Seguro que conoces la sensación. Te acaban de poner unas bravas bien picantonas, unos boquerones o media de morro, con una cerveza escandalosamente fría, insultante. Y notas como se te va abriendo la mano. Te están jodiendo la tapa. Y notas como te crece la barriga y la barba. Como te entran unas ganas locas de repartir bofetadas de esas que hacen girar al receptor como si fuera el badajo de una campana. Quisieras convertirte en Bud Spencer y a ese crio, impertinente, malcriado y gritón de la mesa de al lado darle una somanta de castañazos. Todos los que quepan hasta el  día del juicio final. Por la tarde. Te está amargando el piscolabis.

La diferencia entre los humanos y el resto de animales es que a esos niñatos malcriados no los ahogamos en su propia saliva. A lo sumo, y con mucha educación, le decimos a sus padres, que a ver, oiga, mire que el chiquillo anda un poco revuelto. Las ganas del bofetón nos las guardamos.

En tiempos de la posguerra estas cosas no pasaban. Digo yo. No creo que hubiera niños ociosos que molestaran en una terraza de la Alameda. Estaban en otros menesteres. Hoy es mucho más que frecuente. Yo recuerdo esa sensación hace ya muchos años. Muchos años llevo pidiendo morro y caña. Y ha pasado tiempo suficiente para que esos niñatos malcriados se conviertan en senadores. O en sus votantes. Muchas encuestas ponen de manifiesto que esos niños bien, con su carrera y su buen pasar son los que soportan el oprobio. No te equivoques. Los curritos andan a otra cosa. La soberbia necesaria para sostener el proyecto político comunista y totalitario de Podemos solo puede nacer de aquellos educados en ello, los menos, los hijos de un terrorista, o de la soberbia de aquel al que nunca le han negado nada. Aquel al que todo le ha sido dado y por lo tanto cree estar en posesión de la verdad, que también le ha sido otorgada.

Hay dos tipos de podemitas. Los menos repito, los hijos de los que se fajaron en la clandestinidad, los descendientes de terroristas que no han mamado otra cosa que terrorismo. Los más, los niños de papá, hijos del socialismo biempensante, de las tarjetas black y del Cola-Cao, Nesquik, tostadas, María Fontaneda y si no te gusta te fríe la chacha unos huevos para desayunar. Estudiantes y estudiados que solo han mamado de la teta estatista. Niñatos a los que nunca les han negado nada. Niñatos sin criterio.

Quizá pueda entender el lenguaje guerracivilista en el hijo de clandestino. Pero me resulta tremendamente ofensivo en el niño bien. En el testaferro de papi. En los militantes del o sea. Me da por pensar. Tú que nunca te has valido por ti mismo. Tú que no sabes lo que es ganarse la vida. Tú qué cojones vas a saber lo que es una guerra. Iban a caer los primeros.

Lo peor de muchos deseos es que se acaban cumpliendo. La suerte que tendrán estos niñatos es que no se cumplirán los suyos. Y podrán seguir quejándose de todo desde el calor de su sofá. O de su escaño.

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