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Las ideologías y filosofías políticas que se acuñaron durante la transición (y que suponen, en el plano formal, una continuidad absoluta del franquismo) desprecian y condenan al abstencionista. La abstención, del mismo modo que el disidente de un régimen totalitario, es un abominable pecador y un indecente, un irresponsable y un fatal egoísta, puesto que el derecho de votar se ha definido (con mala fe) como un deber cívico que todo individuo está obligado a practicar en nombre del bien común. Pero nada hay más falso que esta enferma ideología del régimen del 78: pues si el voto es un derecho político (pues pertenece a la sociedad política y no a la sociedad civil) no puede ser nunca, por definición, un deber moral.

Para entender el alcance de estos razonamientos debemos hacernos una pregunta fundamental: ¿qué papel desempeña exactamente el voto en el escenario de la sociedad política moderna? Pues bien, lo pretenda o no, el votante al tomar una decisión (independiente de la opción elegida) está declarando su acuerdo formal con el marco constitucional que define las reglas del juego democrático vigente. Y esto implica aceptar, de facto, varias cosas. En primer lugar, el sistema oligárquico de partidos financiados por el estado, más conocido como partidocracia. En segundo lugar, la ley electoral o sistema de lista de partidos (el sistema proporcional). Y por último, el consenso socialdemócrata (que prohíbe al individuo pensar y apropiarse del trabajo y esfuerzo propio).

En realidad, el sistema moderno se basa en un concepto epistemológico errado: que lo que debe votarse son las ideas elegidas de antemano por la casta de partidos (que supuestamente representan el interés general de la sociedad civil) y no las personas que deben desempeñar los cargos que aseguran que cada individuo pueda elegir las suyas propias de forma independiente y voluntaria.

Cuando un sistema político se funda sobre esta clase de epistemología (es decir: aquella que afirma que la verdad o falsedad de una idea depende del número de personas que las apoyan y que el número de apoyos es justificación suficiente para su imposición política) entonces está consintiendo que la moral resultante que defina su estructura final sea, necesariamente, el altruismo-colectivismo. Si aquello que una mayoría piensa que es verdadero, puede ser impuesto a una minoría que disiente, entonces el individuo aislado, independiente y libre pensante, acabará siendo sacrificado en nombre del bien común para satisfacer los intereses de parásitos y caníbales sociales que habitan esta cruel utopía enferma. Una sociedad fundada sobre esta premisa moral deviene necesariamente en una guerra civil permanente. Los partidos políticos, representantes directos de esta casta mediocre de saqueadores del trabajo de otros, se convierten en peligrosas pandillas abiertas al conflicto retórico y a la corrupción desenfrenada. Nada podrá evitar que su política real se reduzca a la conquista despiadada del mayor número posible de apoyos (a cualquier precio y a toda costa) porque saben perfectamente que, sólo así, podrán legitimar la imposición total, a los perdedores de las elecciones, de un programa político único: el suyo. El medio: un régimen clientelista. El resultado: un estado del bienestar.

Si un liberal desea este sistema político, lo lógico es que vote. Si no le gusta ninguna opción política de la oferta disponible de partidos, lo lógico es que vote en blanco para fortalecer el sistema. La conclusión es que cada uno vote en conciencia con sus valores y sea íntegro con esos valores. Por esta razón, quien no esté de acuerdo con las reglas del juego constitucional del régimen del 78 (y un verdadero liberal no debería estarlo) lo moral y coherente es que no vote. Además, un liberal coherente debería también repudiar cualquier otra posición estratégica que, de forma directa o indirecta, acabe legitimando el sistema de partidos vigente, ya sea mediante el llamado voto pragmático (esto es: eligiendo a partidos que se aproximen a la ideología liberal, aunque no lo sean completamente, pero que tienen posibilidades reales de gobernar a corto plazo) o mediante la equivocada táctica del entrismo (que no hace sino engordar la militancia de los partidos tradicionales).

La eficacia de la abstención se demuestra con la comprensión de que, para gobernar, es preciso que se den dos premisas de forma simultánea: legalidad y legitimidad. La acción del gobierno es la acción del ejercicio del poder. Y el poder es una relación social de naturaleza política que requiere, no sólo de un sustrato legal (constitucional) sino del firme consentimiento del gobernado a ese ejercicio del poder (legitimidad). La abstención no quita legalidad a un gobierno (pues esta es concedida constitucionalmente), pero sin duda lo des-legitima. Y este es el primer paso necesario (la pérdida de autoridad del gobierno) para poder precipitar cambios políticos sobre la legalidad vigente, sobre la constitución y sobre el sistema oligárquico actual. Cambios todos ellos necesarios para que los liberales comencemos a influir en el futuro político de nuestro país. No obstante, tal cosa como una revolución política, fuertemente consolidada, eficaz y consciente de sí misma, debe venir antecedida por una revolución cultural amparada sobre valores puramente liberales – y una revolución así, por desgracia, no ha empezado todavía ha pensarse, cuando esa debería ser ahora nuestra principal tarea.

Mi consejo, por tanto, es el siguiente: dediquémonos a pensar en cómo fracturar la hegemonía  socialdemócrata construyendo una revolución cultural y, mientras tanto, no alimentemos a nuestros enemigos otorgándoles lo que nos piden: el voto idiota.

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Adrián RodríguezAcerca del autor: Adrián Rodríguez

Adrián Rodríguez López es doctorando en Filosofía por la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Estudió el Máster de Filosofía Teórica y Práctica en la misma universidad. Se especializó en Historía de la Filosofía y Pensamiento Contemporáneo. Su interés filosófico se centra en el estudio del lenguaje político y en el pensamiento liberal. Es un amante apasionado de la lógica formal y de las obras de Ayn Rand. Actualmente vive en Madrid. Blog: Ágora Liberal 

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¿Los liberales debemos votar cuando hay elecciones?
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