Libertad en tiempos de Estado

Hace ya más de tres siglos que el liberalismo como forma de pensar vio la luz. Fue en Inglaterra, entre la guerra civil y la Gloriosa, cuando unos pequeños propietarios, los niveladores, comenzaron a cuestionar el poder del idílico matrimonio entre la monarquía absoluta y la iglesia. Plantearon que el gobierno debía abandonar el paternalismo intervencionista en el cual se basaba para pasar a proteger los derechos individuales de los gobernados: libertades tales como la religiosa, la de asociación, la de expresión, y la de propiedad.

Thomas Jefferson
Thomas Jefferson

Muchos fueron los intelectuales que basaron su teoría en este pensamiento racional, como es el caso de John Locke, padre del liberalismo clásico; Adam Smith, con La riqueza de las naciones; Montesquieu, defensor de la separación de poderes; o Jefferson, uno de los Padres Fundadores de los Estados Unidos. Sus obras e hitos contribuyeron en gran medida a la propagación de una de las mayores filosofías políticas, económicas y sociales de nuestra historia, que inspiró numerosos movimientos que desafiaron el poder, lo establecido, en beneficio de la libertad del hombre y del reconocimiento de su capacidad, de su creatividad y de su autodeterminación.

Pero, ¿qué nos queda hoy de aquellos excelsos hombres que proyectaron algo de luz sobre un mundo sumido en la oscuridad?

Estamos asistiendo a un escenario político y social nefasto, en mi humilde opinión. La manifestación material del ancestral dicho de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Esta piedra, queridos lectores, es el Estado: el poder intervencionista y la anulación del individuo como unidad funcional.

¿Cómo es posible que, tras siglos de avance y progreso intelectual al margen de los gobernantes y de la tiranía del poder político, haya una gran mayoría de personas que vuelven a pensar que el Estado es la solución a todos nuestros problemas? Se trata de un planteamiento arcaico, propio de las iletradas gentes controladas por el oscurantismo imperante en el medievo, que parecía haber sido superado por la razón y las ideas ilustradas.

La superación de esa fase intelectual embrionaria del ser humano fue uno de los más celebrados avances de la civilización y, hoy, parece difuminarse en el plano filosófico mientras la gente vuelve a abrazar el colectivismo y el estatismo exacerbado. Pocas, en comparación, son las mentes pensantes que se atreven a decir alto y claro “¡Yo soy liberal!”, y lo son verdaderamente. Pocas son las que osan plantar cara al pensamiento mainstream basado en un dogmatismo febril y un amor tóxico hacia el Estado y todo lo que este representa. Pocas son las que se atreven a afirmar (¡qué patética idea!) que el individuo es el único que puede y debe resolver sus propios problemas, que es la base de la sociedad y no un producto del sectarismo y la masonería. En definitiva, pocas son las que luchan por la libertad en tiempos de Estado.

No diré “Sonrían, que sí se puede”. Diré “Sonrían, porque se pudo”. Llámenme inconformista, utópico, díscolo, incluso loco; pero me niego a asumir que una sociedad tremendamente más avanzada e informada que la del siglo XVII no tenga una gran parte latente de individuos que ven más allá de los muros ideológicos del Estado. Y, para lograr que alcen su voz, damos y daremos la batalla a diario.


Acerca del autor: Carlos Navarro

Estudiante de Ciencias Políticas en la Universidad de Valencia. Miembro de las Nuevas Generaciones del PP. Co-fundador de Ágora Libertaria y miembro de ESFL Valencia. Blog personal 

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