A cuenta de la reciente concesión del premio Nobel de Literatura a Bob Dylan, no sin cierta polémica (inherente al premio en sí), recordé el debate que se generó cuando se lo concedieron a Svetlana Alexievich. Que si el periodismo era literatura o debía ser considerado literatura. Uno podría preguntarse si esas polémicas son poco más que artificio, o si son legítimas. Purismos o vanguardias.

Siempre me ha fascinado la temática de Chernóbil. La atracción mórbida del ser humano por su auto-destrucción, por el Apocalipsis, supongo. Para mí, al menos, Chernóbil es una fantasía. En cierto modo, es como si jamás hubiese ocurrido, como si fuese una película de ciencia-ficción (Stalker, mismamente). La realidad se siente mucho más si la carne es propia, mientras que si es ajena, se desvirtúa. Sin embargo, lo que Alexievich consigue con sus Voces de Chernóbil es derribar esa barrera, esa separación, y bajar la fantasía al terreno de lo real. Y meterte eso hasta el tuétano. Bien duro.

Voces de Chernóbil, de Svetlana AlexiévichEn cierto modo, entiendo la polémica generado a causa de la concesión del Nobel a Alexievich. Si nos ponemos estrictos, obras como la de Voces de Chernóbil caen en el campo del periodismo. No está exento de lírica, ni mucho menos de valor literario, pero no fue ella quien lo escribió, sino que fueron las voces de una tierra que hoy es páramo tóxico, veneno puro; voces que, en algún caso, permanecen allí donde las bestias pacen tras haber olvidado al hombre: esposas de liquidadores, niños y niñas, políticos locales, científicos, bibliotecarias, ancianas sin más profesión que la tierra y el recuerdo. Todas sus voces se deslizan por esta obra colosal que duele de leer, y que nos habla sobre un tiempo transformador y de tránsito. Para muchos, Chernóbil acabó de sepultar a la Unión Soviética, y a un modo de vida y de pensamiento que había durado décadas y que, incluso hoy, muchos siguen añorando. La maravilla de este documento es que, con el paso del tiempo y por los efectos de la radiación, estos supervivientes se van muriendo y sus voces se silencian para siempre, callando lo vivido. Evitarlo es, probablemente, el objetivo de Alexievich, que ha recorrido toda la piel soviética, buscando a unos supervivientes que el gobierno trató de dispersar para dificultar que hablasen. Pero es virtualmente imposible callar un clamor cuyas cifras asustan: 485 aldeas desaparecidas; uno de cada cinco bielorrusos (2 millones de personas, 700.000 niños) viviendo en terreno contaminado; el índice de mortalidad superando al de natalidad y la esperanza de vida cayendo más de quince años, de media.

Voces de Chernóbil duele. Tienes esa sensación de apartar la mirada de algo muy desagradable. La gran virtud de Alexievich es ser facilitadora de estas voces, las de la catástrofe. Su propia voz permanece en lo invisible hasta el mismísimo epílogo de la obra, y hasta entonces, esas voces ayudan a transmitir una fotografía del horror. Y el valor fantástico de su obra nos recuerda, ya de paso, que la literatura también es esto, y que los purismos viven, muchas veces, en su propia paranoia obsesiva e inmovilista.

Acabo con una de las voces: “He leído muchos libros, vivo entre libros, pero no puedo explicarme nada”. Ni yo tampoco.


Ernesto DiéguezAcerca del autor: Ernesto Diéguez

Escritor. Doctor. CM. Fotógrafo. Cocinero. Hago de todo, tratando siempre de hacerlo especial. Blog: Aullando 

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