Es del todo evidente que si atendemos a la Libertad Individual, colocándola por encima de otros valores y supeditamos la legislación a la protección de dicha libertad, existe un problema en Cataluña. Bueno, el problema existe, no sé muy bien desde cuándo, supeditemos la legislación a lo que la supeditemos. Es un asunto magnificado por la incompetencia de los gobiernos autonómicos y nacionales desde que uno tiene uso de razón. Y hoy por hoy enfrenta, con razón por ambas partes, a gentes sensatas, que atrapados en la defensa de sus posturas no parecen querer salir de un hosco enroque.

Por un lado, bajo el principio mencionado, no hay duda que cualquier ciudadano o conjunto de los mismos que así lo exprese debería poder secesionarse, estableciendo una gestión distinta y separada del Estado matriz, en nuestro caso español. Si la ley defendiera realmente la Libertad Individual esto estaría claramente permitido en la Constitución. No es el caso. Lo cual no obsta para que se siga el principio moral de desobediencia civil a las leyes injustas. Desde un punto de vista púramente libertario, los ciudadanos catalanes secesionistas están absolutamente justificados.

En el otro lado de la cancha están los que defienden que la elección democrática de la secesión, rompe primero con el ordenamiento vigente –lo cual a efectos libertarios debería ser inocuo, según eso de la desobediencia civil– y atenta contra la Libertad, y esto sí es una cuestión mollar, de aquellos que quieren mantener la soberanía española. No va camino el secesionismo de un Estado sustancialmente distinto a lo que tenemos ahora. La clase política inútil unida a la democracia, que es un pésimo sistema a la hora de decidir cosas realmente importantes, ponen en contra unos de otros a defensores de la Libertad, que se han de agarrar a principios ajenos a ésta para poder defender sus posiciones.

La disputa surge y encalla dentro los parámetros de lo que llamamos Estado. Es un problema que no tiene solución dentro de las actuales líneas que constriñen los ordenamientos tal y como los conocemos hoy en día. Parece necesario por tanto romper los paradigmas vigentes y buscar soluciones algo más creativas.

¿Puede alguien vivir en un país siendo ciudadano de otro? Es evidente que sí. El nacimiento, empero, nos condiciona en este aspecto. Obtenemos la nacionalidad y con ella un montón de obligaciones y si acaso algún derecho real. Pero no tenemos que vivir obligatoriamente en la tierra que nos vio nacer. Me pregunto por qué no podemos liberalizar este proceso. Me pregunto qué habría de malo en elegir ciudadanía y cambiarla al cabo de los años si no estamos conformes. Desligar la ley de la tierra que pisan los que la idearon. Por qué las naciones son pedazos pedazos de tierra y no conjuntos de hombres libres con ganas de organizarse de forma similar. Nada tiene que ver esto que cuento con pagar o disfrutar los servicios que necesariamente han de estar ligados al suelo. Las calles hay que limpiarlas y alumbrarlas, y alguien ha de pagarlo. Estoy hablando de todos los demás aspectos, civiles, mercantiles, legales.

La Libertad Individual habla de individuos. No de terrenos. Por eso se hace necesario obviar todo aquello que no sean personas cuando de personas se trata. Y como personas, seres imperfectos, cualquier relación es un problema en potencia. Seres imperfectos, como yo, no van a descubrir la panacea en 600 o 700 palabras. Pero desde luego que puede ser un camino a seguir, complicado seguro. Tanto como comprar todos los terrenos de Cataluña y montar una monarquía libertaria.

José Luis MontesinosAcerca del autor: José Luis Montesinos

Ingeniero, empresario, bohemio, cantando en Metal Puppies y autor del libro Johnny B. Bad. Miembro del Comité Ejecutivo Federal del Partido Libertario (P-LIB)

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Soluciones libertarias al problema catalán
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