Osman y los números olvidados

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Osman es un refugiado afgano con parálisis cerebral. Tiene siete años y llegó al campo de refugiados de Idomeni en abril, donde hasta hace sólo unos días, ha permanecido en unas condiciones lastimosas junto a sus dos hermanos: Jamil y Monir, de nueve y ocho años, y sus padres, Ata Mohammad y Palwasha. Durante ese periodo, Osman perdió cinco kilos (pesa ocho y mide noventa centímetros), sufrió varios ataques de epilepsia y no consiguió dormir con regularidad. Lloraba día y noche y ni siquiera podía salir de su tienda, al menos, hasta que obtuvo una silla especialmente habilitada gracias a las donaciones que desde Bomberos en Acción y otras plataformas se fomentaron para ayudarle. Poco a poco, la historia de Osman alcanzó una repercusión mediática que ha hecho que desde España se acelerasen los trámites para poder darle asilo y así proporcionarle un tratamiento adecuado a su complicada situación. Finalmente, todo ello ha sido posible y desde la semana pasada el pequeño afgano se encuentra en el Hospital La Fe de Valencia tratándose de su enfermedad.

Probablemente sean pocas las casas en las que esta historia no ha sonado en el telediario a la hora de comer, o en la radio de camino al trabajo. Y es que, a pesar de que a diario escuchamos inertes e insensibilizados el drama de los refugiados, la guerra de Siria o las masacres perpetradas en Libia o Nigeria (por citar algunas), nuestro cerebro es incapaz de despertar tanta empatía ante desgracias cuya cantidad no sabe digerir ni asumir. Egoísta o no, necesitamos poner nombre y cara a aquellos con quienes empatizamos en el dolor. Se nos encoge el corazón con el pobre Osman, pero continuamos mojando el pan en la salsa mientras escuchamos como cincuenta refugiados han muerto intentando alcanzar las costas griegas. Claro que todo cambiaría si los individualizásemos: 17 años, como mi hermano; quería ser médico, como su padre, que a diferencia de él, ha sobrevivido y llora desconsolado preguntándose por qué su hijo y no él. Claro que la cosa cambia.

No podemos evitar que nos afecte más una desgracia cercana que una que, de una forma u otra, se nos mantiene relativamente distante. Duelen las personas, no los números. Uno duerme tranquilamente sabiendo que Boko Haram ha vuelto a asesinar a una veintena de nigerianos, pero no duerme a pierna suelta si al día siguiente su equipo juega una final de la Copa de Europa. Suena despreciable, pero no lo es, sencillamente así funcionamos.

Nuestra empatía funciona de manera limitada, en distancia y en cantidad. No estamos preparados para asumir la carga emocional de una multitud. Según la ONU, más de 250.000 personas han perdido la vida de manera violenta a raíz del conflicto sirio; más de 11 millones de personas se han visto obligadas a abandonar sus casas, y decenas de miles de ellos emprendieron la marcha a Europa en busca de un futuro que se ha visto truncado y enjaulado, en el mejor de los casos. Stalin lo resumió tan fría como certeramente: «Un muerto es una tragedia. Millones son una estadística». Asumimos con normalidad un drama multitudinario, pero nos conmovemos con la trágica historia de Osman. Qué decir de la dolorsa foto de Aylan, muerto ahogado con sólo 3 años en la orilla de una playa para turistas. Son dos casos, frente a las muertes de más de 7.500 refugiados intentando cruzar el Mediterráneo, según datos de Oxfam. Pero en este caso, seguimos mojando.

La psicología habla de “collapse of compassion”, en definitiva, del exceso de situaciones para las que la mente es capaz de sentir empatía frente a otros. La mente focaliza sus recursos, limitados, en aquello que conoce por cercanía emocional o informativa, y deja al margen aquello que, lejos de un nombre o una cara concreta, pasa a convertirse en un número, en una mera estadística. Mientras tanto, en Idomeni, Irak, Burundi o Camerún continúan pululando esas estadísiticas invisibles a nuestros ojos, con sus historias, sus dramas, sus nombres y sus caras. Números olvidados que no corrieron la misma suerte que Osman.

[/vc_column_text][vc_separator color=”custom” border_width=”2″ accent_color=”#c4bd00″][vc_column_text]Santiago Soto GómezAcerca del autor: Santiago Soto

Abogado concursal sevillano con el doble grado en Derecho y Administración y Dirección de Empresas, en la Universidad de Sevilla y en la Universidad La Sapienza de Roma. Miembro de la Asociación de Derechos Humanos de Andalucía y emprendedor a tiempo parcial. La cultura es la llave de la libertad.

[/vc_column_text][/vc_column][vc_column width=”1/3″][vc_widget_sidebar sidebar_id=”td-default”][td_block_11 custom_title=”LO MÁS LEÍDO” header_color=”#d6c700″ post_ids=”-3629″ sort=”popular” limit=”3″][vc_raw_html]JTNDYSUyMGNsYXNzJTNEJTIydHdpdHRlci10aW1lbGluZSUyMiUyMGhyZWYlM0QlMjJodHRwcyUzQSUyRiUyRnR3aXR0ZXIuY29tJTJGRWxIZXJhbGRQb3N0JTIyJTIwZGF0YS13aWRnZXQtaWQlM0QlMjI3MTA4Nzg4NzcyMjk0NDUxMjElMjIlM0VUd2VldHMlMjBwb3IlMjBlbCUyMCU0MEVsSGVyYWxkUG9zdC4lM0MlMkZhJTNFJTBBJTNDc2NyaXB0JTNFJTIxZnVuY3Rpb24lMjhkJTJDcyUyQ2lkJTI5JTdCdmFyJTIwanMlMkNmanMlM0RkLmdldEVsZW1lbnRzQnlUYWdOYW1lJTI4cyUyOSU1QjAlNUQlMkNwJTNEJTJGJTVFaHR0cCUzQSUyRi50ZXN0JTI4ZC5sb2NhdGlvbiUyOSUzRiUyN2h0dHAlMjclM0ElMjdodHRwcyUyNyUzQmlmJTI4JTIxZC5nZXRFbGVtZW50QnlJZCUyOGlkJTI5JTI5JTdCanMlM0RkLmNyZWF0ZUVsZW1lbnQlMjhzJTI5JTNCanMuaWQlM0RpZCUzQmpzLnNyYyUzRHAlMkIlMjIlM0ElMkYlMkZwbGF0Zm9ybS50d2l0dGVyLmNvbSUyRndpZGdldHMuanMlMjIlM0JmanMucGFyZW50Tm9kZS5pbnNlcnRCZWZvcmUlMjhqcyUyQ2ZqcyUyOSUzQiU3RCU3RCUyOGRvY3VtZW50JTJDJTIyc2NyaXB0JTIyJTJDJTIydHdpdHRlci13anMlMjIlMjklM0IlM0MlMkZzY3JpcHQlM0U=[/vc_raw_html][/vc_column][/vc_row]

Osman y los números olvidados
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