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Otro fatídico día en Europa. La sede de la unión de estados europeos en la que se orquesta toda política comunitaria, Bruselas, ha sufrido ayer un atentado terrorista que se ha cobrado la vida de más de 30 personas inocentes, cuyo único pecado fue estar en el lugar equivocado en el peor momento posible.

Daesh (cómo no) ha reivindicado los ataques con la misma superioridad moral que se atribuye siempre que una barbaridad como la de hoy se da en cualquier lugar del mundo. No se trata solo de Bruselas. También París, Estambul, Ankara, y una infinidad de lugares más se han visto azotados por la crueldad y la sangre fría de aquellos que creen hablar en nombre de una deidad para autolegitimar sus pérfidas acciones.

No es cuestión de religión o de estados. No se trata de Siria, de Bélgica, de Turquía o de Francia. Las ejecuciones y las bombas en capitales europeas no se producen por un odio exacerbado contra los franceses o los belgas. Ni siquiera contra los turcos. Este asunto es una guerra declarada por el totalitarismo fundamentalista a la libertad, a los valores occidentales y a todo aquel que se niega a someterse a sus dictámenes.

Es contra el ataque a la libertad contra lo que debemos defendernos. Daesh no odia a los europeos per se; odia nuestra concepción de la vida, nuestra base humanística y nuestro amor por la razón frente a sus impulsos irracionales fundamentados en una creencia. Se trata de una batalla que trasciende lo material, que responde a una forma de ver el mundo radicalmente distinta. La diferencia está en que unos no nos creemos superiores por acción divina y no buscamos erradicar de la faz de la Tierra al resto de culturas o religiones.

No obstante, tampoco seamos unos necios. Llegados a este punto, queda más que claro que ese buenismo de la progresía, la dictadura de lo políticamente correcto, y la crisis ideológica que padece Europa no son factores que luchen a nuestro favor. Estoy harto de decirlo y repetirlo a diario: no será Daesh quien acabe con nuestra civilización. No serán sus bombas, sus decapitaciones, ni su sangre fría. Seremos nosotros mismos, precisamente por basar la corriente de pensamiento actual en los tres elementos que he numerado al principio de este párrafo. Será por ese afán por parecer los más inclusivos y tolerantes del universo por lo que acabaremos perdiendo nuestra identidad como individuos libres.

Dejemos de hostigarnos y de autoculpabilizarnos. Ni hemos sido nosotros los que hemos provocado guerras injustas en Oriente Medio, ni es nuestra concepción del mundo que nos rodea la que está profundamente equivocada. Que los responsables carguen con la culpa y que esta pese en sus conciencias, si es que aún les queda un mínimo de autocrítica. La gente de a pie, usted, que está leyendo este artículo, no somos responsables de nada de lo que ha ocurrido. No somos el cáncer de la sociedad, ni somos quienes debemos rendir cuentas y comprender la posición de los terroristas. No les hemos financiado, ni les hemos armado. Solo hemos tratado de vivir nuestras vidas todo lo bien que se nos ha permitido, tratando de vivir en paz y de realizarnos. Dejemos de asumir una culpa que no tenemos y abramos los ojos: somos las víctimas en toda esta historia, y ya va siendo hora de plantarnos y comprenderlo.

Contra el terrorismo, contra el totalitarismo y contra la guerra abierta a nuestra forma de vivir: libertad, conciencia y, sobretodo, valores. Cuando una sociedad pierde cualquiera de estas tres cosas, está condenada a caer en desgracia. Y, sinceramente, no creo que la opción más sensata en tiempos de amenaza constante sea optar por el suicidio.

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Acerca del autor: Carlos Navarro

Estudiante de Ciencias Políticas en la Universidad de Valencia. Miembro de las Nuevas Generaciones del PP. Co-fundador de Ágora Libertaria y miembro de ESFL Valencia. Blog personal 

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Terrorismo y libertad: la deriva europea
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