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La década de 1930 se caracterizó por una España dividida y una Europa dominada por los totalitarismos: fascismo-nazismo y comunismo soviético. La Segunda República, un régimen que no fue democrático ni en los orígenes ni en su propio desarrollo, era la forma de Estado que había en España.

Transcurridos los dos primeros bienios (reformista y radical-cedista), en el horizonte republicano estaba la convocatoria electoral de febrero de 1936. Una España cada vez más dividida estaba llamada a las urnas entre una polarización política “izquierda-derecha” cada vez más evidente.

La radicalización política se había ido expandiendo entre socialistas y comunistas. Las derechas eran demonizadas por las izquierdas, cuya idea era la de un régimen que solo les pertenecía a ellas, como describe Dalmacio Negro en su libro Sobre el Estado en España: “La izquierda se consideró y se proclamó a sí misma la depositaria de la legitimidad republicana”. Como consecuencia de ello, ocurre en la actualidad lo siguiente: asociar república con socialismo (e izquierda en general).

A finales de 1935 empezó a gestarse una gran coalición de partidos de izquierdas que se preparaba para las elecciones de febrero de 1936: el Frente Popular. El discurso político del frentepopulismo hizo de la invocación de “lo popular”, y de la unión de las fuerzas “del pueblo”, la matriz simbólica a partir de la cual generar la dicotomía de campos antagónicos en lucha que, frente al fracaso de las insurrecciones violentas y de la huelga general revolucionaria de octubre de 1934, la coyuntura histórica abierta con la convocatoria de elecciones generales a comienzos del 36 conllevó la puesta en práctica de una nueva estrategia política, ahora electoral: la del Frente Popular de las izquierdas.

La radicalización del Frente Popular estuvo precedida de una radicalización de las bases populares en la etapa 1934-1936 y tuvo su detonante en el estallido de la Guerra Civil Española, pues la opción frentepopulista no fue otra que volver a las reformas republicano-socialistas del primer bienio (abril 1931-noviembre 1933).

El transcurso de los acontecimientos reveló que a las elecciones de febrero de 1936 se presentaron dos grandes bloques ideológicos y antagónicos entre sí: la derecha, encabezada por la CEDA, que identificaba al Frente Popular como un “pacto revolucionario bolchevique”; y la izquierda, agrupada en el Frente Popular, integrado por sectores obreros, socialistas, comunistas (aunque éstos no formarían parte de los gobiernos de coalición y la meta final seguiría siendo la de la insurrección revolucionaria y la “dictadura del proletariado”, como ha explicado en varias ocasiones el historiador Stanley Payne) y republicanos de izquierdas. Los comunistas habían variado su posición respecto de los socialistas (a los que hasta entonces había considerado como “enemigos” de la revolución) tras el VII Congreso de la III Internacional celebrado en Moscú en el verano de 1935, donde Stalin había lanzado la nueva consigna de formar “frentes antifascistas”, abandonando la hasta entonces dominante tesis del Social-fascismo. En definitiva, derechas e izquierdas representaban dos concepciones del Estado (y la sociedad): autoritarismo conservador y autoritarismo-comunismo soviético.

El populismo es la movilización de masas cuyo objetivo es identificar a un “enemigo del pueblo”. Suele desarrollarse a partir de un efecto de causas económicas, por lo que sus raíces (y el enemigo identificado) suelen estar relacionados con la pobreza, la marginación, la desigualdad, algunos problemas sociales, etc.

La aparición del líder populista suele seguir el mismo patrón: exaltación de la personalidad, carisma, providencialismo y demagogia. Simultáneamente se fabrica el “enemigo” o los “enemigos” contra quienes se dirigen todos los reproches y acusaciones y contra quienes se fomenta y canaliza el odio de la colectividad. Es aquí donde se produce la formación de una frontera antagónica que separa al “pueblo” del poder político existente en ese momento.

La “fabricación” del enemigo en el ámbito individual y social es un elemento estratégico a disposición de los populistas y de sus grupos satélites. En su concepción de la política (a partir de que el enemigo es el “malo” y el aliado es el “bueno”)  se crean apoyos, adhesiones y solidaridades internas y también externas a la causa del líder populista.

Como el populismo surge a partir de causas económicas (aunque también puede surgir de causas políticas, es más fácil que el populista consiga apoyos en tiempos de crisis económicas), los grupos de pobreza son los más sensibles a la prédica reivindicatoria y se entregan fácilmente a la seducción del populista. Aquellos grupos más afectados por la crisis económica abrazan con mayor facilidad las ideas del líder.

El populismo se articula con masas enfermas de frustración, pobreza y humillación que, en su desesperanza, se entregan en brazos de caudillos redentores. No resulta exagerado decir que el populismo es una manifestación de una “patología social”. Una especie de síndrome, es decir, un conjunto de síntomas característicos de una enfermedad. Lo fue muy claramente en la Alemania de la primera postguerra mundial con Hitler. Antes lo había sido en la angustiada Italia de Mussolini. A mediados de los años 40 en Argentina fue el fruto de la llamada “década infame” en la que campearon la frustración y la humillación.

[/vc_column_text][vc_separator color=”custom” border_width=”2″ accent_color=”#c4bd00″][vc_column_text]Acerca del autor: David Muñoz

David Muñoz Lagarejos (Madrid). Estudiante de Ciencias Políticas y Gestión Pública en la Universidad Rey Juan Carlos. Apasionado, además, de la Economía y la Historia. En constante movimiento en la batalla de las ideas, para dar a conocer la libertad, secuestrada por ideologías colectivistas. Quiero un mundo más libre, vacío de totalitarismos y de gente que impone sus ideas a los demás bajo la fuerza.

Blog personal

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La radicalización de la política: Frente Popular, populismo y hegemonía (I)
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