinero es estudiante de Derecho y Administración y Dirección de Empresas.

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Ley, Estado y libertad de conciencia
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