¿Cómo cambiaría su vida sin un vehículo para desplazarse a su trabajo? Apuesto a que sería totalmente diferente a la que tiene actualmente. ¿Se imagina hacer el mismo trayecto hasta su oficina en caballo? Probablemente, y salvo aquellos trabajadores que se dedican a pasear a turistas en carruajes por ciudades como Sevilla, la respuesta sería negativa.

Y es que los avances tecnológicos nos han cambiado la vida sin duda, y para mejor. Un libro, por ejemplo, tiene un valor bastante reducido en comparación al que podía tener antes de que Gutenberg inventara la imprenta allá por el siglo XV, puesto que los recursos dedicados a producirlo son mucho menores gracias a esta invención, sobre todo el tiempo —el bien económico por excelencia—, y, por tanto, ahora podemos leer el último libro de Daniel Lacalle o Juan Ramón Rallo a precios mucho más asequibles de no haber existido la imprenta. Y es que las máquinas nos permiten reducir el uso de los recursos empleados en producir ciertos bienes, y dedicarlos a otras actividades que precisan, en mayor medida, del uso intensivo del capital humano.

La economía es la ciencia social que, según la definición clásica que ha dado Lionel Robbins, se dedica al estudio del empleo de aquellos recursos escasos que tienen usos alternativos. Y en esto, los avances tecnológicos han jugado un papel fundamental, permitiendo dedicar recursos escasos, como son el tiempo o el capital, en diferentes actividades económicas. Por ejemplo, con la introducción de nuevas técnicas de explotación de la tierra a lo largo del siglo XVIII en Reino Unido, mucha de la población que trabajaba en el campo, incluidos  niños,  desarrollaron nuevas actividades económicas en las ciudades, siendo esto una de las causas de la I Revolución Industrial, en la que se introdujeron, a su vez, máquinas en el sector secundario, lo que dio como resultado que tanto renta per cápita como población aumentaran de forma simultánea por primera vez en la historia.

Pero no todo el mundo se ha situado a favor de los avances tecnológicos y, por ello, a favor del desarrollo. El movimiento ludita, cuyo nombre proviene de Ned Ludd —no está claro si se trata de una leyenda o dicho personaje ha existido en realidad—, se ha caracterizado por tratar de enfrentarse a cualquier tipo de tecnología, impidiendo que los recursos escasos se emplearan en otras actividades económicas, ya que esto afectaba a grupos más o menos organizados y su posición de privilegio. Esto sucedió, por ejemplo, con los tejedores, con la invención del telar mecánico o con los defensores de los carruajes de caballo, como algún congresista de Estados Unidos que en 1876 decía del motor de combustión que implicaba fuerzas de una “naturaleza demasiado peligrosa para que encaje en ninguno de nuestros conceptos habituales”.

Pero hoy en día el ludismo sigue existiendo. Aun existe gente que tiene “miedo” al desarrollo, a la mejora en la productividad, aumento de la producción, de la renta disponible y del mayor bienestar que una nueva tecnología ofrece cuando se introduce en un nuevo sector, y es que perder una posición de privilegio o un empleo siempre es complicado, pero esto es tener una visión muy egoísta de lo que significa el progreso técnico en  la mejora de la vida de una sociedad, ya no solo en el presente, si no en el futuro. Probablemente, el proceso de transición de viejos  a nuevos trabajos es dolorosa para una parte importante de la población. Pero esto ha permitido, que hoy hayamos pasado de que el 97% de la población trabajase en el campo —incluidos los  niños—, a que ahora tan solo el 2% tenga que desarrollar este tipo de trabajos, y, por el contrario, ahora ya solo entre profesionales médicos, de enseñanza y científicos se ocupa el 6% de la población en España.

Las últimas noticias sobre el miedo a los avances tecnológicos tratan sobre que las máquinas nos van a arrebatar los trabajos, de ejemplo está el estudio de los profesores Carl Benedikt Frey y Michael Osborne, que aseguran que el 47% de los empleados estadounidenses están “amenazados” con perder su puesto de trabajo por culpa del progreso técnico en los próximos 20 años.

También, de forma alarmista, estos días en Facebook, se compartía la noticia de que Amazon iba a abrir hasta 2.000 tiendas en las que no habría cajeros, como también paso hace un año cuando un comentario de una usuaria que criticaba a un conocido supermercado en Galicia por sustituir a sus cajeras por cajas de cobro automático. Probablemente, la mayor parte de la gente que está de acuerdo en que el supermercado no debe instalar dicho tipo de cajas vean como locos a la gente que destrozaba las nuevas máquinas que venían a facilitar el trabajo en diversos sectores en el siglo XVIII con la I Revolución Industrial, pero cuando se habla de que en España existen 4 millones parados, el empleo se convierte en defensa nacional.

Pero piense usted en el número de empleos que se crean con la introducción de la máquina de cobro automático. La empresa que se encarga de fabricarla, por ejemplo, tendrá un número considerable de operarios, ingenieros, científicos, contables… Otros empleos creados son el de las empresas que sirven de material a los fabricantes de la caja de cobro automático, el personal responsable de transportarlas, de instalarlas, de mantenerlas, los encargados del supermercado en supervisar el uso correcto de dicha máquina…

Ahora póngase en el lugar de los compradores que no tienen que perder su valioso tiempo en filas esperando a que le pasen los productos que ha adquirido por una caja de cobro manual, ¿cuánto vale el tiempo total ahorrado, el cual se puede dedicar a otros fines alternativos, gracias a esta máquina? Incalculable, ¿verdad?.

En definitiva, con esta invención, la pérdida de empleo que se ve en su efecto directo, es compensada, probablemente, con los nuevos puestos de trabajo creados en la empresa que produce la máquina de cobro instantáneo. Y, aunque no se vieran compensados en su totalidad los puestos de trabajos  perdidos de forma directa, el bienestar de los consumidores con el ahorro de tiempo haciendo la compra, probablemente, sea más valioso que dichos empleos perdidos.

Además, no se tiene en cuenta, tampoco, el ahorro en precios más bajos debido a la introducción del progreso técnico en los sectores que se están continuamente mecanizando. Los bienes cada vez más baratos de aquellos sectores en los que es más factible la mecanización del trabajo, permiten un mayor consumo en bienes y servicios cuyo capital principal es el humano y, por tanto, ese 47% de la población americana en peligro de perder su empleo del que hablan Frey y Osborne, dentro de 20 años, es probable, tenga un puesto de trabajo en sectores que aún están por crearse, pero también el ahorro en bienes y servicios gracias a la mecanización, otros muchos empleados podrán dedicarse a servicios sanitarios, de atención a la dependencia, enseñanza o a la innovación, puesto que los recursos que son liberados por las máquinas, pueden dedicarse a otras actividades alternativas donde el capital humano es insustituible, favoreciendo un mayor desarrollo y bienestar de la sociedad.

Santiago CalvoAcerca del autor: Santiago Calvo

Doctorando en economía por la USC, master en fiscaliidad internacional y comunitaria. Colaborador en medios nacionales y gallegos como Okdiario, Libertad Digital o Compostimes. Coordinador de SFL en Galicia.

Santiago Calvo

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Luditas en contra del desarrollo
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