Cuando el Canciller de Hierro, Otto Von Bismarck, implementó en Alemania el primer plan estatal de pensiones, pocos debieron pensar en el enorme poder que se le estaba entregando al Gobierno. Como el mismo dijo: “un trabajador que dependa del Gobierno para su retiro será más obediente y servil ante ese Gobierno”. Y efectivamente, así fue y así sigue siendo.

Una de las consecuencias de la cesión de este poder es la politización de las pensiones. Puesto que el Estado decide todo (cuánto se cotiza, cuánto cobran los jubilados, la edad de jubilación, la manera de calcular la cuantía de la pensión, etc.) y lo hace atendiendo a motivos ideológicos (y no en base al dinero aportado, que sería lo justo), los diversos partidos utilizan la política de pensiones como arma electoral.

Ellos saben que manteniendo a flote el sistema y retrasando su quiebra conseguirán captar y evitar perder votos; especialmente de jubilados y personas a punto de jubilarse, quienes suelen decidir su voto pensando casi exclusivamente en su pensión, que depende de la voluntad de los políticos.

Además, como la alternativa al actual sistema de reparto (un sistema de capitalización) es menos conocida, este sector de la población suele acabar decantándose por aquel partido que les garantice la continuidad del actual sistema, prolongando de esa forma las injusticias del mismo.

Si además, tenemos en cuenta que el número de jubilados y de personas a punto de jubilarse alcanza ya una cifra bastante considerable (debido a la inversión de la pirámide demográfica), no es de extrañar que los pensionistas se conviertan en un colectivo estratégico para ganar unas elecciones.

Y es que el hecho de que la sociedad haya asumido como verdad absoluta que el Estado es quien dicta la edad de jubilación, es parte del problema de este Síndrome de Estocolmo a gran escala.

Pero lo cierto es que el Estado no nos obliga a jubilarnos a una edad concreta; somos nosotros, al dejar nuestra jubilación en sus manos, los que nos obligamos a hacerlo.

Ya en 2012, la Comisión Europea recogía en el Libro Blanco sobre pensiones toda una serie de recomendaciones destinadas a garantizar unas pensiones adecuadas, seguras y sostenibles; lo que en lenguaje llano significa, garantizar el sistema público de pensiones a costa de reducir la calidad de vida del ciudadano.

Entre estas recomendaciones se encuentra la de elevar la edad de jubilación, algo que nos concierne y mucho, pues España ha sido uno de los países a los que más se ha presionado para que reformara su sistema de pensiones; reforma que fue aprobada en 2011 y que entró en vigor en 2013.

Tras estas reformas, muchos países de la Unión Europea incrementarán la edad de jubilación en los próximos años para adaptar el sistema de pensiones a la mayor esperanza de vida.

España lo hará en un año y cuatro meses (pasando de 65 años a 66 años y 4 meses), aunque seguirá aumentando progresivamente la edad hasta los 67 años en 2027. Eso implica que los españoles estarán entre los europeos que tendrán que jubilarse más tarde.

Por si esto no fuera poco, la última reforma del sistema eliminó la revalorización de las pensiones conforme al IPC (la inflación) e introdujo el Factor de Revalorización, que ajusta la pensión inicial a la esperanza de vida del jubilado, es decir, a mayor esperanza de vida, menor importe mensual.

No hay que olvidar tampoco, que el número de años que son necesarios cotizar para recibir la pensión íntegra, se prevé que siga subiendo debido al inevitable desmoronamiento del sistema, y que aquellas personas que tengan que jubilarse sin haber cotizado los suficientes años, percibirán una pensión de subsistencia.

El hecho es que a nadie le gusta jubilarse con esas condiciones, por eso, el Estado no debería gestionar e imponer su empobrecedor e ineficiente sistema de pensiones. Debemos ser los individuos, planificando individualmente nuestra propia jubilación, los que decidamos cuando queremos jubilarnos.

Ya no tiene sentido (realmente nunca lo ha tenido) dejar en manos de los políticos nuestro futuro financiero y seguir preocupándose por los años cotizados a la Seguridad Social; al menos, si no queremos caer en la trampa que nos tiene preparada el Estado para cuando nos jubilemos.


Javier GaiteAcerca del autor: Javier Gaite

Coach financiero y asesor de Bolsa. Enseña y asesora a particulares, promoviendo su independencia a la hora de formar un patrimonio generador de rentas, que complemente o sustituya los ingresos del trabajo y/o la propia pensión estatal. Página web personal

 

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