Después de seis entregas que han ido decreciendo en calidad e interés, salvo para los más fanáticos, “Resident Evil: El capítulo final” termina una saga que no daba más de sí desde hacía mucho tiempo. Los recortes presupuestarios con respecto a las dos entregas anteriores parece que han condicionado la calidad técnica de un producto que siempre ha parecido concebido como serie B, salvo alguna excepción.

Paul W. S. Anderson propone como fin de la serie una estructura circular, desarrollándose este film en La Colmena, aquel lugar que vimos en la primera entrega. Más allá de este guiño engañoso, el guion es una constante amalgama de enrevesadas apariciones de clones y giros imposibles, donde hay poco espacio para el diálogo y demasiado para la acción. El espectador acaba abrumado y perdido en el peor de los sentidos, aquel que provoca aburrimiento.

Resident Evil- Capítulo finalSu reducido presupuesto juega en contra de los efectos especiales, dignos de una producción de Asylum. Nunca se ha negado el espíritu de cine de segunda categoría que proponía la franquicia, más aún en las últimas entregas, pero es que la estética parece dirigida a ahondar más en este hecho, provocando carcajadas involuntarias. Los diálogos sonrojantes, algunas criaturas que recuerdan al mítico Vengador Tóxico y un esbirro con gomina y gafas de sol, nos recuerdan a aquellas cintas de videoclub producidas por la Troma o Cannon. Y es que el mayor problema de Resident Evil: Capítulo final es tomarse en serio a sí misma. Una visión más distanciada del material le sentaría mucho mejor.

El estilo hortera de Paul W. S. Anderson, que debe dirigir sus escenas hasta las cejas de bebidas energéticas, apoyado por la machacona música de Paul Haslinger, convierten las set pieces en algo incomprensible que quizá funcione con los más jóvenes, pero que el resto de público les dejará muy fríos. Su realización evidencia su ineficacia, que deja en manos de un montador al que no se le pueden pedir milagros con ese material… y bastante ha hecho.

El reparto no tiene ocasión de demostrar nada a causa de su pobre guion y el excesivo número de escenas de acción. Milla Jovovich sigue poniendo la misma cara de tipa dura desde hace quince años. Esta ha sido su saga, y le ha dado la oportunidad de seguir en el negocio junto a Anderson. Del resto solo se puede rescatar a Iain Glen, el gran Jorah Mormont de “Juego de tronos” que regresa después de la tercera entrega, con un personaje (o personajes) que no aprovecha sus virtudes como actor.

Resident Evil: Capítulo final cierra por fin y para nuetsro alivio una saga que ahonda en la herida de las fallidas adaptaciones de videojuegos (el cine no parece dar con la tecla), pero también constata que, a pesar de la calidad, se puede conseguir una franquicia rentable, y ese es el valor de esta. Cine de consumo inmediato, para desconectar el cerebro y merendar en restaurantes de comida rápida. Al menos ese suele ser el plan del público objetivo del film. Eso o esperar a su pase por televisión.

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